Un guaymense llamado Edmundo Valadés

Pina Saucedo

Don Edmundo Valadés, quien no por nada ha sido reconocido en el mundo entero por su incesante labor como promotor del cuento a través de la publicación de la Revista El Cuento, actividad que en los años 30s antes había tenido que suspender, debido a la escasez de papel ocasionada por la Segunda Guerra Mundial.

No me gustaría hace un hacer un copy paste de wikipedia o cualquier sitio de la red y, sin embargo, sería inevitable con lo que de este gran maestro, escritor y ser humano se ha dicho muchas veces. Y es que dicen quienes los que lo conocieron que su mayor cualidad, la que lo llenó de amigos y discípulos agradecidos, fue la generosidad.

Entrañable amigo de Edmundo Valadés, Juan Rulfo, lo recuerda con este agradecimiento: “…Simplemente yo le debo a Edmundo Valadés el haber escrito mis cuentos… A él le debo la semilla, la raíz de donde partí para empezar a escribir. Leer la revista El Cuento para nosotros fue algo asombroso: nos abrió unas puertas que desconocíamos…”

Y el periodista Miguel  Ángel Sánchez de Armas, en su libro En estado de gracia. Conversaciones con Edmundo Valadés, ha dicho “…A Edmundo Valadés nadie lo va a recordar por su muerte, sino por su vida, por lo que hizo, por sus libros… Su obra literaria es muy breve, pero la de divulgador del género cuentístico es inigualable, y eso lo dicen, por ejemplo, José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis…

Valadés narrador, promotor, periodista, se refirió también al periodismo como una ventana a través de la cual quien escribe puede ir más allá: “…El periodismo es como una ventana o un pase que le permite a uno conocer a gente de sectores sociales que de otro modo no sería fácil encontrar, también gente de la política, del espectáculo, de los deportes, de los toros, del arte, etc…”

En una de las primeras reseñas sobre la obra El llano en llamas, de Juan Rulfo, Valadés escribió: “…El libro de Juan Rulfo quema las manos… por la compleja constitución estructural y temática de los cuentos, que ’son una lectura que habrá de sacudir al más indiferente, porque en todo ese amargo clima, en esa sombría vida de fatalistas seres, hay también la belleza que implica la revelación, chispazos de poesía, sobria maestría descriptiva y verdades humanas’…”

Edmundo Valadés, uno de los maestros del género cuentístico en México, el promotor del cuento en América Latina, da a la imprenta en 1955 la obra La muerte tiene permiso, libro conformado por  dieciocho excelentes cuentos y que resulta un verdadero clásico en este género a nivel nacional e incluso internacional, por mencionar algunos de ellos: La infancia prohibida, Se solicita un hada, Un hombre camina, En cualquier ciudad del mundo, Todos se han ido a otro planeta, Estuvo en la guerra, etc.

En el cuento que da nombre al libro La muerte tiene permiso, Valadés recrea una reunión de campesinos presidida por ingenieros del gobierno, en la cual se manifiestan las injusticias de que son objeto los hombres del campo: “Los que estén de acuerdo en que se les dé permiso para matar al Presidente Municipal que levanten la mano… […] Pos muchas gracias por el permiso, porque como nadie nos hacía caso, desde ayer el presidente municipal de San Juan de las Manzanas está difunto” (Fragmento).

Podríamos pasar horas, días, hablando de anécdotas, pasajes de su obra, comentarios de escritores que en su momento recibieron el respaldo de Valadés, sin embargo, lo más importante es seguir sus pasos o leer las infinitas líneas que nos dejó como legado en los libros o en su revista El Cuento. Gracias a su compilación de minicuentos El libro de la imaginación, publicado en el 1970, ¿quién no recuerda “El dinosaurio“, de Augusto Monterroso?: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”

Personalmente celebro y agradezco a la vida el hecho de haber podido cruzar algunas palabras con este escritor que nació en El Callejón de los triques, muy cerca de la Plaza de la Pistola en el centro de Guaymas, Sonora. Alguna vez, cuando tuve la suerte de coincidir en una reunión de festejo posterior al homenaje que le ofreciera la Universidad de Sonora al otorgarle un doctorado honoris causa, le pregunté cuál era su recomendación o sugerencia para alguien que le gusta escribir y de paso pregunté si realmente era perjudicial o benéfico escribir un diario personal al final del día. Él me respondió con una sonrisa afable y pronunció aquella frase (que no estrenó conmigo, pues ya la había pronunciado muchos años antes) una frase que ha caracterizado a Valadés por el resto de la historia: “Al escritor que no se bate todos los días con ellas (las palabras), el idioma se le achica”.

Con esa sola línea pronunciada a mis oídos tengo suficiente para confirmar que como a los actos en nuestra vida, la palabra, lo que expresamos, lo que somos, es también una semilla, una semilla que puede (¿por qué no?) purificar al mundo, a nuestra vida.

Otorguemos a Edmundo Valadés un aplauso vivencial, otorguemos ese reconocimiento siguiendo a través de nuestros ojos que, “gracias a la vida” dijo Violeta Parra, aún tenemos para poder disfrutar ese tesoro que dejó en cada línea de sus textos. Siempre habrá, así lo creo, seguidores de la palabra, aquí y allá.

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