Una novela de crimen, violencia y narco con un twist sudamericano

Cruz, de Nicolás Ferraro

 Luis Álvarez Beltrán

 

            El apellido es una enfermedad hereditaria.

Nicolás Ferraro

 

Desde Argentina, por medio de esa búsqueda acertada y loable que acerca a las culturas, autores y lectores, que emprende el editor Mauricio Bares desde Editorial Nitro/Press, esta vez en convenio con la Universidad Autónoma de Nuevo León y Editorial Revólver (Argentina), nos llega una estupenda novela de acción, drama al extremo, crimen, violencia, la constante lucha por la conservación de la razón, la coherencia y la conciencia en medio de atroces realidades, aderezada con un exótico lenguaje (otro castellano alucinante regionalista desde del delta del Río Paraná), bajo el título de Cruz, (2017) del joven escritor bonaerense Nicolás Ferraro (Argentina, 1986).

            Finalista del prestigioso Premio Dashiell Hammett 2018 a la mejor novela negra en la Semana Negra de Gijón, la trama de inmediato nos remite a la fallida relación de los hermanos Tomás y Sebastián Cruz con su padre, el viejo Samuel Cruz, legendario guardaespaldas, golpeador y matón del bajo mundo de la región trinacional del río Paraná (Argentina-Paraguay-Brasil) que en pleno crecimiento de sus hijos, abandonados por su madre, cayó preso para una condena de quince años, ganándose con ello el aborrecimiento y el desprecio de ambos vástagos.

            Tomás Cruz a sus veintisiete años, se debate en una existencia inconstante muy cercana al fracaso y a la indecisión. Una dulce novia, Alina, espera por él, pero éste no atina a definirse ni laboral ni sentimentalmente. Por azares de ese mismo avatar, Tomás vuelve a la vacía casa paterna para encontrarse con la recámara intocada de su salvaje viejo y docenas de cajas de basura entre papeles, fotos, documentos inútiles que su padre apiló y que él abomina lo mismo que a su tal figura y, por lo tanto, se propone deshacerse de ellas con la misma prestancia que la gente se baña para sacudirse la mugre y los malos olores.

            No pasa ni siquiera una tarde de ese verano astral fastidioso cuando el destino de la sangre con todo el peso de la fatalidad llama al auricular de Tomás en la voz de su cuñada Viviana, la esposa de Sebastián, quien no ha llegado a casa en días. La natural angustia de la mujer alerta a Tomás que, a poco de salir de bañarse, recibe la visita de la policía: Al igual que su padre que ha pasado la mitad de la vida de Tomás en la cana (cárcel), Sebastián ahora está preso y en mayores problemas. Problemas del tamaño del subcontinente sudamericano.

            El crimen organizado ha orillado a Tomás, el desconocido y menor de los hermanos Cruz, a pagar las afrentas, las pérdidas, las deudas, los errores de su hermano Sebastián, a quien le esperan juicio y sentencia de consideración; so pena de que secuestren y desaparezcan con suerte imaginable a su cuñada Viviana y su sobrina Violeta (la pequeña Lelé), a quienes ya tienen vigiladas con un carro que va y viene todo el día por el exterior de la casa de las desprotegidas mujeres. Tomás le promete, juramento de sangre, a su hermano Sebastián, que pagará la deuda que dejó por la mercancía perdida y que hará todo lo que digan los jefes de su hermano para que no lo maten en la cárcel y para conseguir que su condena sea mínima.

            El único problema es que Tomás odia todo lo que tiene que ver con las actividades de su padre y ahora de su hermano Sebastián. Nunca ha pisado ninguno de los lugares de esa gente y nunca ha hecho nada que se le parezca a una actividad criminal. Él es el Cruz diferente, el delicado, el estudiante, el bueno, el sin mancha, el impoluto, el menor y desconocido Cruz. Y odia lo que tiene que hacer; pero lo tiene que hacer y lo va a hacer. Se lo juró a su hermano en la prisión. No podría vivir con el peso en la mente de que algo le sucediera a su cuñada, pero principalmente a su pequeña sobrina de cinco años. Su hermano Sebastián no sabe que su mujer y su hija corren peligro, pero lo imagina porque sabe la clase de gente que son los Centurión, los potentados jefes criminales. Tomás no lo menciona para no desquiciarlo en su actual situación.

            Un interlocutor, un viejo amigo de su padre, algo así como un tío para los hermanos Cruz, el gordo Alvarenga, pone en contacto a Tomás con el grupo criminal que maniatará su Noche Buena, su Navidad y días por venir.

            Al volver a su casa y antes de partir a cumplir con los mandatos específicos de los ‘acreedores’ de su hermano, Tomás se encuentra con Alina y la lleva con él a los primeros escarceos de su misión. A las primeras de cambio se percibe un peligro de muerte; Tomás despide a su novia y ésta se pone a salvo no sin antes ser identificada por los enemigos de los Cruz y quedar boletinada como sujeto de extorsión o cobranza junto a Viviana y la pequeña Lelé, en caso de que Tomás no cumpla. La relación con Alina se derrumba como terrón de polvo.

            La encomienda a cumplir por parte de Tomás para saldar la deuda de su hermano y para salvar a sus mujeres, es un descenso a los infiernos como pocos se han visto en la historia de la literatura latinoamericana. Un tour de force que hace que las páginas y los capítulos resbalen por los ojos con una adrenalina que va del diálogo entre capos, sicarios, matones, mulas, sirvientes, prostitutas, hasta peleas cuerpo a cuerpo, ejecuciones, persecuciones en medio de la selva o a la vera del río que lo mismo remiten a hechos reconocibles del narco y la geografía mexicanas (o colombianas), que a ciertos rasgos y sentencias que hacen pensar en una especie de El Padrino (Mario Puzo) sudamericano.

            Con una prosa ágil, llena de regionalismos y jergas que enriquecen la experiencia lectora, con una descripción geográfica justa del tono y del ambiente selvático y costero del Río Paraná y los lugares sórdidos y exuberantes donde los hechos transcurren, con una estela de personajes construidos con colorido y medida en concordancia de la trama, haciéndolos visibles y reconocibles a través de un imaginario que va desde el futbol hasta el lenguaje guaraní, pasando por sus físicos, sus filias y sus fobias, sus dibujos y su personalidad, de forma que la novela de ninguna forma y en ninguna medida es centrada en desproporción respecto de sus cinco o seis personajes centrales, sino que el texto se abre y se relaja hacia seres que en su respectivo capítulo cobran una voz y luz propias que condimentan la imparable sucesión de acontecimientos extremos que dotan de lógica y verosimilitud a este mamotreto, exponente de mérito de la nueva literatura del cono Sur.

            El desfile de hechos, de personajes, pero sobretodo el mural de iniquidades, de explotación, de violencia, de delitos que narran la abyección más enferma, la sangre fría más podrida de todo el hemisferio, el lenguaje soez y diferenciado que el lector va identificando y hermanando con las expresiones del mismo tipo de fauna criminal que ocupa nuestros territorios, todo en un solo cuerpo de ficción realista habla de un libro del que se descubren varios hallazgos a una misma vez, entre un párrafo y otro o dentro de una misma línea.

            Cierta ética oscura guardan los personajes de uno y otro bando, de forma que no es raro leer sentencias que hacen entender el porqué de los caminos que toman cada uno de ellos. Surgidos en un territorio hostil, de abandono, olvido, explotación, discriminación y limitantes, los ayudantes y los empoderados jefes, aprovechan cualquier diálogo para exponer las razones que los hacen ser quiénes son y los hacen hacer lo que ellos hacen; una especie de explicación omnisciente de la situación del lugar y de los mundillos decadentes que de ahí surgen. Cada personaje justificando lo injustificable, al mismo tiempo que demostrando una convicción donde no cabe una doble moral.

            Narcotráfico, trata de blancas, explotación sexual infantil, corrupción, homicidios como pan de cada día, engaños, venganzas, traiciones, abusos, manipulación psicológica, violencias en toda su expresión y variedad, el narrador Ferraro no permite que la trama caiga en un pozo decadente de hastío permanente del cual se pueda decir que es un homenaje a la violencia y un culto morboso a la descripción más bizarra de ese rincón del mundo. Al igual que en obras de arte como la película Fargo (1995) de los hermanos Cohen, a diferencia de Pulp Fiction (1994) y de Reservoir Dogs (1991), de Quentin Tarantino, cuyos guiones retratan una fauna criminal que se regodea en su violencia con una elegancia verbal y un sentido del humor que dan cuerpo sólo a asesinos carismáticos; Cruz es una historia que tiene un corazón: La causa de Tomás Cruz, aunque no se perciba en mucha parte del transcurso de la trama, tiene que ver con el amor y la consideración del género femenino. En lo que se puede reconocer como una exposición de pinturas en el museo del crimen organizado en la región del río Paraná, en el ambiente de la historia flota la necesaria prevalencia de una coherencia que se pierde o no existe en ese bajo mundo, pero Tomás debe reunir los arrestos para conseguirlo: No olvidar la conciencia, no perderla. No perder de vista quién es él y, sobre todo, quién no quiere ser: Su padre.

            Uno de los principales logros de Ferraro, fanático del Club Independiente, del videojuego de Max Payne, de la NBA y de las hamburguesas, también de incontables autores literarios, es dotar de una fuerza devastadora a la imagen y leyenda viva de Samuel Cruz, el implacable pero finalmente humano papá de Tomás y Sebastián, cuya salida de prisión y reencuentro con su hijo no sólo logran hacer factible la supervivencia y el enfrentamiento de Tomás con el verdadero enemigo y aspirar a conseguir la salvación personal, la de su hermano y de todas las mujeres de la familia; sino que en un pacto de trabajo pero no de convivencia, en un punto crucial de la novel, se da tiempo para explicar su proceder a su hijo, quien se niega a escuchar, quien se niega a creer.

Samuel es quien dirige y encabeza, secretamente, la misión de Tomás y es un fiel de la balanza de la trama que dejará ver al lector si es que se va a lograr la empresa atroz y terrible de los Cruz, la cual se dirime solamente luego de varios encuentros, reveses y muertes al filo de la hora, eventos que llevan las cosas al límite de lo fatídico, manteniendo al lector en un vilo expectante que ahora se reconoce extraño en las obras literarias.

            El dibujo del personaje de Samuel Cruz es realmente memorable y opaca sin mal gusto tanto a Tomás como a su otro hijo, Sebastián, a pesar de que la brújula del libro siempre está en las manos de su hijo menor, el personaje narrador, un individuo literario no absorbente ni egocéntrico, todo lo contrario, contando de soslayo, dando cuenta sin revuelo ni deteniéndose innecesariamente en soliloquios románticos, intelectuales, filosóficos. Mérito del autor.

            Periplo lleno de sorpresas, lugares que hacen pensar en que ya no se puede superar lo sórdido o abyecto de lo que se narra hasta que aparece la siguiente locación de la acción o el siguiente paso de todo ese descenso a los infiernos; los personajes hablan entre sí con un sarcasmo, una ironía, un sentido del humor que vuelven más realista la historia, más correctamente ajustada a los personajes y a los hechos, Cruz dosifica sus capítulos de forma que el lector va comprendiendo los motivos y el proceder de cada uno de ellos, y toma el lector no poca simpatía por un par de ellos de ellos y toma el lector, acierto del autor, una idea redonda de la naturaleza y de las intenciones de quienes se involucran en esa lucha sin cuartel y en ese disfrute del poder del dinero, los placeres, las armas, la política, de la prerrogativa de decidir quién vive y quién no, y de disfrutar de los más desquiciados fetiches que se pueden leer, y aun decirlo a viva voz.

            El nauseabundo ambiente enferma la coherencia de Tomás, pero él debe preservarla por aquellos, y sobre todo aquellas, a quienes se debe, a quienes les debe una salvación o, mejor dicho, lo que él siente que debe hacer para que todo lo que le resta de vida no sea la ignominia y el vacío de cargar con una injusticia en contra de una niña inocente, su cuñada o su novia.

            Libro para leer y compartir. Libro para que lo lean cinco o diez amigos y todos lleguen a decir que sería una excelente película, guardadas las distancias con El secreto de sus ojos, de la inspiración de Eduardo Sacheri, filmada por el gran maestro Juan José Campanella.

 

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Como referencia obligatoria del mundo de las letras, el Fondo de Cultura Económica, por medio de la cruzada por la lectura encabezada por Paco Ignacio Taibo II pone a disposición de los amantes de las buenas letras, tres excelentes probaditas de lo mejor del cuento sudamericano de la actualidad. Con un costo menor a quince pesos por ejemplar, disponibles en Librería Educal y Librobús, de la Colección Vientos del Pueblo, nos llegan: Dochera, del autor boliviano Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, 1967), cuento ganador del Premio Internacional Juan Rulfo 1997. Relato pueblerino y al mismo tiempo erudito en el mejor sentido de la idea, la espléndida historia acerca de un escritor de crucigramas que se enamora y pierde la cabeza por una enigmática mujer, es una lectura que se bebe como el mejor refrigerio en una sequía del desierto. Un cuento de unánime e indudable altura literaria.

            De la escritora boliviana Liliana Colanzi (Santa Cruz, 1981), Chaco es la alucinante y oscura historia de un chico de esa región del mundo que comprende un tramo de Argentina, Bolivia y Paraguay donde los siglos han dejado su rastro de invasión, exterminio, explotación, deploración humana y devastación de la naturaleza, donde los indígenas conviven con los paupérrimos mestizos aun analfabetos, en una descripción de la cultura, los factores socio históricos, la orografía, la economía, los símbolos y la creencias del lugar, con una llana sencillez, con una generosidad narrativa propia de las joyas literarias, por medio de los acontecimientos sobrenaturales, a manera del realismo mágico, donde la propia trama mantiene en álgido interés al lector pero donde el telón de fondo es lo que prevalece como imagen central de un relato que narra a un pueblo y a una geografía a la que difícilmente podemos llegar si no es por causa y virtud de la lectura. Colanzi, lo mismo que Paz Soldán, es una notable exponente de las letras hispanoamericanas de principios de este siglo, razón más que suficiente para seguir sus huellas.

            Finalmente, desde Ecuador, nos llega el cuento Subasta, de la escritora María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1976) un extraordinario relato acerca de una joven  mujer que de un momento a otro, tratando de llevar una vida normal como cualquier persona de bien, cae en las garras de unos delincuentes que practican una peculiar forma de ganar dinero violentando la ley y la paz ciudadanas: Raptan toda clase de gentes y rápidamente se deshacen de ellas, subastándolas a mejores postores que aparecen desde todas partes, en otra muestra de la fauna criminal sudamericana (finalmente latinoamericana) que nos hace reconocernos como estados fallidos y proyectos sociales del todo desfasados y desorientados, donde los hombres más pútridos en su actuar y en la consumación de sus objetivos, retratan la verdadera cultura que muchas veces determina y define la experiencia de vida que deben sufrir miles y millones de inocentes porque somos incapaces de vigilar, controlar, cuidar, prevenir, evitar, superar esos resquicios geográficos y sociológicos que dan lugar a estas miserias, estos flagelos, estos hechos y denuncias, características de lo que se dice en la literatura ante una realidad que desplaza a la ficción al momento de plantear qué se debe decir, qué se debe escribir.

            Cuentos que son espejos que captan el fondo último de aquello que somos y aquello que vivimos, para reconocernos, para conocernos en nuestra más honda verdad histórica y humana.

Les recomendamos leer Cruz, de Nicolás Ferraro; Dochera, de Edmundo Paz Soldán; Chaco, de Liliana Colanzi; Subasta, de María Fernanda Ampuero; y una de las obras maestras de la nuestra Inés Arredondo, La Sunamita, relato que no tiene desperdicio y es una lección automática de cómo se debe de escribir, de qué vale la pena escribir.

             

 

            https://www.youtube.com/watch?v=YbHzLTRZGvQ

          

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