Una cruda reduce a un hombre a su condición verdadera: la de un insecto

Heriberto Duarte Rosas

Un adiós para Eusebio Ruvalcaba desde: El frágil latido del corazón de un hombre. (Editorial Nula, 2006).

Un manual para convertirse en bestia. Una bestia florida y encantada. Eusebio con este libro se hizo mi amigo. Esa amistad que nace del verse dentro de lo que un creador te ofrece. De sentirlo cerca, de abrazarlo en corto, aunque nunca hayamos cruzado al menos, un frío correo electrónico.

Porque encontré ahí lo que el título, como navajazo advierte. La miseria, las interminables formas en las que los hombres nos perdemos en las piernas de una morra, en cualquier botella que empede, en la monstruosa cruda y en la música. Como de ojo a ojo nos reconocemos animales ante los olores y los fluidos del cuerpo. Como es tan sincero un trago en cualquier barra de cualquier cantina que te brinda un desconocido y la perversidad de proclamarse humano cuando otro hombre se excita viendo a tu mujer.

Este frágil latido es una escuela para escuchar música (Brahms, Mozart, Waits, Winston), para beber ginebra, mezcal, tequila, ron y güisqui; para beberlos o beberlas (elija usted si su bebida es hombre o es mujer) de verdad. Para tener sexo con la pasión más sucia, con la delicadeza de quitar el bagazo de una naranja.

A cualquier moral establecida en los diez mandamientos este montón de poemas les parecería vulgar. Cada cabeza juzgará las líneas de Eusebio, y como Carlos Bortoni señala en el prólogo: “No faltarán los críticos que digan que nada de poesía hay en lo que Ruvalcaba ofrece. Pero el mismo autor lo advertía y no se proclamaba ni presumía ningún dominio de la lengua, ningún secreto de la estructura”.

Este libro es un beso a Malcolm Lowry, también.

No pude leer el poema siguiente, cuando leí el primero. No me dejó pensar en más. Por eso ahora me es necesario escribirlo y convidar a leer y releer a Eusebio, volver a sus cuentos, a sus novelas. Y a escuchar su voz en las entrevistas donde los consejos (sin ser solicitados), brotan para saber leer, escribir, beber y escuchar de verdad una buena canción.

Hasta siempre, Eusebio. Extraño amigo.

Acá su blog, que fue actualizado por última vez el pasado 16 de diciembre:

https://eusebioruvalcaba.wordpress.com/

Y un poema: 

Extraña tipografía

En esta mesa, la botella, el vaso, los refrescos,
la cubeta de los hielos
parecen entrever una nueva realidad.
Si ahora mismo un fotógrafo retratara esta
composición
preguntaría qué mano celestial acomodó
de ese modo
la botella, los refrescos, el vaso, la cubeta
de los hielos.
Porque de veras parece que Dios se apiadó de
este lugar
y decidió dar una muestra de su infinita bondad.
Si todos los que están aquí esta noche
no han muerto,
si todos conservan el hálito que diferencia un
vivo de un muerto,
entonces Dios decidió crear la belleza ante los
ojos de todos nosotros.
Aunque nadie se dé cuenta no importa.
Aunque nadie se percate a Dios le da igual
—la indiferencia humana nunca ha sido
obstáculo para él.
El vaso, la botella, los refrescos, la cubeta de los
hielos están ahí,
a la vista de todos.
Forman una figura que bien podría
tornar insípida
la belleza de una mujer.
O de un mapa. O de una montaña trazada por
el viento en la arena.
Que nadie la vea es otra cosa.
Que los hombres miren sin mirar es algo viejo,
que no asombra a nadie.
Yo mismo deshago la composición maestra
cuando me sirvo la siguiente.
El siguiente trago, cuya importancia es superior
a la estética.

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