Trepa anciano

 

David Hidrogo

 

Ahora es la puerta de la casa abriéndose por el viento,

hay una distancia,

algo que falta en la humedad del día

y no es otra cosa que perderse uno mismo

de la guerra interna de nuestro primitivismo.

 

Cree el anciano,

y con justa razón,

que los planetas son suyos,

que la edad precámbrica

de los lagartos

también tiene memoria para reclamar

los grotescos cúmulos del petróleo

sobre el cuello de los patos moribundos,

tiesos, infernalmente negros.

 

El hombre, como siempre,

galopa la cresta de sal

entre ojos que no permiten

abrazarnos al engaño,

y así vamos dándole a la vida,

más pretextos para creer

que los niños nacerán más bellos,

y el anciano

catapulta los hortelanos que lloran

bajo los tornillos de la revolución industrial,

dice que no tiene más sonrisas para nosotros,

de un bolso reñido saca el calendario

donde tiene a todos los muertos

de nuestra guerra interna de chango madracabra,

que no resistimos a matar

sin vaticinios ni crucifijos

que controlen la carne inflada del globalismo.

 

Sé que el viento terquea en la puerta,

que siempre hay algo que falta en la humedad del día,

el que tenga manos para actuar que actué,

después de todo ese anciano

sigue creyéndose dueño del planeta.

 

17 de diciembre de 2002.

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