VODKA & ABURRIMIENTO

Ilustración: Bruno Herley

Reynaldo García Blanco

Hace unos días, en una conversación mundana, alguien hizo referencia a un Vodka de producción nacional. No en mi corazón pero sí en mi estómago sentí un vuelco. Comenzó mi nostalgia por el zumo de naranja y el vodka más literario y cercano. Aquel Vodka de los 80, generoso y revolucionariamente ruso.

Fue en un bar de Medellín que leí un simpático letrero:

Es mejor morir de Vodka que morir de aburrimiento

Pregunté por el autor y los poetas que me acompañaban juraban que lo había dicho Vladimir Vladímirovich Mayakovski, el poeta y dramaturgo revolucionario ruso y una de las figuras más relevantes de la poesía  de comienzos del siglo XX que se dio un tiro tal vez en un acto de aburrimiento y vodka.

Me cuentan que la UNEAC habanera llegó un poeta  ruso de altos kilates y el presidente de turno le preguntó: – Poeta, ¿qué vas a beber? ¿Champán, cerveza, vino, vodka…?
-Sí, y justo en ese orden.

El narrador Argenis Osrio me contó el chiste donde un  francés, un alemán y un ruso charlan sobre cual es para un hombre la parte más atractiva del cuerpo de una mujer.
-La cara -dice el francés- Porque es de la cara de lo que uno puede enamorarse a primera vista.
-Un pecho abundante -argumenta el alemán- Para mí, esa es la parte más excitante del cuerpo de una mujer.
-Lo más importante en la mujer -responde el ruso- Son unas piernas largas. Para correr rápido a la tienda y llevarle el vodka al hombre.
Me hubiera gustado concer a Luz Mendiluce la poetisa precoz que Roberto Bolaños nos regala en La literatura nazi en América. Alli menciona el pòema Stalin, que a su decir no es más que una fábula caótica que transcurre entre botellas de vodka y alaridos incomprensibles.

En cierta ocasión, en la antigua librería Renacimiento, compré, un ejemplar de Música para camaleones, traducido por Benito Gómez Ibáñez. El dueño anterior había remarcado con tinta verde varios pasajes de  aliento etílico. Aun tengo en mi memoria aquel donde frente a una chimenea, había un sibaritita sofá tapizado en felpa de angora, y delante de él, sobre una mesa encerada con el dorado del piso, reposaba un recipiente de plata colmado de cubitos de hielo; y embutida en el recipiente, una botella  de rojo vodka ruso aderezado con pimienta. Casi por creer que un modo eficiente para leer esta historia de Truman Capote es entre sorbos de vodka y jugo de naranjas.

Ahora que oigo hablar del Vodka nacional recuerdo un vodka ucraniano que  me brindó el poeta Marino Wilson Jay. Vodka que me sirvió en vaso de grueso cristal  y macerado con chile picante que el trovador José Aquiles trajo de México, escondido en la barriga de su guitarra.

Ahora que es abril y la televisón no se puede ver y no tengo a mano ni un mínimo Grey Goose y llueve y el vecino de los altos me atosiga con su música de ocasión vuelvo al Medellín de taxis y amapolas, donde supuestamente, un amante del espíritu ruso escribió:

Es mejor morir de Vodka que morir de aburrimiento.

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