Un nombre completo

Heriberto Duarte Rosas

 Uno

Rubén Ignacio Rivas Sotelo es un hombre de cuarenta y dos años. Su piel es casi amarilla, casi transparente. Sus venas lucen verdes y azules bajo su vestimenta. La barba le pica el cuello y el pecho en la posición que ahora se encuentra. Cuando nadie lo ve lleva su dedo índice a su ombligo y luego a su boca, saborea la humedad y el polvo y la pelusa. Luego a su oído y los dedos en su boca son un manjar de cerumen. Le gusta bailar en la banqueta, afuera de su casa para que lo vean los que pasan. Las cinco de la tarde es su hora favorita. “fogonazos norteños” en la radio. La cumbia y el bolero. Doble paso despacito. Ahora piensa en eso. Mañana a las cinco de la tarde no habrá pista de baile bajo sus pies. Mañana no.

Dos

Saca su espejito. El labial más rojo de la gama de los rojos. Pinta y vuelve a pintar su boca. Le coquetea al espejo. Se acomoda sus pechos libres de brassier. Bajo su camiseta rosa, que antes como su boca, fue una roja camiseta del Pri. A Lucía Serna Magallanes la aman desde lejos y desde el olvido. Siempre las promesas de amor eterno le llegan en cartas que no existen. Maridos que no vinieron a quedar bien a la hora del café. Ni a caballo ni con machete. Aún sueña que un macho con las polacas grandes como su hombría, se la lleve al río y la ame mejilla con mejilla, mirando al horizonte. Porque concibió el amor desde el cine mexicano, la época de oro. Ayer y como siempre, le escribió una carta al Papa. Le pregunta la forma perfecta para encontrar el amor con el poder del espíritu santo. También escribió para la tía Sonia que vive en la sierra. Le dijo que no quiere volver al vacío, porque le quitan su lápiz. Porque no puede escribir. Porque le amarran las manos. Porque se duerme después del cóctel de pastillitas de colores. Porque no llega el amor sin remitente. Mañana no habrá buzón.

Tres

Camina con toda la premura por las calles. Patea al aire, movimientos de karate certeros contra un enemigo invisible. Les grita por sus nombres, mientras una patada voladora les rompe la quijada imaginaria. Sigue su camino, vuelve a romper el viento a manotadas. Toma la basura en el suelo. La cambia de lugar. Le obsesiona el orden de las cosas, su propio orden. El que no entorpece su camino. Camina rápido y piensa aún más velozmente, las ideas le truenan en la cabeza y las repite en voz alta. “Yo les dije que le llamaran a la patrulla, a la ambulancia, a un doctor, a mi papi, vengan rápido, ya no vengan, para que vienen, ¿Me conoces? por eso me hablas ¿Verdad? porque me conoces”. Mañana no habrá pasillos sucios que limpiar para Ramón. Ramón Escalante Frías.

Cuatro

Aún no entiende y tampoco lo va a entender. Vicente Félix Félix, se llama. No sabe hacia dónde va este tren que lo dirige. Pero necesita ir. Sabe que no puede estar en casa con mamá. Ya no más. No puede mover sus manos pero quisiera unirlas y comprimirlas contra su pecho para balancearse en el suelo. Porque necesita armar las cuestiones. Lo que le da vuelta. Ahora escucha el sonido de las vías y se recuerda viajando en el metro y que el metro es un gran pene, que penetra a la ciudad y que los viajantes al bajar eyaculan las banquetas y sin embargo no conciben nada porque la luz se ha acabado. Que un tango no es lo mismo que un tanguito porque el tanguito se baila y el tango se escucha. Que ya no habrá música a partir de mañana. Y que lo único que lo salva es que tampoco habrá cepillo de dientes a donde va. Porque los cepillos de dientes están llenos de enfermedades que las farmacéuticas se han encargado de esparcir en el mundo. Y la culpa es de los cepillos que todos se meten a la boca, pero nadie lo escucha. El llanto le brota de pronto porque no es la primera vez que se dirige a ese lugar. Si es la primera vez de Ramón y no de Lucía y sí de Rubén. Todos van en el mismo tren y lo único que tendrán a partir de mañana será su nombre completo. Un número y coctelitos de pastillas.

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