Yo conocí al Dandy Pérez

 

 

Vladimir González Roblero

Uno

La primera vez que visité la cantina del Ché, la del Ché Garufas, quedé sorprendido por la bohemia que ahí se respiraba. En visitas consuetudinarias, de bolenco, escuché y participé en conversaciones variopintas. Entre bocanadas de humo de cigarro, cervezas y botana, mala por cierto, se hablaba de las fotografías pegadas en la pared, las del Sup, del Púas, periodistas y poetas aldeanos, hasta charlas sobre la Vendetijera y el Pituka, personajes también pintorescos de Tuxtla, la capital chiapaneca.

Conocí al Ché, a Ulises Mandujano. Era el dueño de la cantinita. Don Ché, además de servir las cervezas, era un excelente cuentero. Dejaba que los comensales, bebedores, se hallaran en la cantina, bebieran dos que tres, y listo: se paraba a un costado de la mesa y entablaba conversación con los ahí reunidos. Del comentario jocoso, de esos que se echan como rompehielos, pasaba a las historias, las anécdotas, sus cuentos.

No sabía que era escritor, que había ganado y participado decorosamente en distintos concursos regionales de cuento. Se hacía llamar el Conde de Tolán, un poblado allá por el Valle de Cintalapa. El Navo, escritor exiliado, a quien también conocí en la cantina del Ché, alguna vez me había hablado con entusiasmo de sus cuentos, del ya famoso Dandy Pérez, la historia de un boxeador aficionado cuya efímera gloria en los cuadriláteros se vio opacada por sospechas de corrupción.

 

Dos

El Ché, como era costumbre, contó varias historias el día que me vendió Don cenizo y… doce más. La que más recordaba era la del Dandy Pérez. Le pedí que la contara, y le expliqué que un amigo la había referido en varias ocasiones. Lo hizo con especial entusiasmo, ensalzando su condición de mención honorífica en un concurso de cuento regional llevado a cabo en Coatzacoalcos, Veracruz. “Te vendiste, cabrón, te vendiste”, contaba al final de la historia, entre risotadas de quienes lo escuchábamos atentos, y de él mismo.

Después, con el dejo de la historia, vívida, el Ché regresó a la mesa con un libro. “Ahí está, cuesta 60 varos”, me dijo. Eran los cuentos de Don cenizo. Lo enseñó: presumió los dibujos que los ilustraba, los había hecho Arcadio Acevedo; relacionó los cuentos, las anécdotas y las historias ahí narrados, desde “El hombre que llegó con la ceniza”, mejor conocido como Don cenizo, que abre la edición, hasta la historia “Sobrinos S.A.” Muchas de ellas, advertía, eran vivencias, anécdotas suyas, escritas en el ámbito de la ficción. Nos reímos de la portada, ilustrada por Arcadio, con una leyenda que dice: “Publicación prohibida para la familia Abascal”. En ese entonces, 2001, Carlos Abascal, secretario del Trabajo del gobierno federal, había criticado que una profesora le diera a leer a su hija Aura, de Carlos Fuentes.

Lo que se configuraba ya, sin saber más de lo que el Ché contaba, terminé de comprobarlo cuando miré la contraportada: otro dibujo de Arcadio, en marca de agua, y hasta abajo su mero patrocinador: Superior, la cerveza. El libro tenía dedicatoria para su público cautivo, los adoradores de Baco. La portadilla enlista, a manera de agradecimientos, a sus cuncas, los bolonautas.

Buena parte de las historias que el Ché contaba en su cantina aparecen en el libro. No todas son cuentos, ese género literario, dicen los que saben, difícil de domeñar. Algunos son simples relatos, anécdotas, vivencias. “El Dandy Pérez”, me parece el mejor; los demás prefería escucharlos de boca de su autor.

 

Tres

A mi correo electrónico llegaron invitaciones, las vi posteadas en algún blog y también en redes sociales. Se anunciaba una gran función de box: el “Dandy” Pérez contra  el “Perico” Gámez. El primero personaje del Ché, el segundo personaje del también escritor Omar Gámez “Navo”. Los dos personajes de ficción entrecruzaron su universo, el de las lecturas, con el mundo de los lectores. Los autores y sus lectores, finalmente, reinterpretaron a su modo las historias y permitieron “los guamazos de las metáforas”, como registraban los periódicos el acontecimiento. Reinventaron el mundo.

La pieza periodística de Sara Regalado consignaba:

“El Perico” Gámez y “El Dandy” Pérez saltaron al cuadrilátero para dar lectura al cuento más representativo que tiene cada uno acerca del box, relatos que fueron escritos en momentos diferentes, en contextos totalmente distintos, pero que tienen una similitud impresionante, no sólo por referirse y utilizar el lenguaje propio del pugilismo, sino porque en ambos cuentos se ve proyectada una historia biográfica de cada autor, el contexto en el que cada escritor vivía en cierta etapa de su vida…

 

El Ché, muchos días después, en la cotidianidad de su cantina, narraba lo acontecido. El pretexto para tal historia era el cartel pegado en la pared que promocionaba la pelea. En él se decía, al más puro estilo pugilístico: “¡La pelea del año! Gran pelea cultural a 6 rounds sin límite de tiempo. Pelea estelar. Ulises Mandujano Nájera (El Dandy Pérez) vs Omar Gámez Navo (El “Perico” Gámez). El tercero sobre el ring réferi internacional Arcadio Acevedo. Sabines Palace. Entrada libre.” Era enero de 2011. El Ché llevaba y traía cervezas, pasaba botanas, salía a comprar cigarros e, insisto, a la menor provocación se sentaba y asumía su papel de cuentero: “El Navo me retó, lo hicimos en el centro cultural”, decía mientras revivía su personaje.

Atestiguábamos una práctica de lectura de un texto anticipado. Aunque no sé si el Ché algún día escribiría la historia de “la gran pelea cultural”. Las secuelas, segundas o terceras partes, no suelen ser mejores. En Don cenizo… relata una historia más del Dandy. No tenía caso hacerlo. Déjenme decirlo, el Ché, en su faceta de cuentero, sabía atrapar a sus escuchas convertidos ipso facto en lectores. Además la secuela, los aldeanos lo saben, fue segada por el cáncer.

 

Tuxtla, noviembre de 2012.

 

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