Veintitrés de marzo de mil novecientos noventaicuatro

 

Bruno Herley

 

El veintitrés de marzo de mil novecientos noventaicuatro, llegué a casa después la vagancia diaria, al entrar encontré a mis padres pegados a la televisión, había en sus rostros un rictus de preocupación. No entendí qué pasaba. En el noticiero, Jacobo Zabludovsky lucía más nebuloso que de costumbre. Mi madre fue por café y dejó mi cena en la mesa, antes de ir a comer vi la repetición del informe de la muerte de Colosio. Al cuasipresidente le habían metido un tiro en la cabeza, al supuesto tirador lo habían detenido en el acto. Sin ecuanimidad alguna, el noticiero ¿cayó? en su propia trampa al culpar al hombre que una turba y algunos policías llevaban detenido.

Cené despreocupado, no tenía idea de lo que se estaba fraguando en el gobierno, la cúpula del poder se mataba entre sí, sin miramiento, eran esos muchachos bien, estudiosos todos, que reformaban al país haciendo a un lado a los dinosaurios del régimen, profesaban el libertinaje del mercado como una forma de volverse más ricos; esos muchachos bien que en algún momento creyeron ser los próceres de la patria, los que reescribirían la historia del país (lo hicieron de muy mala manera), todos ellos con ínfulas de emperadores sabiondos.

Escuché a mis padres cuchichear toda la noche. En el ambiente había pesadez, incertidumbre, y no sería para menos, aunado a el levantamiento armado en Chiapas, meses después vendría el asesinato de otro hombre del poder y la crisis de diciembre.

Al día siguiente salió el sol, los pájaros cantaron, me vestí para la escuela y escuché el discurso apocalíptico de los profesores, en cada clase se dijo lo mismo. Todos estábamos adormilados, con flojera de escuchar cosas que no entendíamos, éramos jóvenes de dieciséis o diecisiete años, nuestras preocupaciones eran inmediatas, no nos interesó que a un político mexicano lo tirotearan en algún cerro de Tijuana, en esos días nos sorprendía más el rock en español, nuestro interés era regrabar en casete de Los Héroes del silencio, La Castañeda, Santa Sabina o Los Caifanes, nuestra verdadera tragedia fue ver a este último grupo separarse por broncas internas, estaba tan revuelto el país que hasta para eso alcanzó el desmadre.

En la tarde fui con unos amigos a dar la vuelta al centro del puerto, había rumores de un levantamiento armado en todo el país, de la posible invasión gringa, de la muerte inevitable del PRI, de que fue Carlos Salinas el asesino, escuchamos todo un pergamino de teorías conspiratorias que a la larga resultaron ciertas, algunas probadas en su totalidad, otras probadas a medias, otras en la sospecha, lo único seguro era que el experimento de los encaramados en el poder terminó mal.

Los días pasaron lentos, como si subiéramos una cuesta, a pesar de no tener idea de la magnitud de los sucesos, sentí ese algo que pesaba en el viento. El Hery, el tendero del barrio, a quien le valía un pito la política, ahora era todo un experto, hasta una televisión puso en donde se la llevaba agazapado esperando clientes. Cada que iba a comprarle tenía que aguantar sus discursos a los adultos que iban a consumirle. Todos los vecinos se volvieron expertos en política nacional e internacional, hasta economistas. El asesinato de Colosio nos había despertado de mala manera a la verdadera realidad, dando de baja a la realidad que imponían desde los aparatos de comunicación gubernamental. Salinas, a quien mi padre odió hasta el último día de vida, pasó de ser modernizador a asesino, el jurado popular así lo había declarado.

Viendo lo sucedido aquel año, ahora me parece una tragedia shakesperiana: los Salinas, los Colosio, los Ruiz Massieu, Camacho Solís, y todos los demás, eran amigos y familiares que por el poder terminaron distanciados y matándose unos a otros. Siendo empático, es triste ver como un proyecto de amigos, nacido en las universidades privadas del país o extranjero, terminó con los machetes desenvainados. Fue un proyecto con ínfulas de grandeza que desconocía la realidad del país y trajo la desgracia para millones de familias mexicanas. Los asesinatos y la corrupción eran parte medular del nuevo sistema que nacía. Como alguien dijo por allí: el sistema político mexicano nació con un balazo y terminó con un balazo. Cierto o no, después de ese año no fuimos los mismos, algo cambió y muy probable nunca supimos por dónde tomó camino.

Al final me corrieron de esa preparatoria por golpear a un maestro y terminé unido a un grupo de morros que leíamos poemas en las plazas y actuábamos obras del Llanero Solitito. No sé si el asesinato del candidato me llevó ahí, o fue porque buscaba aceptación, o porque no quería estar en casa, o porque me encontré con gente igual de pirata que uno. Al final, el año de mil novecientos noventaicuatro quedó como un escusado al que no le bajaron la palanca.

 

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

Leave a reply