Una carta para mi amigo León

L. Carlos Sánchez

Te escribo como si fuera a morir mañana. Con la urgencia del testimonio, para que la muerte no me arrebate la posibilidad de nombrar el amor que te confiero.

Querido León: la primera vez que te sentí estabas dentro del lecho, el paraíso ese en el que se forman los bebés. Si me pusiera complejo, diría que es indescriptible la emoción del recuerdo, de cuando mis manos te transmitían las caricias. Pero no, debo decir y admitir que lo tengo clarísimo, tus respuestas a mi voz. No fueron muchas las ocasiones de mi tacto con tu cuerpo diminuto, pero cada una de las veces las tengo dentro de mí.

El tiempo generoso e implacable te ha puesto ahora en la libertad de tus pasos: corres la vida y en tus ojos cabe el cielo entero. Nos abrazas con la mirada, rondas el espacio con la sutileza enorme de un ave en su más alto fragor.

Vienes y vas. Tu existencia nos reúne, a tus camaradas que son la herencia de tu padre el Navo, quien por demás generoso nos ha permitido ser ese amigo cercano para contigo.

Querido León: hace unos días miraba en el recuerdo el día de tu arribo a la tierra, y evoqué el grito desde tu garganta, debe haber sido enorme gigante, debe haber llenado de voz la sala del hospital. Porque tienes la gracia de engrandecer el mundo de tu presencia, la inevitable fortaleza de tu aura y quien sea que esté cerca de ti no puede dejar de sentir tu energía en tropeladas.

Amado León: escribo ahora para no enceguecer, para condenarte de mis dolores y alegrías, para decirte que si algo dosifica todas esas tormentas que arrastramos, y que también nos las creamos por nuestra estupidez de no entender el significado de la vida, es la maravilla de nombrarte.

Hace apenas unos años te veía dócil, vulnerable, con el ruido cruel dentro de tu pecho. Fuerte, intransigente, te aferraste a los días y qué felicidad. Ahora un mesabanco llena con tu cuerpo el salón de clases. Atinadísimo en la lectura, perfectísimo en el canto, divertidísimo en la improvisación de tus pasos de baile. Enorme León.

No estoy borracho. Estoy briago nada más de tu existencia. De la felicidad que me transmite la mirada de tu padre encima de ti, porque en ella entiendo que si por algo ha valido la pena esto del vivir, es precisamente porque estás tú en el proyecto más inmediato, en las carreras aquellas al hospital, en las vueltas a la farmacia, en la dulce caricia de sus manos para cambiarte los pañales, en la preparación constante de los alimentos.

Y uno que juega a ser el poeta, no se ha enterado quizá que la más enorme poesía es la premura de tu papá diciendo: “Denme chance, debo bañar a León”. Porque cuidar y fomentar la higiene de los hijos es el más intrépido acto de amor, porque en esos detalles se construye la formación que es vida.

Enorme León: tengo un café en la mirada y en él encuentro tus ojos. Me espanta tu grandeza. Tengo el temblor en mis manos ante el terror de no acertar en las palabras para decirte todo lo que siento cuando te escucho decirle a mi carnalito el Navo: “Papá, te quiero mucho”.

¿Qué hago, qué hacemos, tus amigos el Albericoque, el Boinex, el mismo Ñeco y yo, con todo esto que nos significas? No sabemos ni por asomo cómo actuar ante la intempestiva grandeza de tus pasos, sin embargo, apuesto ahora a decirte, ante el temor de que la muerte me sorprenda pronto, que la vida ha valido todo el sufrimiento, los desasosiegos y depresiones, porque estás tú en ella.

En el patio escondí un tesoro para ti, cuando termines tus tareas lo buscaremos juntos.

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