Una historia de humor anaranjado

 

Frank Abel Dopico (Villa Clara, Cuba, 24- enero- 1964- 8- abril- 2016)

Una historia de humor anaranjado

Mi casa siempre se ha alimentado de los muertos.
En épocas de angustia padre los escondía en el trinar de los rincones
y los muertos se turnaban para dormir en el regazo de mi madre.
Los había morados, con espejuelos, militares, mujeres…
Recuerdo que su costumbre era no desayunar.
Para sus sueños padre mezclaba el arroz con su figura
y así transcurría la mañana junto al pozo.
Yo les hablaba de Marx pero ellos devoraban el Nuevo Testamento.
Los muertos son ateos, repetía.
Fue triste el caso del Doctor González.
Se crucificó mientras tres enfermos lo negaban tres veces:
tuvimos que bajarlo porque las niñas protestaban de sus santas palabrotas.
Alguno se ocupó de inventar una máquina contra las cigüeñas.
El día de probarla padre le otorgó grado científico, post mortem.
Sin embargo mi casa era la miniatura que alguien confundiría con las vicarias.
Como en todos los buenos poemas aquí también hay muertos que son malos.
Madre ordenó construir una celda en el fondo del patio
y veinte veces tuvimos que agrandarla.
Dos fueron presos por la golosina de los muslos de mi prima.
Otros, porque siempre volteaban el espejo.
Los más jóvenes de los muertos delincuentes fueron encarcelados por vestirse de vivos ante la
mismísima cara de mi padre.
Había un muerto homosexual, le decían La Princesita del Himalaya
y tenía la voz tan dulce como la silla de algunos funcionarios de Cultura.
Yo me enamoré de Matilde, treinta años, divorciada,
que murió de espaldas y sin ponerse el vestido.
Llegó desnuda, contra su propia voluntad
y con telarañas le cubrí los pechos y me contó que la muerte es una sustancia, casi un purgante.
Para que no la viera desnuda me zurció los ojos con su propia voluntad.
«Eres tan pequeño, dijo, tan de una sola altura, que tendrás vértigo de mí».
Para que me amara yo le traía viento virgen, cazaba jazmines con mi tirapiedras o la invitaba al río que hay debajo de mi casa.
Una noche convino a mis deseos, estaba muy sola, quiero decir, muy muerta.
Con Matilde conocí que a los muertos les gustan los números pares.
También le gustaba oírme: «Qué Pálida estás, amor».
Mi madre prohibía estas relaciones porque los muertos no tienen posición social.
Yo la comprendía, Madre pasó hambre en el Capitalismo.
Pero Matilde y yo duramos día y noche
hasta que la vi besarse con González.
Las muertas son infieles, lloré.
Cierta madrugada, 4 de junio de 1978, se apareció el mejor de los muertos por la puerta.
Canoso, seis pies de eslora.
Habló: «Conmigo traigo dos siglos y la propiedad de la casa».
Mi padre expuso sus manos: «Eres Jiménez?»
«Sí», le contestó el canoso.
Mi padre volvió a exponer sus manos: «Te pagaré la casa».
Muerto a muerto, contantes y sonantes, mi padre pagó el precio de la casa mientras la luna ejercía su misterioso oficio de Doctora en Derechos.

 

Apuntes de gulliver
a Miguel Barnet y a Pedro de la Hoz

Crecieron los enanos que huían de las flores.
Creció un arbusto seco tan alto que sostuvo el peso de los cielos.
Creció Yudith aunque sigue escuchando a las hormigas.
Creció el perro blanco a pesar de las piedras y los palos.
Creció el brazo derecho a pesar del brazo izquierdo y a pesar de
/los escalofríos y las playas.
Creció la tormenta. Sin lluvia.
Crecieron los mapas y los diccionarios a pesar de las barricadas
/del reloj.
Creció el príncipe pero no tiene el reinado prometido.
Creció la puesta del sol. Con algunos errores, eso sí.
Crecieron las muchachas de mi barrio, una a una, seno y aire.
Los muchachos también, de pronto, frente a la antigua bodega/y con permiso de los padres.
Creció mi primer amor y mi segundo amor, el tercero y así hasta el infinito.
Fulano se hizo grande, no recuerdo su nombre, pero un día me
/golpeó sobre los ojos.
Creció mi país y salió de viaje por el mundo, como en las aventuras.
Creció el cuchillo del hombre que vendía atardeceres.
Creció la añoranza y ya no le sirven los vestidos.
A José, el mudo, no le hizo falta crecer porque cambió el crecer por
/su jardín de rosas.
Alguien, lejanamente, hace crecer sus sueños pintándole los labios.
Crecieron los piratas, ahora el mar les parece más pequeño, los
/tesoros abundan.
Creció la primavera, alta, pensante, con las uñas postizas. Únicamente los juguetes conservan su estatura. .

 

Poema sobre la eternidad

¿Amarías la eternidad?
Si ahora mismo no pudieras morir….

 

El jinete y las soledades (fragmentos)

Era un diminuto poema de amor, tan pequeño que aún no tenía besos, ni desesperación, ni tan siquiera una sílaba bajo las estrellas. Nadie se fijó en él. Ningún poeta lo sedujo o lo maldijo. Ningún amante lo pidió prestado. El diminuto poema de amor recorrió las calles, las parejas y las noches. Fue atropellado, espantado y casi muerto. Hasta que Eros –nadie sabe cuándo- se lo bebió, como un antídoto, para salvarse.

Ella es esa mujer donde alguien silva. Su traje de persona es tan sencillo que una sonrisa y el azar son su persona. Como he visto que alguna vez quiere tenerme, me pongo bien el dedo y la pulgada. Ella es esa mujer donde yo tiemblo.

Soledad:
Perdona al visitante que juega con tus hijas. Perdona al que hizo la promesa de quedarse a cenar, jurando que no eras un castigo y que te prefería. Perdona haber sido el visitante y no quien vive en ti. Tienes que perdonarme. Quiero ir muchas veces a tomar el café, a acariciar tus manos y danzar con tus hijas sobre los arrecifes. Si hago el amor contigo, soledad, no te confíes; no cosas en tu viudez otro traje de novia. Tampoco me maldigas:
Yo te prefiero a veces cuando me traen una sombra que nunca había pedido. También yo te perdono. Tus ojos adivinos que todo lo desnudan. Pues tu también me eliges creo yo, cree mi miedo.

Aproximadamente una mujer es algo que está entre las manos y el horizonte. Es algo que tiene que ver con el horizonte y las palomas. Una mujer dobla la esquina y su virtud es ser el único animal que desaparece. No esta más. No volverás a arrodillarte a sus caderas. No gritara más tu nombre en el fugaz martirio de los sexos. Aproximadamente imaginaras qué pasa cuando está con otro hombre., pero te habrás equivocado. Otro hombre y esa mujer serán distintos como es ahora distinta tu manera de tenerla. Tu olvido es el olvido de quien entra a una catedral, entre las telarañas, persiguiendo una voz, un susurro, que al final no es sino un disco con aquellas canciones que escuchaban juntos. Aproximadamente tú estás sentado en el principio y ella no está contigo, exactamente.

Si tu mujer va dejando de mirar a las estrellas. Si tu vas dejando de mirar a tu mujer en las estrellas. Si los dos duermen de espaldas hacia estrellas distintas, no pienses que es la hora en que llego el olvido. Demasiado peor: ha llegado el recuerdo.
No, fuiste un misterio que no llegó al amor y ni siquiera al odio. Y ahora te pareces a los trenes que parten y a esa ventanilla cerrada, donde dicen que, en urgente asunto de negocios, parte dios.

La muchacha que baja de la montaña dice que las piedras estaban tristes, que los árboles tenían una actitud muy seria y que lo que no tiene ojos tiene el nombre de montaña. Le contestamos que por eso íbamos a poner un pájaro en cada piedra, un columpio para el sueño en las ramas de los árboles y, para lo que no tiene ojos y tiene nombre de montaña, le llevamos algo así como una mezcla de vicarias y peces, para que pueda ver los gestos de las nubes, la mímica del sol.

 

Arte rupestre

Y al hombre,
cuando lo llevan de la mano.
Apenas sabe originarse o beber ciertas dosis de su altura
y ya lo dejan sacudido y libre
a la entrada del humo y de los golpes,
a la entrada de su reproducción,
a la puerta invisible de la escuela.
Cuando lo dejan solo que da pena verlo,
solo y con la jaula abierta,
iluminado por un pequeño candil
mientras la madre canta y da palmadas
creyendo que lo demás está previsto,
que siempre ha sido así.
El hombre sale, a bolina, en su afán de ser el séptimo color,
sacudido y libre,
creyendo que la jaula siempre estará abierta.

 

 

 

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