Yo tuve un papá ocurrente y lleno de gracia

En esa foto está con dos amigos y la mirada puesta en no sé dónde, mientras retan al fotógrafo para que capte a la perfección esa pose de hombres bravos que se enfrentan a cualquiera.
Miguel Ángel Avilés Castro
Yo tuve un papá bueno. Él supo antes que todos nosotros, sobre lo corto que es el tiempo. Por eso se levantaba temprano, al amanecer la vida y respiraba hondo, para darse palmaditas de aire en la izquierda de su pecho.
Yo tuve un papa malo. Ya no nos volvió a llevar al rancho como tantas madrugas lo hizo ni pasó por mí a la escuela, como me había prometido ese año. Tampoco regresamos al parque, como la primera vez que fuimos, recién inaugurado, junto a mamá, bajo las sombras de unas nubes.
Ese día ellos hablaron de muchas cosas, sin soltarme ninguno de la mano. A ratitos papá se detenía y mamá nomas lo miraba en silencio. El parque apenas estaba a unas cuadras, pero ya para entonces, papá era como un pez fuera del agua.
Yo tuve un papá valiente. Como los que llevaban al paredón para el fusilamiento, él fue del hospital a la casa y de la casa al hospital, después de recibir, siete disparos al corazón, sin los ojos vendados y casi vivió para contarla.
Yo tuve un papá borracho, parrandero y jugador. En esa foto está con dos amigos y la mirada puesta en no sé dónde, mientras retan al fotógrafo para que capte a la perfección esa pose de hombres bravos que se enfrentan a cualquiera. Yo tuve un papá que no hubiera querido, si esas noches y esas horas en la soledad de una pareja, ocurría lo que mamá me contó ya como si hablara de una cicatriz marchita de las heridas que fueron.
Yo tuve un papá ocurrente y lleno de gracia, según me dicen. Soltaba el dicho exacto en la ocasión precisa, con un tono sepulcral cual el que sabe muy bien que el humor oportuno consiste en saber reírse hasta de las propias desgracias, no antes ni después, sino en el momento justo.
Yo tuve un papá de porte fino y elegancia. Pantalón bombacho y un sombrerito, muy de gala, rematando con unos lentes obscuros como lucia el retrato de esa ceremonia que fue un invento.
Pantalón de pinzas y camisa desabrochada hasta el pecho, al lado de un colega del volante, de un amigo fiel, o de unos hombres bravíos con guitarra, bajo sexto y acordeón.
Yo tuve un papá ceremonioso, dueño de una momentánea solemnidad que, desde entonces, tanto odio. Con bigotito delineado, vestido de traje azul nublado que hacia juego con esa caja donde lo metieron y una corbata como acomodada a última hora, permanecía serio, con los ojos cerrados como si hiciera el dormido nomás de puro gusto para no darle ninguna explicación a nadie.
Yo tuve un papá, que aun duerme una siesta de muchos años, como si ensayara para cuando le llegue la muerte.

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