El arte: un cauce donde se desbordan los dolores

 

Somos la confesión cotidiana de nuestros pesares en ese instante antes de bajar los párpados e introducirnos a la sorpresa del onírico laberinto

L. Carlos Sánchez

Tenemos referencias de la vida a través de las imágenes. La recordación de los sonidos, los olores, colores y texturas. La fonética y la bruma. Tenemos la claridad o el desconsuelo de un paisaje veloz que nos conduce a un déja vu.

Miramos a nuestro interior desde las palabras, soñamos y traducimos la desventura al compartirlo con quienes nos acompañan, o lo conversamos con nosotros mismos en el intento de armar ese rompecabezas cuyas piezas nos da la almohada.

Somos la confesión cotidiana de nuestros pesares en ese instante antes de bajar los párpados e introducirnos a la sorpresa del onírico laberinto.

Desde hace un buen de años a la fecha, nuestra más implacable y desconcertante búsqueda es la del ser amado que la violencia nos arrebató. Se convirtió en moda infausta la estadística (vocablo que descalabra), el sin fin de números de extraviados a la fuerza que asciende.

La autoridad hace su parte: legitima la tristeza de quienes esperamos, sin ambages, sin pudor. Lo hace en un pie de foto, o en un par de párrafos en la nota roja, donde por defaul argumenta que los desaparecidos tienen o tenían nexos con quién sabe qué grupos delictivos.

El mensaje les medio funcionó en algún tiempo; ya no. Hace años que encasillar a los desafortunados, dejó de serles creíble. Desde hace años también, la incertidumbre arropa la ciudad. Las madres que sostienen un rosario en sus manos son cada vez más.

Postales cotidianas sobre las aceras, el manifiesto impreso en un papel. Huérfanos y viudas. La ausencia del hermano o la hermana. El amigo. El sonido de balas contrasta con el timbre solemne que los políticos imprimen en sus informes.

Como un acto de sobrevivencia, quienes padecemos el dolor de la búsqueda, los dolores de la incertidumbre, tenemos a nuestra mano también esos otros seres que penan sus desgracias. Y algunos de estos seres viven para subrayar los dolores a través de arte. Desde la nobleza del cuerpo, de los pinceles, el movimiento.

Se dice desde la literatura, desde el audiovisual, desde el estrado en un rock en vivo. El narcocorrido estridente que no deja de ser lamento.

Desde hace un buen de tiempo, Clotilde López que es bailarina, pintora, se dedica a la búsqueda de su hermano Salvador López, el Chava, a quien desaparecieron el diecinueve de agosto de dos mil diecinueve.

La reacción, como un grito de sobrevivencia, es la convocatoria al gremio artístico, los colegas, para que colaboren con sus cuerpos en movimiento y adherirse a este proyecto que se denomina: El cuerpo es el paisaje más sublime de todos.

El trabajo define un estilo. Desde el color, el volumen, la expresión de los bailarinas y bailarines que prestan su generosidad para construir la protesta que es búsqueda, que es decir una y otra vez de Salvador. Él desde la existencia de los otros.

En una de estas propuestas, la más reciente, Bibiana Caro colabora. Clotilde construye.

Bailarina y pintora, construyen de rojo un viaje hacia los sueños. El camino que parecería ser inscribe en medio del universo del nombre extraviado: Salvador.

En esta obra hay una canoa que se multiplica. Un río abajo por donde se nos escapa la desesperanza. Un velo púrpura sostenido en las manos de Bibiana que nos cuenta una historia de fortaleza y valentía. Porque la causa de búsqueda se generaliza, se comparte. Porque si se llevaron a uno, nos desgarra a todos.

La bandera de aliento que enarbola Bibiana, es la convocatoria a todas esas alamas que gritan sus nombres desde el paredón que sostiene de fondo el paisaje de la pintura, la textura disecada de un árbol que alberga a los desaparecidos, en ese implacable bermellón de la estética que se convierte en un grito desde vientre.

Se dice así, de la manera que se puede y se sabe decir. El arte: un cauce donde se desbordan los dolores que nos causa la indolencia. Las mentiras muchas veces repetidas. El pragmatismo de las instancias que se supone existen para salvaguardar.

El discurso oficial ahora solo es útil para derrocar adversarios, para asirse de adeptos. Pero desde hace un buen tiempo a la fecha: ¿quién les cree?

 

 

 

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