Uno es de donde son sus muertos

Tú sabes musa mía
mi culto por la Patria,
por el derecho que es la Ley suprema
y por la Ley que del Derecho emana.
Tú sabes que mi pluma
no es la venal esclava
de las pasiones y del prócer;
sabes que a la razón está subordinada…

Alfonso Iberri Carpena (1877-1954)

Ramón I. Martínez

  1. Lo que llamamos felicidad es una idea abstracta, compuesta de algunas ideas de placer; porque el que sólo tiene un momento de placer no puede decir que es feliz, así como por un momento de dolor no puede creerse el hombre desgraciado. El placer es más fugaz que la felicidad. Cuando el hombre dice soy feliz en este momento, abusa de la palabra, porque sólo quiere decir: “Tengo placer”. Cuando disfrutamos de placeres repetidos durante cierto tiempo, podremos decir que somos felices: esto sólo es un ideal, y por lo mismo, no totalmente realizable. Muchas veces, gozando de gran fortuna, no somos dichosos, como los enfermos displicentes que carecen de apetito y no comen en los festines preparados para ellos. Algunos perros se ven mimados, les dan a comer exquisitos manjares y les destinan hermosas perras; pero hay otros que padecen de sarna, los muelen a palos y los matan de hambre. ¿Depende acaso de esos perros ser dichosos o desgraciados?
    Guardando las debidas distancias, algunos piensan que probablemente nuestra fisonomía humana particular nos ha de antemano predestinado a ser felices o desdichados, así como no se nos ha dado a escoger entre ser geniales o ser estúpidos, débiles o torpes, largos o cortos, parásitos o benéficos para la humanidad. Testigo gozoso de la predestinación viene a ser Alonso Vidal (1942-2006) en su libro Los Nuestros, a propósito de centenarios (La Voz de Sonora, 1999, Colección Voces del Desierto, 15). “El que no conoce a Dios donde quiera se hinca”, diría el conocido refrán, pero para fortuna nuestra este libro no es el caso, pues el autor no se hinca ni cae en falsos compromisos, sino humilde y digno a la vez. A lo largo y ancho de la historia han surgido figuras señeras, las cuales han aplazado la destrucción del hombre por el mismo hombre (Homo hómini lupus, dice Thomas Hobbes), hombres que pese (y tal vez debido a) sus limitaciones han tendido prodigiosos puentes sobre los terribles abismos que nos separan y condenan, logrando así la maravilla de la comunicación que nos vuelve humanos. Los Nuestros… es entonces un homenaje a figuras señeras (providenciales) de la historia sonorense (a propósito de sus centenarios, de natalicio la mayoría) que han hecho de nuestro Estado una región más habitable; es un reconocimiento a la labor de trece hombres de la cultura (periodistas, cronistas, poetas, maestros, estadistas, fundadores, músicos, deportistas) en una valiosa labor de rescate histórico, gracias al inmenso archivo personal del que disponía Vidal. Archivo cuya recabación ha sido facilitada merced a una constante labor de promoción cultural desarrollada a lo largo de casi cuarenta años.
  2. Alonso Vidal ha optado por una visión clara y concreta de la historia literaria de Sonora, sobre todo a base de lo que él mismo llamaría “viñetas biográficas estructuradas en prosa poética”. Esto puede corroborarse al revisar su ensayo Poesía sonorense contemporánea, 1930-1985 (Gobierno del Estado de Sonora, 1985). Este estilo es de alguna manera continuado en Los nuestros…, facilitando esta continuidad de alguna forma el hecho de que los personajes conmemorados son en su mayoría celebrados por el autor como poetas, cuando no como cronistas, cuyo trabajo en cierta forma ha sido determinante en el desarrollo de la literatura regional. Su interés, desarrollo y trayectoria en este campo puede llevar a reconocer que, con todo y las naturales limitaciones del autodidacta ufano, ha realizado un invaluable trabajo, una obra fecunda que no cae en el facilismo de la mera acumulación bibliográfica, ni en la estadística de la trivia, mucho menos en el plagio artero e infame al que son tan aficionados algunos “historiadores”. Más bien –y a su manera poética y reverente del pasado al cual somos deudores disimuladamente gratuitos–, en las rememoraciones-homenajes que realiza Vidal se encuentra una indicación de corrientes, movimientos literarios, revalorados en uno de los pocos –y por lo mismo, valiosos– intentos por lograr una visión totalizante del devenir cultural del Sonora contemporáneo.
  3. Mosén Francisco de Ávila en su poemario Tagmar libro de símbolos y ritmo (1952), cita un epígrafe de P.L. Landsberg: “si la muerte fue la presencia ausente, es inmediatamente la ausencia presente”. De similar forma funciona la memoria en Los Nuestros. Quijada, Iberri, Bojórquez, Ramos, De Ávila, Sobarzo, Parodi, Sotelo, Galaz, Zamora, Ahumada, al ser homenajeados mediante el recuerdo de su obra cultural, se nos vuelven a hacer presentes: no como fantasmas que vienen a ajustar cuentas, sino como resguardo de la dignidad de nuestro pasado, el cual antes que bronces, ceremonias y guardias de honor, merece el compromiso de algo más que palabras por un mejor futuro para la matria y la patria, mínimo sobrevivir sin atrincherarse en regionalismos fanáticos y sin disiparse en el falso cosmopolitismo del desarraigado que reniega de su ejido natal. “Uno es de donde son sus muertos”, parece recordarnos Vidal y con Los Nuestros… nos otorga un valioso documento histórico.

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