Voces en ácido

Voces en ácido. Foto: Juan Casanova

L. Carlos Sánchez

Imaginar. Cambiar los trazos de la rayuela por los gritos de pánico. El salto por inercia. Sobrevivir.

En la adolescencia que es la puerta a la juventud. La misma que se avizora como un horizonte inalcanzable. Porque las armas se han puesto de moda. Porque la violencia nos ganó la batalla. Porque parecería que nada se puede hacer, más allá de subrayarla como una realidad que nos aplasta todos los días.

Para decirla se toma el cuerpo como herramienta, la luz como utilería, la transformación de la personalidad que es personaje en el mutar de una máscara sobre el rostro. Con una canción al unísono, como la más perfecta rúbrica de que el corazón late y por eso celebrar la vida corresponde.

Dicen en el escenario (en contexto de la Muestra Regional de Teatro 2019, que se desarrolla en Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura de Sonora, en Hermosillo), y quienes dicen son integrantes de la compañía TLAUAS, de Culiacán, Sinaloa.

Lo exponen en el montaje escénico Voces en ácido, cuya dramaturgia es de la autoría de Aarón Ibarra, y bajo la dirección de         Arturo Díaz de Sandy.

Lo actúan las joviales existencias de muchachos de preparatoria, universitarios, quizá.

Ya en el teatro, en el look de la puesta en escena, los actores juegan a ser cineastas, porque no saben, porque no imaginaron siquiera, que la violencia no debería invocarse ni de chiste. Porque cuidado con lo que de tu boca se mencione, porque al tiro con ese llamado imperativo que significa la palabra que puede significar terror.

Tal vez por eso el juego se convierte en realidad, quienes juegan a ser victimarios se convierten en víctimas. Porque la crueldad en estos tiempos no requiere de que toquen a su puerta, solita llega, por donde quiera se apersona.

Y en este caso, otra vez, las víctimas son los más imberbes seres, los que apenas asoman su existencia por encima de la barda que oculta las capacidades atroces de los malos, esos que forman escuadrones de sicarios, sin importarles las edades de los criminales en potencia. Esto ocurre cuando la ambición enceguece al que comanda al pelotón. No falla.

Conmueve la realidad del texto, los personajes  como un gran atino de la dirección, porque son ellos quienes encabezan las cifras de desaparecidos, de asesinados, en ese tramo de edad aún estrecha es que este país confecciona los más altos índices de desaparecidos. Atino como un plus es que la mayoría de espectadores, en esta presentación, acuden a preparatoria, la edad crucial que se desenvuelve en escena.

Estas son las anécdotas de la obra: las desapariciones forzadas, los asesinatos a la orden del día, la orfandad que construye una bala, la muerte de una pareja padres de dos de los protagonistas de la historias que mueren en manos de la crueldad el 15 de mayo de 2017, el mismo día en que asesinaron al periodista Javier Valdez, en el corazón de Culiacán, Sinaloa.

¿Para qué contar lo muchas veces ya sabido? Me pregunto mientras contemplo. ¿Para qué competir con los medios que propagan violencia de diario? ¿Algo nos aporta el desenvolvimiento de la violencia? Me lo sigo preguntando hasta el final de la obra.

La respuesta me la da el dramaturgo, Aarón Ibarra, autor de Voces en ácido. Porque hay que poner el dedo en la llaga, las cosas por su nombre, palabras más, palabras menos, me sugiere cuando me acerco para preguntarle si regalarán cacahuates.

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