Veleidad que suena a verdad

L. Carlos Sánchez

…y la estética radica también en el ritmo del pelo que cae sobre los hombros. Un perfume que sabe a menta e infortunio. Quizá el albergue de nuestro interior en la vida de ella o él.

Bailar. En contexto de la Muestra Estatal de Danza 2020. Con la más onírica presencia que implica la tecnología.

Un movimiento que levita, se contrae, desciende hasta caer sobre nuestras miradas. El deseo irrefrenable de corroborar que una noche también estuve, estuvo, estuvimos, allí.

Sentir. Porque el cuerpo es convite. Trepar en ese oleaje impetuoso que desplaza olas de ritmo. Indisoluble fragancia que es sugerencia antes del amanecer.

Con la más certera libertad. Porque el director de escena que es David Barrón instruye libertad. Dar y darse. Acatar, irrumpir sobre la duela como única oportunidad preciosa, la última: salir después del telón, última llamada, el reflector que marca la pauta: que la vida es aquí, aunque también provenga de la historia que son, que somos.

En sepia. La nostalgia de lo que todavía es. La sugerencia de lo que la noche ofrenda. La sutil aventura en exterior. Como cuando acudíamos al umbral de callejón. Una rola que es enjundia, darle chispa al joint, el beso, la caricia más silvestre cobijados por el dancing. Lo que la danza sugiere: Veleidad que es verdad.

Porque la importancia de lo que se dice estriba en el reconocimiento personal, el deseo prominente que revitaliza, la potente bomba en la que se convierte el devaneo. Porque el cuerpo irriga sentimientos cuando se lanza o recibe una señal.

Lo manifiestan en la escena: Ramsés Carranco, Emiliano Castro, Claudia Landavazo, Perla López, Zahaira Santa Cruz. Con la rúbrica de la empresa que es Margarita danza aquí, con la complicidad de Héctor Maldonado en la producción.

Cuán diligente y portentoso se vuelve el cuerpo a la hora de exponer lo que siente, de lo que está hecho. Mirar a las bailarinas, los bailarines, en esta pieza de Veleidad, es acudir a la reacción más feliz y entusiasta. Porque la libertad los arropa, y nos contagia. Un impulso, un movimiento que se traduce en pasión, en el drama feliz de saber que se está vivo.

Con el pasado a cuestas, con la incertidumbre del presente. El cuerpo y su memoria. La experiencia ineludible de Claudia Landavazo, garra y carácter. Lo bien dicho una y otra vez, el tren y su bagaje, el equipaje en esa maleta cuya cremallera se abre y exalta la más íntima sensualidad

Zahaira Santa Cruz y su convincente pasión. A cada movimiento la vitalidad implacable, el río límpido que expresa en su mirada, en cada uno de sus movimientos. ¿Qué procede? Aventar el sombrero ante su jerarquía magistral

Perla López y un pincel desde su herramienta que es movimiento y desde la cual construye el retrato dramático perfecto plausible. Este hacer de sí misma la estética de un pincel que colorea nuestros sentidos.

Los varones Ramsés y Emiliano. La luz sobre ellos y nosotros. La iluminación que les baña cada parte de su estética personal, demencial, porque se construye lo que se es o la naturaleza les parió el privilegio de humanidad para expresar con su sola presencia sobre la duela.

Veleidad se nos convierte en sinónimo de placer y misterio: ¿Qué se busca? ¿Qué deseamos? ¿Qué somos? ¿A qué sabe la resaca? ¿Qué soy? ¿Dónde estoy? ¿Adónde voy?

Veleidad que suena a verdad, la de estar vivos porque vemos y sentimos, deseamos: bailar.

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