Xochitlajtoli: palabra en flor

 

L. CARLOS SÁNCHEZ

La palabra es un árbol. Ramificación de nuestros pasos. El lenguaje todo que habita en la mirada.

Al contemplar traducimos palabras. Sentimos y en el vientre las sílabas perpetúan el instante que a la postre habremos de reseñar con palabras.

La palabra es un atino, los versos entonces se construyen como destino. Inexorable.

Esa es la historia de la existencia de la poesía. Hablo de esta poesía que se dice en lengua originaria. Me refiero a esta antología donde se reúnen treintaidós poetas de dieciséis lenguas: Xochitlajtoli. Es el nombre del libro en que habitan estos escritores.

Atino debo decir y reconocer de Círculo de poesía, la editorial. La dedicación, la constancia, la inclusión en su nómina de títulos a esta antología que reúne las más límpidas imágenes, la desgarradora entraña, la inocencia con que se tratan los temas que tienen como punto de partida los lugares en que los autores habitan.

Si la poesía es una honda para contrarrestar con piedras el abuso de autoridad, la devastación humana, la xenofobia, queda claro que Xochitlajtoli, el libro, es la reiteración de los versos que se construyen para llamar las cosas por su nombre.

Algunos autores ponen el verso en la llaga, nos llaman a cuentas, nos dicen sus verdades a través de imágenes, y desde la metáfora. Con su ritmo intrínseco, porque la gracia fonética de una lengua que no es el castellano se convierte también en una virtud que ancla los ritmos más centelleantes y desconocidos para nosotros como  lectores.

Martín Tonameyotl es el compilador de esta antología, consecuencia también de los poemas que se fueron publicando paulatinamente en la página web de Círculo de poesía. Martín Tonameyotl ejemplifica lo que digo cuando hablo de los versos en la llaga. Cito:

El tren: Cada paso es un regreso hacia la vida, hacia la muerte / Cada tren es una pesadilla: de sangre, de hambre, de telarañas / Cada niño es un fruto: podrido, dulce, agridulce, qué importa / de todas formas la vida está vendida a los carroñeros / a los coyotes rancios que ambicionan devorarnos vivos / porque si no comen de nuestros huesos de árbol / sus panzas de ollas barrigonas quedarán huecas / y no gozarán de un pedazo de mierda con qué alimentar a sus parásitos. / Hay que emborracharnos digo yo / para olvidarnos que en esta tierra / día a día nos están cazando como perros rabiosos.

En un poema cabe la desgracia. En dos palabras se ilustra la desazón, la condena del que emigra: El tren. Y no sirven éstas palabras para dar un paseo sobre las vías. Este tren es la pesadilla y sus telarañas, nos dice el poeta, como para que volteemos allá, hacia el sur, hacia los que vienen al norte, a este territorio de donde levantamos la mano para sabernos cómplices desde el silencio.

Leer entonces es asumir lo que somos, en lo que nos hemos convertido: la irremediable indiferencia para con nuestros iguales. En un poema escrito en Náhuatl, Martín Tonameyotl, nos lo advierte, nos lo recuerda.

La frontera es una palabra que lacera. Y también se exalta la voz para nombrarla. En Totonaco, Manuel Espinoza Sainos, versifica su escritura. Nos dice lo que obsesiona e incomoda.

FRONTERAS: Parece que todos los caminos conducen al olvido, / a perder nuestras raíces, nuestra lengua / nuestra esencia, a lo lejos, la abundancia / es la promesa de un dios que miente. / La pobreza es una cruz que viste el paisaje / el hambre una hilera de huellas en la arena. / Desorientado, el viento silba una profunda soledad / mientras se desvanece el eco de nuestra historia, / parece que en vano, sí, en vano hemos vivido / rascando la pared que nos divide.

Árbol determinante, punto de partida, la luz que parte luz. La madre es también el lenguaje más recurrente. Porque allí habitan los territorios todos. Si la tierra existe es gracias a su nombre.

Irma Pineda es originaria de Juchitán, Oaxaca. Su lengua materna es el zapoteco. Desde allí su canto en versos se asoma como un río para enaltecer la figura materna.

Cándida, dice Irma. Y fluye:

Mi madre descifró para mis ojos / el lenguaje de las estrellas / Depositó en mis oídos los cantos de la gente nube / Me enseñó los signos de mi nombre / A usar el ajo en la comida / a medir el dulce y la canela / a evitar el limón cuando viene la regla / a no temer el crujido del techo de madera y teja / cuando la tierra tiembla / Ella resolvía las dudas / pero nunca le pregunté a mi madre / cómo transcurre la vida cuando los soldados se llevan al marido / Cómo se enfrenta lo cotidiano / con la incertidumbre tras los pies a cada paso / Con qué palabras se explica a los hijos / qué es un desaparecido / Con qué unidad se mide la ausencia / los días oscuros / Cómo nombrar de un solo golpe / las ciudades recorridas buscando un rostro / los espíritus consultados para tener indicios / de dónde encontrar a un desaparecido.

Aquí la fuerza que no deja duda. La palabra como una esfera donde se sumerge y engloba el mundo. Aquí el universos que es la entraña.

Y si bien en este libro antología la denuncia no tiene nada qué ver con el panfleto, también están los árboles, los animales, la pasión, el deseo, el amor y desamor. Los nombres todos que caben en los impulsos de quienes coautorizan estas páginas de Xochitlajtoli: Poesía contemporánea en lenguas originarias de México.

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