Ulises desde la nimiedad común de lo humano

Misuki Takaya

Los días de lluvia, para algunos que no gozamos de su frecuencia, se vuelven días entrañables.

Para mí, es como si todos lo días de lluvia estuviesen conectados, más que por una casualidad es como un pretexto, efecto óptico que colorea los recuerdos, el perfume de la humedad y  la recurrencia de días anteriores que por más nimios que sean son dignos de la comenta en el café o, mínimo, en el psicólogo.

La lluvia de este lunes trajo consigo a Paralelo Teatro con Lluvia, ciento sesenta letras para volver a empezar.

Ulises, nos comparte una serie de acontecimientos que van desde los 80´s hasta casi nuestros días. La  vida de Ulises transita con los eventos políticos que si bien, a primera vista no son el meollo de la historia, son el germen indirecto e inevitable en la vida de Ulises.

Escribo esto y como premio caen unas escasas gotas del cielo que ni me atrevo a llamarle lluvia.

Al igual que en la saga de El Gaviero, de Álvaro Mutis, donde la lluvia trae a Ilona y con eso el socorro a días desgastados, para Ulises la lluvia marca los ciclos, se lleva los juguetes, disipa posibles historias, deja inconclusa la respuesta, obliga a mirar la espalda de ese al que tenemos que decir adiós y se hace pequeñito.

No sólo es la lluvia la que ha hecho el destino de Ulises un ciclo remitente de despedidas, es la política de la lucha “presidentes calvos, orejas amplias y de pequeño bigotes” y de esos “innombrables” con el que el gobierno inútilmente ha intentado pacificar compartiendo balazos.

Ulises, enamorado, de la lluvia; él y ella siempre en medio de la eventualidad del desempleo, la crisis, la violencia, las desapariciones y al final la lluvia.

“No hay nada que se puede hacer, habrá que esperar”, palabra sabias de la abuela de Ulises, al escuchar esto un sentimiento de frustración me invade y me deja intranquila. Después, me concilio con este entendimiento: la lluvia se va, puede tardar pero regresa, es un ciclo.

A pesar de todo lo que enmarcan los sucesos que narra Ulises, la actitud del personaje y la obra para nada intenta llevar al espectador a enfrentarse con una fatalidad, determinismo absurdo. Es más bien la evocación de sucesos entretejidos por la lluvia, narrados de la manera más simple, sin ahondar en las causalidades.

Ulises, retoma siempre la narración con humor, con la esperanza de poder completar las ciento sesenta palabras para ese texto.

Alejandro Rodríguez, quien escribe y actúa este monólogo, dispone de recursos corporales que son tácitos, no hay una pretensión de llevar un nivel de simbolismo, de hecho son agradables, limpios y ordenados; el cuerpo está ahí a disposición del juego, sin distraernos de lo elemental del texto y sin sobre explicar lo ya entendido.

Alejandro se mueve y se traslada por el escenario, recordando a un niño, fluye de tal forma que lo hace fácil, y al estar quieto su figura alta, rectilínea pero sobre todo el carisma de Ulises y del actor seducen hasta a los más duros de la sala.

El montaje dirigido por Susana Romo, se acompaña también de las sombras, que ilustran el marco social. En lo personal agradezco, la sabia distancia que hay sobre el contexto de la obra. La lejanía de ser testigo que a veces roza con esos hechos y que entiende el dolor.

Es hermoso entendernos con Ulises desde la nimiedad común de lo humano, del evocar las canciones de los 90´s, las caricaturas, el amor, temor y por supuesto la lluvia.

Lluvia, ciento sesenta letras para volver a empezar, deja en la boca un sabor esperanza. Y una sonrisa. Ahora esperemos que trae o se lleva la lluvia.

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