Y el silencio en sus miradas

L. Carlos Sánchez

Desde el inicio la música nos pinta un camino hacia el abismo. El cuerpo habla en silencio. Dice tanto la espalda, su postura. La curvatura de la desolación.

En el escenario dentro de un cuarto rectangular, Belén de Santiago, se sumerge en la vida del otro (la otra) que es Celeste Medina. Sin retórica ni diamantina nos mira a los ojos para engancharnos del qué va, para qué fuimos convocados.

Antígona es el punto de partida para llegar al desastre contemporáneo, la tragedia que ahora nos arropa a todos. El acontecimiento cuasi universal que es la desaparición forzada. ¿Dónde hemos visto esto?

Celeste Medina nos cuenta desde el vientre. La voz es solo una consecuencia para decir lo que el cuerpo ya no puede retener. La mirada un pincel que nos dibuja una y otra vez con claridad el por qué ha venido hasta aquí. Entendemos la premura de compartir. Empatamos con su historia.

En Andamios Teatro ocurre el estreno mundial del monólogo Y el silencio en sus miradas. Bajo la dirección de Rennier Piñero, con la actuación y autoría en la dramaturgia de Belén de Santiago, quien nos visita desde España su país natal.

Tiene esta puesta la cualidad de la garra, el deseo irrefrenable de hacer lo que se ama, la urgencia de estar allí para contarlo. Contar el desasosiego de los padres, la familia entera de quienes no volvieron más al hogar. Una puesta en escena que parte de un texto clásico y se desarrolla en las voces testimoniales de un trabajo de investigación de campo.

Por primera vez acudo a una obra de teatro donde lo que miro y vivo me parece que no es teatro. La construcción del personaje es tan íntimo, tan verosímil, que la ficción desaparece, desde mi recepción. Y luego casi al inicio, la actriz irrumpe y dice al director: Rennier, creo que no voy a poder. Más humanizado el personaje, imposible.

Y así el curso de la puesta: Celeste baila. Nos hace cantar. El espectador tiene su momento protagónico al interpretar Quieres contar mis estrellas, esa canción escrita por M. Delgado, interpretada por Lilia Vera.

A través de Celeste miramos a su hermano Alberto. El punto neurálgico de la historia, Alberto quien está sin estar. Alberto que se convierte en el nombre de nuestro amigo ausente, nuestro hijo que no ha vuelto, el vecino a quien un día no vimos más.

Estamos aquí, en este cuarto rectangular, donde cabe el escenario que es una mesa, un micrófono, un teléfono celular, un estudio, una disco, un departamento, la casa de la vecina que tiene un árbol de navidad con múltiples lucecitas (esto lo miramos a través de la elocuencia de Celeste). Estamos aquí donde lentamente la historia que se cuenta nos pone en la emoción la palabra impotencia. No dejamos de mirar. Porque el rictus que es lenguaje corporal nos dice una y otra vez la desolación.

Alberto se nos instala en la entraña. Alberto el hermano inseparable de Celeste. Celeste quien evoca una y otra vez los detalles cotidianos, esos que nos arranca la risa de tanta simpatía que sentimos por él, porque Alberto jovial se desplaza por la vida como si la alegría fuera su único objetivo. Lo vemos claro, con el amor y la chispa de un barman que prepara cocteles en una discoteca, allí donde inicia el camino hacia la tragedia.

Dice Celeste que una semana después de la fiesta recibió una llamada. Alberto no aparecía, nada se sabía de él. La frase como estruendo la escuchó de su madre: “Se llevaron a mi Alberto”.

Quiso investigar, saber dónde estaba el cuerpo de su hermano, el nombre de su hermano, la existencia de su hermano. Antígona dentro de ella. La desolación otra vez dentro de cuatro paredes donde el abismo es implacable.

Y no quedó más. O quedaron muchas cosas más. La secuela que es dolor. Dar la cara y acudir a una exposición que Celeste construyó desde sus manos. Una serie de paisajes que mostró a la familia. La congregación donde el ausente otra vez fue Alberto.

Alberto quien permanece en el interior de Celeste, y en el interior también del estudio, en una manta que pende del techo, encima de la pared, donde la pintora arma un autorretrato, de espalda, siempre de espalda, y dentro de su cuerpo, también de espalda, la figura de Alberto habita como un deseo de retenerlo para siempre.

“La tragedia es limpia”.

 

 

 

 

 

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