Trasnoche

Luis Álvarez Beltrán

Para mí las edades, los pasos,

el transcurso del tiempo,

son una experiencia gozosísima.

Roberto Bolaño

La belleza de pensar.

 

Escribir desde la oscuridad, desde las sombras, desde la noche silenciosa que hace nacer insectos; desde la soledad otrora una oquedad de vísceras, desde el libro volteado abierto y bocabajo de la respiración, los lentes en la mesa, el café con sus pozos en la taza paterna, los árboles siseando su abril acalorado, el agua único dios-el sol…

Escribir mi ascenso a los infiernos, tu descenso al poder, mi negro claroscuro, tu oscura claridad; escribir el carácter utópico de nuestro tiempo nuestro, y los paralelismos de los años después; escribir la distancia como la prueba plena de este y todo sinsentido, pero escribir la carne como memoria intrínseca del rastro del amor, del juicio de la piel.

Escribir el color raudo abismo del tronco del mezquite, la catapulta leve, o sorpresiva, de ningún desencuentro; la altiva hambre vespertina y frugal de mi perro Espartaco; escribir la nocturna y polvosa quietud de la atmósfera clara de los toques de queda; escribir el estrago, el letargo, el anti paroxismo, el pre orgasmo, el contagio y los locos de atar.

Escribir para verte del muelle hasta tu barco, del andén a tu tren, de la sala de espera a tu avión despegando, del silencio a tu voz, de mis ojos cerrados a tu rostro impasible, del sueño postergado a tu lecho nupcial… Escribir el instante de tu pestaña inquieta, la curva de tus cejas, tu ceño, tu nariz, escribir tu aquiescencia, el tono de jengibre, lívido y portentoso, de tu alba desnudez…

Escribir la homilía que nos debió la orfandad de la tarde, el diálogo disenso,  irresistible, del visitante ausente; escribir los amores fallidos traídos a cuenta por la contingencia de una libertad trunca, escribir las ternuras intransferibles de una infancia fugaz y fragmentada; escribir la vida de los otros para hacer una vida, de escritor; escribir desde el impune y artificioso gusto “del sueño dirigido” del ciego Jorge Luis.

Escribir el cochambre del alma a desvergüenza, escribir ahuyentando el relato refrito a vuelta de librero que te recomendaron, escribir espantando a escobazos el sentido común con un lugar común, escribir que esta edad es la única edad: de escribir… escribir porque sí.

Escribir los ayeres atemporales, grises, de una época difusa, caleidoscopios de claros y de oscuros desde una cinemática que ya se clausuró; escribir en reversa, a contrapié, tropezando los verbos, las ideas, enredado en el nudo de un adjetivo desafortunado, escribir a la hora del té disimuladamente la terrible verdad; escribir la ocasión, la situación, la excusa, la culpa y el pecado; describir con minucia –con total perversión- la caída de un dios en cualquier tentación… escribir a escondidas, de mala fe, a mansalva, detrás de las paredes, confinado, condenado, proscrito.

Escribir las viandas y los fiambres. Escribir el olvido de llaves, la pérdida de la billetera, el arroz se quemó; escribir las palabras erróneas que no dije y escribir todas las frases que se comió la boca antes de verte ir, escribir el llanto y estado de abandono de los niños en este día del niño, escribir el silencio ruidoso improcedente atorado en el quicio de los equivocados, escribir los libros no leídos, escribir el tamaño del cielo y el número secreto de los astros, los días del olvido y su cuenta perdida, el ocaso inmanente y sus sombras luminas… el crepúsculo a ciegas de los cuarentenados.

Escribir las memorias de los desmemoriados. Escribir el consuelo de los desconsolados. Escribir el amor de los enamorados. Escribir la pasión de los apasionados. Escribir obituarios de los incinerados.

Escribir el curso de la noche sin actos, sus segundos estrellados millonésimamente, ámbito transitorio, encarecida tregua de días execrables, la realidad una medusa hedionda suspendida en el aire, las horas sogas-látigos con invisible puño lazándonos del cuello de la inmovilidad; escribir los saldos de la precariedad… las cosas no vividas: La muerte de seres sin historia prorrateada geopolíticamente por la televisión. Las personas son números, son cifras y son datos que dan lugar a curvas, a gráficas, a modelos numéricos de incierto logaritmo. El sino de los muertos descrito y dibujado desde las coordenadas de un tiempo cardinal. La pandemia un temblor, un terremoto, que sacude a la tierra por sesenta, por noventa días; los grados de intensidad se miden en billones de dólares y en millones de desempleados; los damnificados son los muertos, habrá que buscarlos debajo de los escombros de las indiferencias y la calamidad.

Escribir, escribir, escribir y escribir.

https://www.youtube.com/watch?v=YFD2PPAqNbw

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