Tres o cinco años

A la salud de estos años que llevamos.

Bruno Herley

Los cielos duran de eternidad a eternidad

Citado por Ígor Nóvikov,

en su libro Cómo explotó el universo.

Edit. Mir. Moscú.

Estaba parado en la fila de un Oxxo, tratando de recordar algo, cuando sonó mi teléfono, era Carlos, compita de hace años, con quien coincidí en muchos eventos de literatura y fines de semana frente al mar.

—Cholo, tú y yo haremos una página en internet —dijo con esa voz ahuevada, de malandro.

—¿Cómo? —pregunté desconcertado. Los de la fila voltearon a verme. La única cajera que había creyó que le hablaba a ella y dirigió su mirada de hastío hacia mí.

Al llegar a la caja, no pude pagar nada, había olvidado ir por el vaso de café.

Fui a la cafetera y tuve que formarme de nuevo en la fila.

—Cholo, la llamaremos Mamborock —dijo Carlos.

—¿A quién, tú? —le pregunté.

—A la página, güey.

—Ah

Saqué un billete de veinte pesos de la cartera y me di cuenta de que había olvidado echarle café al vaso. La cajera, molesta, me preguntó si deseaba alguna otra cosa. Volví a salir de la fila.

—Hay que romper el cochinito. Le pagaremos a un compa para que nos la haga y pagar el hosting —Carlos sonaba eufórico.

—Ya estás. En la otra quincena te deposito. Pásate el número de cuenta.

—Va por mensaje.

La cafetera del local estaba vacía. La fila seguía igual de larga, parecía no moverse ni un centímetro.

—¡Oiga! ¡La cafetera está vacía! —grité a la encargada.

—Vaya a la que está al final de la mesa —la muchacha contestó sin dejar de ver lo que entregaba y recibía de dinero.

Fui hacia el otro extremo de la mesa y solo encontré una máquina expendedora de queso para nachos.

—¡Aquí no hay ninguna cafetera! —le grité de nuevo a la encargada.

En la caja había otra muchacha, a la primera alcancé a verla entrar al almacén.

—Te mandé el número de cuenta. Dime si te llegó —Carlos no paraba de hablar, estaba poseído por la idea.

—Ahorita te digo… ¿Dónde está el pinchi café?

—¿Qué café, Cholo?

—Nada. Olvídalo.

—Te dejo. Espero y encuentres café. ¡Mambo! —lo último que dijo Carlos me puso de malas, era una muletilla que decía hasta para ir a cagar; lo culpé de la situación, su llamada había sido inoportuna a esa hora de la mañana, cuando tuve que recurrir al Oxxo, donde el café es malo, sabe a trapo viejo, como si estuviera recalentado una y otra vez. Imaginé a los despachadores haciendo trampa con ello para completar la semana.

—¡Oiga! ¿Dónde hay una cafetera llena? —interrogué a la nueva despachadora.

—Pregúntele a la muchacha, por favor —la que atendía no desvió la mirada de los pesos que devolvía de feria.

La otra chica no salía del almacén. Observé que la fila seguía igual de larga. Pensé en el motivo que me había llevado hasta ahí: alguien dejó una barra de chocolate en mi escritorio y recordé que alguna vez tomé un marocchino.

Regresé a mi oficina y solo encontré la envoltura del chocolate en el cesto de basura. Miré alrededor y mis compañeros, con la mirada puesta en sus computadoras, escribían como locos los informes requeridos por dirección; sus miradas perdidas en las pantallas, su silencio, era incomodo. Opté por regresar al Oxxo, al llegar encontré la misma longitud en la fila y a un hombre de despachador.

—¿Y las muchachas? —pregunté

—Ya salieron de turno. ¿Se le ofrece algo? —sentí la pregunta del hombre, un viejo cincuentón mal encarado, un tanto lasciva.

—No. Nada. Hace rato vine y… —la intención de darle explicaciones era para, según yo, tratar de desbaratar ese pensamiento que discurrió en su pregunta. Su indiferencia me contuvo de seguir hablando.

Estaba parado en la fila y sonó mi teléfono.

—Cholo, no te pregunté si te gustó el nombre de la página —Carlos, calmado, sonaba condescendiente.

—Sí me gustó. Tiene sonido, juego, chabacanería; fácil de aprender —le dije.

—Entonces va. ¡Mambo! —Después de responder, Carlos cortó la llamada y lo Imaginé sentado en el retrete, levantando su dedo pulgar; pensé que, de solo ver la muletilla en el nombre de la página, sería esa imagen la recurrencia.

—¿Qué quiere? —el hombre cincuentón, vestido con una casaca naranja y apoyado con sus largos brazos en el mostrador, preguntó en automático, como si le hubiera echado una moneda en la boca.

—Quiero… —había olvidado coger café. Por lo menos los chocolates estaban al alcance. Salí de la fila para ir a la cafetera y sonó de nuevo el teléfono, era Carlos.

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon

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