Vigilia

 

Bruno Herley

 

Tengo sed y no intento levantarme,

escucho los ruidos nocturnos del barrio: el paso de un carro,

el llanto de los gatos,

el ladrido lejano de un perro,

el sonido de la lámpara del poste,

las voces de dos que pasan,

una racha de viento en los árboles;

pienso en los años que han pasado,

en los que están y no están,

en los detalles de los recuerdos.

Hay una disputa,

parece venir desde la otra esquina de la calle,

no pongo atención a lo que dicen,

solo a sus voces y al silencio que de repente cae alrededor de ellos,

parecen esos campos de siembra,

cuando en la noche hay el ruido del agua en los canales,

el frio y el cielo estrellado.

Algunas veces pasé por esos campos,

sentado en la caja de una troca

soltaba los brazos y erguía la cabeza para mirar las constelaciones

y alguna que otra nube;

la luna, opaca,

caía grande o pequeña entre las puntas de la sierra del Bacatete.

Al bajar un poco la mirada veía a lo lejos luces de carros pasar por las veredas.

 

El silencio en el barrio es de las casas abandonadas,

viene de madrugada en forma de recuerdos que escucho

como víboras en el maizal.

A estas horas el tiempo no existe en la calle.

Alguien pasa corriendo por el techo,

cuento sus pasos que cimbran las paredes,

escucho sus saltos —¡tup!, ¡tup!—

en los otros techos,

después, ese ruido trae un mutis profundo,

el asombro de escuchar algo indescifrable,

como si fuera un fantasma de plomo.

No pienso nada,

dejo que la mente tome su propio rumbo

hasta llegar a los días sentado en el televisor viendo los Dukes de Hazzard,

cuando la casa olía a tortillas de harina

y había tibieza en el aire.

Ya casi sale el sol y no he dormido.

No hay nada de sueño ni cansancio,

solo la melancolía que me hará levantar

y preparar café,

salir al patio y respirar los últimos rastros del invierno.

Tal vez encuentre otros recuerdos al amanecer,

hasta desvanecerse en el trajín de alistarme para el trabajo.

Nada de lo que aquí digo tiene utilidad alguna,

solo es una muestra de esas noches en vigilia,

como si la vida nos preparara para lo inevitable.

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

Leave a reply