Ya déjennos vivir en paz

Carlos Sánchez

Las portadas de los medios destilan púrpura. La cuenta de los muertos asciende. No es la persecución de lectores, ganar adeptos, lo que los medios buscan, es la más pura gana de informar la realidad, la que no podemos tapar, ni maquillar.

El desasosiego nos arropa. Respiramos con dificultad. No podemos vivir sin estar escamados. Qué pinche tristeza.

Hace unos meses fue un compa que vivía en el cerro. Las mismas autoridades lo finiquitaron, con permiso para matar. Los comentarios al margen de la nota escurrían rencor, felicitaciones para los muchachos de la corporación policiaca.

Al compa éste del cerro lo acorralaron, le tendieron un cerco, le pusieron a un lado de su nombre el mote de machetero. Así cualquier crimen se justifica, y el pueblo lo avala. “Se lo merecía”, apuntaba uno de los comentarios al fin de la nota.

Y así los días. Un encobijado, otro mutilado, la cabeza fuera de su cuerpo. La violencia en todas sus modalidades. Ahora parecería que sufrir un asalto y no ser asesinado merecería una reverencia para con el asaltante. Un acto de gratitud para con el que las manda cantar, el que ordena el levantón.

Caminamos con el Jesús en la boca. Corremos la cortina de la ventana para ver si por fin aparece la mirada de nuestro hijo, qué ya no tarde más, que llegue de una vez.

El ulular de la ambulancia nos sabe a tragedia. La estridencia de los autos nos atemoriza, nos hacen ser el niño que fuimos o no dejamos de ser, escondido detrás de la puerta, con el más intenso calosfrío.

Hace unos días leí el mensaje de una madre desesperada, su hijo está desaparecido. La última vez que lo vieron fue en el barrio, antes de ponerse el sol. Un pastel y velitas a un lado de una fotografía. Vestigio de fiesta. Hoy la más pura desolación, la pesadilla inminente. Qué gacho.

En las redes sociales se hizo costumbre, cada dos o tres días la solicitud de auxilio para localizar a Juan o Pedro, a Luisa o María.

Leer cada uno de esos mensajes, mientras se observa la foto del extraviado u extraviada, nos paraliza de a poco el corazón. Miramos en la mirada del retrato a uno de los nuestros. Podría ser él, o ella, tiene su misma edad.

Lo levantaron es una frase de moda, que se hace visible, se normaliza. La justificación llega en el parte policiaco cuando se encuentra el cadáver: “Tenía antecedentes penales y nexos con el narco”.

La víctima es un número, el silencio más devastador, porque si hay denuncia se manifiesta el acoso, y para el caso, el padre, la madre, cuida de los otros, los que le quedan. Vivir en penuria y en silencio es mejor ante el riesgo de que la violencia deshoje a otro integrante de la familia.

Aquí todo está bien, aquí no ha pasado nada. Nadie pone freno. De nada sirve la evidencia, la flagrancia, el crimen se ejerce y manifiesta su fuero con el poder ya sea económico o violento. O te pago o te mato. Así de fácil.

Triste caminar con paranoia, mirando a los costados, sintiéndose perseguido. Humillante agachar la cabeza cuando el conductor de enseguida te echa la carrocería encima. Porque sale más barato, antes de que te enseñe el arma para callarte, si bien te va. Llegar a un restaurante y hacernos los disimulados cuando el de la mesa de enfrente acomoda su fierro en la cintura. Y mejor pedir la cuenta.

Ni los unos ni los otros. Ni los uniformados ni los civiles. Nadie parece sentir el deseo de una tregua. Como que a nadie le interesa que nuestros hijos sean libres, que salgan con la confianza de regresar al hogar, incólumes. La violencia se puso de moda, el ejercicio más cruel que se asoma por la puerta de nuestras vidas, a todas luces.

Ya se acerca primavera. La alegría significa el gorjeo de las aves, el contrapeso al sonsonete de acordeón que acompaña versos de corridos buchones.

Los niños sonríen mientras patean un balón a la hora de recreo. La inocencia les cubre de belleza sus miradas. Ojalá tarden mucho en crecer.

Desde la entraña en los hogares, las plegarias se levantan hacia el cielo. Por favor: Ya déjennos vivir en paz.

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