Un iceberg negro, en “heladas llamas”

 

Por Hugo Medina

Balam Rodrigo, Iceberg negro, México, Ediciones Atrasalante/ Conaculta/ Coneculta-Chiapas, 2015, pp. 116.

Si bien es cierto que la poesía coloquial o conversacional es el estilo dominante en México y Sudamérica, el neobarroco ha encontrado a uno de sus más sólidos representantes en Balam Rodrigo (1974), autor chiapaneco que con Iceberg negro obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2014, amén de sus múltiples y constantes reconocimientos cosechados alrededor del país, como el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta 2011 y el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2012.

Iceberg negro se aleja de las influencias coloquiales de Nicanor Parra y del desparpajo de la Generación Beat, tan presentes en la poesía actual, para adentrarse en la rica tradición hispánica: desde el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz, las Églogas de Garcilaso y las Soledades de Góngora, pasando por el intrincado intelectualismo de Sor Juana Inés de la Cruz, hasta beber de la metáfora inusitada a lo Ramón López Velarde, por Muerte sin fin de José Gorostiza y el barroquismo de José Lezama Lima. También el tono bíblico se funde con la herencia de vanguardia del poema en prosa, con el fin de dotar al poemario de un cariz sentencioso.

Igualmente, el libro rememora, no sé si de forma consciente o no, a Los poemas rústicos de Manuel José Othón, específicamente me recuerda a las “Montañas épicas”, en la forma en que la voz poética se maravilla ante su vivencia en tierras virginales de América. La mayor influencia, sin lugar a dudas, son los Himnos a la noche, de Novalis: la idea de cómo el juego entre la luz boreal y el sentimiento nocturno, derivado de las traslaciones terrestres, propician el acceso a la revelación mística, es persistente a lo largo de los poemas de Iceberg negro.

El poemario se divide en nueve partes: Prolegómenos, Lembranzas, Líticas, Liturgias, Piélago, Floresta, Nieblas, Teologías y Epílogo. A grandes rasgos, los ejes temáticos y de motivos que estructuran el libro son el locus amoenus, la saudade, el horror vacui, la pérdida de la inocencia y la creación poética como acto divino, lo que deriva en una visión angustiosa acerca de la relación del ser humano con Dios, es decir, en uno de los temas más recurrentes por los escritores del Siglo de Oro: la vida como sueño. El estilo neobarroco, críptico en ocasiones en virtud del retorcimiento semántico, léxico y sintáctico (como en “La musicada nispirez de los caballos no crinados fruto adentro…” o “Uros de luz pastan las umbras y los táleros del yelo”), así como la desolación paisajística, son escenarios donde luchan los elementos del lenguaje y de la naturaleza.

El libro entero es cifra celestial de un demiurgo todopoderoso, que en la blancura de la nieve encuentra sus páginas en blanco para plasmar su universo, el espectáculo boreal y el gélido dolor de la existencia humana; la hoja, el poema como reflejo: “He aquí también tus ojos ebrios mirando hacia la página: densas lunas negras muriendo de tiempo y de silencio en el impuro tatuaje de la nieve”.

Ello se compagina con el sentimiento de horror vacui que la voz poética intuye y experimenta, como una obsesión deífica de ir creando el paisaje a través de la palabra:

Aquí la luz extiende y desparrama la horizontal laxitud de su verbo, difumina líquidas vísceras en el aire y hunde su dardo en las mantelerías de la niebla como quien hace el amor en frescos pozos de leche […] Vencidos ya por el láudano y el frío —lembranza de la niebla— somos breve llaga en el impuro vocablo de la luz.

[…]

Y Dios también me ha dado el don del llanto y las aguas de azul melancolía, el eterno y hondo piélago del aire donde escribo estas páginas de niebla con sílabas de sangre.

Aunque la exploración de la soledad ante la naturaleza del invierno posibilita pasajes de exquisito detalle y belleza, la voz lírica nunca abandona el tono existencialista y angustioso que lo hacen verse como una anomalía de la creación, ante la pesada sentencia de muerte que pende sobre ella: “Así también me alumbro con lámparas de nieve, con páginas de yelo y materias de invierno y de silencio […] Me apago entonces como esa impura errata que se hunde entre las páginas de un libro a la deriva, abandonado en el mar”.

A la par de esta angustia, cabe la pregunta si acaso somos la mácula de una tinta sobre la pureza del lienzo en la que Dios ha maquinado su cosmogonía, como un poeta frente a una hoja en blanco en Word:

Teas de nieve iluminan la negrura de mi página mientras la lluvia de mis dedos —azores de grafito albino estrellando signos contra el cielo— castigan las teclas de un clavicordio silente y maquinal: helor del aire, marfil del verbo. He aquí la hoja del ordenador y su escritura virtual frente a tus ojos en la que cifro estas palabras […]

Al final, este presentimiento metaficticio se transmuta en una certeza, tan solo en el siguiente poema: “Vivo a la sombra de un árbol digitado por ascuas de sol y de mercurio”. Y regresa, no solo la angustia existencial, sino el vértigo ante la fugacidad de la vida y la imposibilidad de la trascendencia: “Solos, hundidos en el vasto continente del silencio, escritos en el tiempo con sílabas de sangre, somos eco de Dios en la memoria de los ángeles, páginas de odio perdidas en un vasto mar de nieve muerta […]”.

Escenario de la caída, del mundo sublunar, la voz poética aclara:

Leo —en los negros huesos de albatros y argonautas— el mismo destino para las bestias y los hombres: y no la muerte, no. Y si el eterno y hondo mar que es el silencio escribiendo para siempre nuestro nombre en el agua inmensurable del olvido.

Y hacia el final del libro, sintetiza este tempus fuguit y la vida como sueño del Creador: “Él también gusta del insomnio y dibuja apenas tenues signos —nosotros— que borra el vendaval del tiempo en la arena mortecina de la nieve”.

La voz poética deambula por paisajes bellísimos, pero amenazados por diluirse en el olvido; ante ello, el poeta recrea a través de la expresión lírica las reminiscencias del orden divino, cierta visión panteísta del universo constreñida a la amenaza de la disolución, al irremediable paso del tiempo:

A la orilla de un torpe mar de hulla, la espuma —leche de playas quemando médanos de arena— baña y repule las vértebras bruñidas de la más marítima marimba: un níveo cadáver de ballena que se enluna y fosforece con las olas — cobalto fugitivo, silicio peregrino— que tañe junto al viento los huesos, las notas de la muerte y sus medulas.

Iceberg negro deviene la tinta sobre la blancura de la página, las letras que conforman la creación poética, la expresión que eleva ante el lector los paisajes y los seres que, invisibles, cobran relieve sobre la hoja. Así, pues, la niebla es “Humo de aciagos ángeles que fuman soledad de hombres” y también: “[…] la única materia nombrada por las lenguas del silencio: ensayo y silbido de Dios en el desnudo y pétreo matraz del tiempo”.

El mundo, asimismo, es combate o lucha fértil de contrarios, como pensaba Heráclito, y aunque esta idea constituye un subtema en el inmenso poemario, no deja de ser deslumbrante su ejecución: “Brota el esperma invernal de la contienda entre las algas y el granito”. Al final de esta brega, cuando el invierno cósmico se impone al otoño y a su floresta, la voz lírica anuncia: “Yaciente gota de sangre entre las líneas de la tundra, el cuerpo aún tibio del petirrojo agoniza de frío: punto final de quien escribe sobre las páginas del cielo un sol inerme y vacío, sórdido, difunto”.

Toda esta oda a la nieva creadora, a las formas de los objetos, a la niebla y al hielo como teología, produce una dialéctica improductiva, a razón de que todo lo que se encuentra inmerso en la lógica del tiempo, perece y, en este sentido, es estéril: locura de la traslación astral, del devenir; paso de la tarde (sol que emula la sangre derramada) a la noche de la nieve (eyaculatoria), inmovilidad que aparenta eternidad:  “El decidor de la niebla y su ángel eyaculan muerte y se suicidan”. ¿Es el Ángel de la Historia (Angelus Novus) de Klee y teorizado por Walter Benjamin? Resultaría una idea tentadora, pero que no se puede descartar como crítica a la visión del capitalismo salvaje.

El poemario de Balam es uno de los libros más bellos escrito en este breve siglo XXI de la literatura mexicana. Abundan los juegos cacofónico (“Tala alas el tal…”, “Su sílice de ácida luz” o el poema que utiliza puras palabras comenzadas en “n”), la metáfora inquietante (los huesos de una ballena en la playa es “xilófono de niebla”), el paisaje parsimonioso y violento (“un sol de sangre devora y acuchilla los icebergs mientras muere”), así como las referencias veladas (las “heladas llamas”, variante del quevediano “fuego helado”; o  “estalla en esquirlas de luz perdida”, análogo al “mis alas rotas en esquirlas de aire”, de Muerte sin fin) y las descripciones minuciosas a lo Góngora y a lo Sor Juana Inés de la Cruz, un trabajo de relojería que hacen de este libro una lectura imprescindible y, si bien difícil, el lenguaje “estresado” en estos poemas resulta por sí mismo una experiencia estética y musical pocas veces vista. En este sentido, estos poemas no renuncian a la esperanza que brinda la palabra como evento de lo sagrado, como potencia creadora, en su portento de unir los conceptos contrarios, un iceberg negro, en “heladas llamas”.

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