Un día de

 

Bruno Herley

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Desde la ventana del segundo piso, el humo del tabaco salía como un pequeño músculo que lo desvanecía el roce del viento. Esteban, con el cigarro en la mano, pensó que no había otra solución más que pagar a pesar de todos los planes fraguados a la orilla de la ventana, al mismo tiempo no dejaba de mirar los autos a lo lejos, eran una hilera de puntos de luces temblorosas por el calor, en sus capotes se reflejaba el cielo color rojizo; detrás de él, en el espejo de la habitación, su reflejo parecía flotar sobre el atardecer. A pesar de la hora, las seis de la tarde, había cuarentaicinco grados centígrados y, como una brasa a un lado, la ráfaga del ventilador aumentaba la temperatura.

Al bajar del departamento tuvo la sensación de que llegaría a un acuerdo y tendría tiempo para pagar, la confianza estaba por lo alto y si eso fallara, solo había que pensar en la fiesta del fin de semana, el deseo de ver a los amigos, la buena plática, las mujeres, la cerveza y la música a todo volumen.

Subió de un salto al autobús, sentado a un lado de la ventana, se puso los audífonos y encendió la casetera, un rock suave inició con flauta en sintetizador, después el rasgueo tranquilo de guitarras eléctricas y percusiones electrónicas, la letra empezó con el tiempo y la ausencia, con el deseo de ver a alguien que, irremediablemente, ya no estaba ahí. La letra, aunque triste, para Esteban solo era una manera de mantenerse alerta, lejos de las calles grises de la ciudad y su ruido.

Alcanzó a mirar el edificio de rectoría de la universidad, tuvo la intensión de bajar corriendo y arrojar los cuadernos, mandar a la mierda todo, pero ese día, más que nunca, había que estar, pensó que de ahí sacaría el dinero para pagar o alguna excusa que lo ayudase.

 

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Carlos estacionó su caribe amarillo a un lado de un Chrysler Phantom de color gris. Apretó las manos en el volante y pensó que a la siguiente vez le daría un pequeño rayón con la defensa o le tumbaría un farol trasero. Bajó del auto con el maletín colgando de su hombro izquierdo, pasó por el lado del copiloto del Phantom y, como no queriendo la cosa, le aflojó el retrovisor con un pequeño golpe, la alarma sonó con estridencia y corrió a esconderse entre los matorrales a un costado de un pasillo, miró hacia los costados y nadie salió.

Subió con lentitud la escalera, con ganas de arrojar todo y salir huyendo de la universidad. Cansado de concursar una y otra vez por la beca de investigación en el Departamento de Sociales, sintió que jamás la alcanzaría. Al llegar a la segunda planta, recordó cuando siendo estudiante la recorría de un lado a otro. El edificio le pareció más sólida que su propia vida, una especie de monolito que ahí seguiría cuando él muriera. Se preguntó quién, en cien años más, estaría parado en ese mismo lugar y cuáles serían sus preocupaciones. Carlos apretó la correa del maletín y caminó hacia la sala de maestros, llegó lento, abrió despacio la puerta y el olor a café le golpeó la cara, en el fondo encontró a Marco sentado en el sofá, ese que le había arrebatado una beca y que ahora impartía una sola clase, mientras los demás carroñaban entre las aulas.

—Sentado así, pareces el César a punto de bajar el pulgar —dijo Carlos.

—¿Et tu, Brute? —respondió Marco.

—Yo no. A mí me vale madre.

—Eso es ser un buen perdedor.

Cuando llenó de café el vaso, Carlos tuvo unas ganas rabiosas de arrojárselo a la cara o, ya de perdida, gritarle que todo mundo conocía los favores que cobró para que le dieran la beca, pero al voltear solo sonrió y dio un sorbo, después se ciñó más a su maletín que, terciado en su pecho, colgaba de un lado, «Aquí está tu insecticida, imbécil», pensó.

—¿Terminaste el proyecto? —preguntó Marco.

—Ya casi —Carlos le lanzó una mirada al empinarse el vaso.

—Carlitos ya no quiere dar clase.

—¿A poco lo hiciste porque quieres descubrir el hilo negro?

—Algo hay de eso.

—No te hagas pendejo.

—¿Tú también quieres descubrirles el hilo negro a los indígenas? ¿Ahora investigarás con qué nalga se sientan?

—Nalgas las que le pones a los chamacos —Carlos.

—En la próxima reunión me lo vas a comprobar o te demando. Si a esas vamos, quien se la lleva acosando chamacos eres tú. Y todos lo saben —Marco cruzó las piernas y extendió sus brazos en el respaldo del sillón.

—Tú le haces al pendejo con tal de no dar clases.

—La tortibeca está muy buena. Te deseo de corazón que la ganes. En cuanto a lo otro, en la próxima reunión me lo compruebas o te demando —Marco estrelló la puerta al salir.

 

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Carlos, sentado en la orilla del escritorio, tenía las piernas estiradas y los brazos cruzados sobre el pecho. A cada momento acomodaba sus lentes y aprovechaba para ver a Esteban, desde semestres atrás no perdía la oportunidad para mirarle el pequeño bulto en la entrepierna.

El timbre sonó lejano, eran las siete de la tarde, hora de salir, Carlos lo escuchó como si estuviera al otro lado de la universidad, la voz de una alumna lo devolvió al aula.

—Maestro… ¡Maestro!…

—¡Eh!… perdón.

—Deje el ensayo para el martes. El lunes ni las gallinas ponen.

—No. El lunes, por favor —dio media vuelta, recogió su maletín y fue hacia la puerta, parado a un lado esperó a que todos salieran y aprovechó para mirarle el culo a su alumno.

El profesor esperaba encontrar a Esteban y platicar, el pretexto estaba puesto: la poca atención a la clase. Lo alcanzó a mirar que salía de la universidad, no perdió de vista el contoneo de su trasero duro, hasta perderlo entre el tumulto.

 

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Llegó caminando lento, con la vista hacia abajo. Dos hombres sentados en la sala hicieron un gesto de burla y uno de ellos le apuntó con una pistola y simuló un disparo. Esteban avanzó sin tomarlos en cuenta y atravesó una cortina de collares, al otro lado, un hombre obeso y moreno, sentado en una silla pequeña, pesaba paquetes de cocaína en una báscula ovalada sobre una mesita.

—Por la cara de pendejo que traes, me vienes a pedir más tiempo para pagar —dijo el hombre obeso.

—Dame más tiempo, cholo —Esteban, con el rostro demacrado, no sintió su propia habla.

—Vienes bien parqueado a pedirme chanza. Estás jodido, cabrón.

—Dame chanza. Te voy a pagar. ¿Cuándo te he quedado mal? —los ojos de Esteban no quitaban la mirada a los paquetes sobre la mesa.

—Ni se te ocurra, puto. Aquí mismo te quebramos.

—Dame chanza. Mañana te traigo la lana.

—Mañana a las siete de la mañana, si no, te voy a pegar un tiro en la chompa.

—No seas culero. Siempre te he comprado a ti.

—Porque soy el único pendejo que te fía. Pero esa madre ya se acabó. O pagas o te carga la verga.

Esteban cruzó de nuevo la sala antes de salir y notó que los dos hombres ya no estaban. Pensó devolverse y matar al hombre obeso, dio media vuelta y lo miró parado detrás de la cortina de collares, con un arma en la mano. Prefirió irse.

 

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Metió un casete al estéreo. La música era un rock con sonidos de instrumentos prehispánicos aderezando la melodía; la letra, entonada con una voz rasposa, hablaba sobre dioses ocultos y suicidios. Carlos seguía la tonada con los dedos índices pegándole una y otra vez al volante, miró por el retrovisor si traía carro atrás antes de cambiar de carril y descubrió que su sonrisa era más amplia y viva, no solo había finalizado el proyecto para la beca, sino que, por fin, iría a esa esquina de prostitutos a donde no recalaba desde hacía tiempo por falta de dinero, la economía del país arrancaba hasta los placeres íntimos, el primer mundo estaba a la vuelta de la esquina y para lograrlo privatizaban hasta los baños públicos.

La canción terminó con un solo de guitarra y un estribillo. Sintonizó la radio, trató de escuchar algún noticiero y encontró el anuncio del programa Solidaridad. «¿A poco a parte de pagar mis impuestos tengo que ayudar a pavimentar la calle? Bonito cabrón ese pelón», pensó. Le pareció buena idea para debatirla en alguna parranda. El sol del atardecer era un plato ardiendo en medio de nubes magenta. Las filas de los autos, con sus faroles rojos traseros, avanzaban lento.

Sintió ansiedad, por un momento especuló que la noche se iría en un abrir y cerrar de ojos. Aceleró y en el retrovisor la ciudad parecía más atiborrada que siempre. Al fondo de la avenida miró la esquina donde los prostitutos se empinaban en las ventanas de los autos, otros, recargados en la pared de una cenaduría, lanzaban bocanadas de humo.

Se detuvo a un lado de la acera. Sin perder de vista la calle, observó a los hombres que caminaban de un lado a otro, hasta que uno se acercó y asomó su rostro por la ventana.

—¿Buscas algo en especial? —dijo el muchacho.

—Nada en especial. ¿Tú? —Carlos, sorprendido, miró fijamente los ojos de Esteban.

—Lo que quieras.

—¿Quién es aquel? —Carlos señaló a un tipo parado a un lado del poste de luz.

—Ese no te conviene. Cobra caro.

—¿Tú sí me convienes?

—Costo beneficio —Esteban se irguió y apretó su entrepierna, después giró y levantó el culo.

—¿Cuál es el costo de todo eso?

—Cincuenta mil.

—¡Estás loco! Te doy quinientos, si quieres, y unos puntos para tu examen —Carlos abrió la puerta.

—Deme mil, de perdida —dijo Esteban y miró hacia ambos lados, queriendo salir de la situación

—Peor es que repruebes.

—Mil, si te gusta todo.

—¿Qué es todo? —Carlos sonriendo.

—Lo que tú quieras, nada más que sea rápido.

—Trato hecho.

 

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El caribe amarillo avanzó rápido entre los carros. Carlos miró de reojo a Esteban, sintió euforia por el momento, lo que tanto había deseado estaba ahí, dispuesto para su disfrute. Cuando realizó un cambio de velocidad en la palanca, aprovechó para tocar el muslo del muchacho, este tembló y le aventó la mano a un lado, el profesor sintió desde el fondo de su pecho un latigazo energético en el estómago, mordió su propio labio inferior y sonrió.

—¿Qué música te gusta? —Carlos.

—La que sea —Esteban puso su codo en la ventana y su cabeza en la mano. El viento sacudió la cabellera y por un instante le quitó el sofoco.

El profesor oprimió play y la música empezó con un rasgueo de guitarra acompañada por una marimba, después entraron los demás instrumentos y una letra sobre el querer olvidar y no poder hacerlo, todo a punto de explotar.

—¿Te gusta? —Carlos.

—Sí. Esta buena. Pegó mucho en la radio —Esteban.

—Dicen que no habla de amor, sino del país, de las cosas que no hacemos para liberarnos. Todo a punto de estallar.

—Para mí habla sobre una vieja. Es una canción pendeja de amor. Solo eso.

—Si eso crees.

Al final de la canción una trompeta envolvió a los demás instrumentos, casi como un lamento. En el parabrisas del carro la luz de la tarde reflejaba su tenue rojo y por encima el azul profundo de la noche llegando lentamente. El caribe amarillo aceleró y se perdió entre los faroles de los demás autos.

 

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Carlos salió del baño y se recostó a un lado de Esteban, tomó su mano izquierda y la besó en la palma, después puso los billetes.

—¿Te dejo donde te recogí?

—Si no es mucha molestia.

—¡Ninguna!

El auto circuló con prisa por la calle, en su parabrisas trasero las luces de las lámparas parecían rebotar.

—No sabía que te dedicabas a esto —Carlos.

—Ni yo.

—¿Desde cuándo?

—Por hoy, nada más.

—¿Por dinero o curiosidad? —Carlos trató de tocar la mejilla de Esteban y este lo detuvo.

—Por dinero. ¿Me ves cara de puto?

—Para nada. Eres todo un hombre.

—Aunque lo digas con sarcasmo.

—No es sarcasmo, querido. Eres todo un hombre y te gustan los hombres. Una cosa no está peleada con la otra.

—Deja de chingar.

—Ok. Tranquilo. Mejor pongo música.

La canción era una mezcla de pop y cumbia, con un saxofón que invitaba a bailar una letra sobre las nubes y el ir y venir al paraíso. Esteban hizo una mueca y miró hacia el cielo y pensó que estaría mejor allá.

Llegaron a la esquina, había solo dos esperando clientela. Carlos extendió un billete extra antes que Esteban abriera la puerta del auto.

—Toma. Para algo servirá.

—No de mucho, pero algo es algo —Esteban tomó el dinero de mala gana.

—Tú necesitas un trabajo —dijo Carlos y acarició el pelo a su alumno.

—¿Cómo qué?

—Vamos a mi departamento y te explico. ¿Quieres?

—No. Ya estuvo bueno por hoy. Mejor me iré a casa.

—No te preocupes. No es lo que estás pensando. Es un trabajo formal lo que te ofreceré.

—¿De qué?

—Te invito unas cervezas para explicártelo. Es trabajo serio, no te preocupes. Ándale, vamos.

—Ok.

La noche había caído, la calle estaba inundada de islas de luz amarillas debajo de los postes, las personas transitaban con lentitud por el calor seco que no disminuía ni un segundo y algún que otro perro con la lengua de fuera cruzaba la calle.  El mal trazo de la ciudad no permitía llegar a tiempo a ningún lugar.

 

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El edificio era de dos plantas, en la segunda estaba el departamento. Al subir las escaleras, Carlos se adelantó, Esteban solo alcanzó a mirar el contoneo del trasero del maestro. Al llegar a la puerta, los dos se miraron fijamente, invitándose a pasar.

—¿Quieres algo de tomar? Tengo cerveza y vino tinto —dijo Carlos y abrió la ventana para fumar un cigarro.

—Una cerveza —Esteban.

—Agárrala del refri —el profesor señaló hacia una esquina donde estaba la cocina.

El cuarto era cocina-comedor-sala-dormitorio: todo en uno. «No creo que sea su casa. Con lo que ganan estos», pensó Esteban y después echó un vistazo alrededor, le llamó la atención una computadora.

—Ven. Siéntate aquí —Carlos, con medio culo al aire sentado en la ventana y lanzando la bocanada de humo a la calle, señaló a un lado de él.

Esteban se acercó lentamente mientras abría la cerveza y se detuvo frente al maestro, este le sopesó el bulto del pantalón.

—Puedes preñar a todas en la universidad —Carlos.

—¿Qué trabajo me vas a ofrecer?

—Ya lo había olvidado, lindo.

—Si me trajiste para coger, serán mil pesos más.

—Eso después lo veremos.

—¿Entonces?

Carlos caminó hasta lo que era una sala de dos asientos individuales y una mesita. Sentado cruzó las piernas y apagó el cigarro en un cenicero.

—Necesitaré un ayudante para un proyecto de investigación. Habrá currículo y paga.

—¿Cuánto?

—Mil pesos mensuales.

Esteban pensó que era poco, pero tal vez, si iba con el tirador de droga y le llevaba los mil que había ganado esa noche y con la promesa de pagarle mensualmente, podría llegar a un acuerdo, el meollo del asunto sería no consumir nada de droga hasta pagar. De solo pensarlo comenzó a sudar.

—¿Qué tienes? ¿No te interesa? —Carlos.

—Sí. Está bien la paga. ¿Cuándo empiezo?

—En un par de semanas —el maestro fue por una cerveza y la bebió de un solo trago. —¿Has matado a alguien, lindura? —preguntó al regresar al asiento.

—Deja de decirme lindura —Esteban.

—Ok. No te sulfures.

—Y nunca he matado a alguien.

—¿Qué te llevaría a hacerlo?

 

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Esteban, parado frente a la ventana, miró el horizonte azul profundo. Limpió el sudor de su frente y pensó en la respuesta, pero no atinaba a darle coherencia, —Alguna vez pensé en hacerlo, pero no me atreví. Todos en algún momento quisiéramos matar a alguien.

—¿Por qué no lo hiciste? —Carlos.

—Porque es mi papá.

—¿Si no fuera tu familiar lo hubieras hecho?

—No. Él nos abandonó.

—Entiendo.

 

Carlos, al pararse, miró a su propia sombra tenue extenderse hacia la puerta de salida. El aire tibio y seco de la noche llegó en una pequeña racha que refrescó gracias al sudor, —¿Cómo harías tú para matar a alguien?

—¿Quieres matar a alguien? —Esteban.

—Te hice una pregunta.

—No sé.

—Primero hay que tener un motivo.

 

Al dar media vuelta, Esteban dejó la ventana y fue hacia la computadora, su sombra fue en sentido contrario; acarició el monitor y miró su propio reflejo en la pantalla gris, —¿Cómo cuál?

—Pueden ser muchos. Incluso el más nimio.

—¿Cómo es eso?

—Los asesinos seriales suelen interesarse en cosas que les ayuda a mitigar algún sentimiento o reflejan algún aspecto de su vida.

—¿El tuyo cuál sería?

 

Parado frente al refrigerador, Carlos sacó dos cervezas más y volteó hacia la ventana, imaginó el resto del horizonte a través de las paredes y sintió melancolía, —Que trataran de aprovecharse de mí.

—Yo me aproveché de ti.

—No. Te pagué por un servicio y lo hiciste bien.

—Todos los días hay gente que se aprovecha de otra gente y…

—Y por ello hay tantos asesinatos.

—Entonces sí sería un asesino serial.

 

Esteban miró tres corcholatas arrinconadas en la pata del librero al lado de la ventana, sonrió y respiró profundo el olor a tierra húmeda, un relámpago, a lo lejos, cruzó la noche y los cerros, —Si quisiera matar a alguien le daría un tiro y listo. Sin tanto rodeo.

—Antes tendrás que armar un entramado que llame la atención: algo que haga recaer las sospechas lejos de ti —Carlos.

—¿Por qué platicas esto? ¿En realidad quieres matar a alguien?

—Ganas no me hacen falta. Es solo un juego para sacar algo de coraje. El solo hecho de saber que puedo, me alivia un poco.

—Eres un demente.

—¿Conoces El espíritu de la escalera?

—No —Esteban hizo una mueca de desprecio.

—Es cuando después de terminar una discusión descubres el dato preciso que te habría hecho ganar.

—Ah.

—Trae consigo una carga de frustración fuerte y con ello odio e incluso la muerte.

—Pura dinamita para hacer explotar al mundo. Si yo fuera el encargado de aplastar el botón rojo lo haría con muchas ganas.

—El siglo que viene será el del espíritu de la escalera, todo lo que no pudimos hacer y decir en este siglo, lo expresaremos con rabia y desdén en el siguiente.

 

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La imagen de Carlos, sentado y con las piernas cruzadas, era diminuta en la botella húmeda a un lado del cenicero, —¿Qué harías en un asesinato para no ser descubierto?

—Largarme lejos.

—Eso es fuga.

—¡Entonces no sé! —Esteban alzó la voz e hizo el intento de irse, pero Carlos lo detuvo y lo acompañó a sentarse, después le ofreció otra cerveza.

—Vamos a aplicar un poco de teoría a esto.

—¿Cuál teoría?

—El «hazlo tú mismo« del punk solo era una manera cultural con la que prepararon mentalmente a las generaciones de los ochenta, con ello facilitarían toda esa mamarrachada de la proactividad, el freelance, la independencia financiera; toda esa mierda que nos haga sentir culpables del desempleo —los ojos de Carlos brillaban al son de las palabras.

—¿Y el Grunge? —dijo Esteban.

—Míralo de este modo: el grunge solo es una expresión cultural que ayudó a que los chavos sientan que pueden ser libres, pero dentro de los limites que impone el sistema. Las guitarras vacías del Grunge es un claro ejemplo de lo de hoy: simplicidad.

—No sé cómo va todo eso con un asesinato.

—Un asesinato debe de tener simplicidad para desconcertar, eso genera más teorías y con ello más oportunidades para no ser descubierto.

 

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Esteban fue hacia la ventana y respiró el olor a caucho quemado, encendió un cigarro y dejó escapar lentamente al humo. En las calles las luces de los autos iban y venían entre líneas de neón. Al voltear, frente a él estaba un póster con la imagen de una indígena sentada en el suelo, sus ojos eran grandes, profundos, con la mirada en algún punto por arriba de la cámara.

—La complejidad de un asesinato deja al desnudo sus motivos. Solo hay que mover algo del escenario, como una especie de indiscreción —Carlos.

—Haga un ejemplo de simplicidad —dijo Esteban y sintió placidez por la austeridad intencional del departamento, como si estuviera de paso quien lo habitaba.

—Ponerte unos zapatos de un número más grande o chico para dejar huellas con la sangre de la víctima.

—Otra.

—Dejar dos botellas de cerveza en la mesa, claro, sin huellas las dos, y de preferencia no tener ninguna relación de amistad o que sea conocido el muerto.

—Creo que ha leído muchas novelas de crímenes.

—Para nada. Solo es cuestión de pensar bien.

—Entonces usted es un loco.

—Como todos, nada más que yo sí lo manifiesto.

El muchacho sonrió y fue por otra cerveza, recogió las botellas vacías y las tiró a la basura, solo dejó dos en la mesa de centro, donde un cigarro se desbriznaba en un hilillo de humo. Aventó las dos corcholatas al piso y las arrinconó a donde había descubierto las otras, después observó la computadora.

—Quisiera un aparato de esos.

—Son muy caras. Tendrías que estar en la chichifiada por un buen tiempo, y lo que te voy a pagar por ser mi asistente no te alcanzará. Pero te la puedo prestar cada vez que vengas acá —Carlos guiñó un ojo.

—Estaría bueno.

—¿Cómo quedamos con el asesinato?

—¿Quiere que mate a alguien?

—No, tontito. ¿Cómo lo harías tú?

—Siguiendo sus reglas y sin especificar motivos, mataría a alguien que tenga una casa que habitara ocasionalmente. La moral es canija, daría mucho para pensar.

—Me asustas —dijo Carlos y sonrió.

—Usted vive aquí, ¿no?

—Claro.

—No se me ocurre otra cosa.

—Lo que planteaste es muy bueno.

Esteban hizo una mueca y, otra vez, dirigió su mirada hacia la calle. Una leve brisa comenzaba a caer, las estrellas apenas titiritaban, los carros pasaban de prisa, dejando el sonido detrás, después miró al maestro en la silla, rodeado de humo de tabaco. Cruzó el departamento y dejó la botella vacía en una esquina del escritorio, pasó la mano sobre el monitor de la computadora y notó el polvo sobre este, pensó que tal vez no era usada comúnmente.

—Serás buen asistente. Eres inteligente, aunque para planear asesinatos.

—Solo respondo a su pregunta.

—No me culpes de tus instintos.

 

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Esteban rechazó beber más, fue por su mochila y quedó frente a la puerta, miró de reojo a Carlos parado a mitad del departamento sosteniendo dos cervezas.

—Me voy.

—¿Tan pronto?

—Tengo que hacer la tarea que dejaste.

—¡Me Rio de Janeiro!

—Es neta.

—¿Qué harás mañana?

—Tal vez venga.

—¿A echar a volar la idea del asesinato?

—A lo mejor —dijo Esteban y salió, su sombra empequeñeció debajo del foco del pasillo, sus pasos se perdieron en la escalera.

—¡Salud! —gritó Carlos. Lo vio partir desde la ventana y lanzó las botellas a la calle, el sonido de los vidrios esparciéndose quedaron en un eco.

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