Tlatelolco: la morgue que es la plaza

L. Carlos Sánchez

Tlatelolco.- La memoria es un disparo que tiñe de rojo la plaza. El viento y su sonido traen a cuento la matanza de estudiantes. Hace cincuenta años de la rabia que desencadenó en tragedia.

Es Tlatelolco, la Plaza de las Tres Culturas. Es primero de octubre, la víspera de la desgracia que ocurrió hace medio siglo. Son los estudiantes de la UNAM, los que yacen hoy como ayer, sobre la plancha de la plaza. Son los transeúntes quienes se adhieren a la evocación.

Los estudiantes se hacen acompañar por esos estudiantes de ayer que sobrevivieron a la represión. Es la recordación de uno de los momentos más oscuros de México. Algunos padres abrazan a sus hijos, sobre el cemento: la tumba más ulterior de nuestra historia.

Desde UNAM, desde la organización de Evoé Sotelo, bailarina, coreógrafa, coordinadora de danza de esta institución, los jóvenes acuden a la Acción Coreográfica Masiva. El grito se convierte en llanto. El dolor más punzante de la impotencia. Porque duele el recuerdo, porque duele el presente.

El sonido ensordecedor, la voz tétrica de quien dio la orden, del que no me atrevo a decir su nombre, está en nuestras memorias, está aquí y ahora. Porque es un performance donde los objetivo son recordar y sentir, de la manera más cercana posible, para que el tiempo no lo sepulte, para que la distorsión de la vida que inventan los de cuello blanco, no nos arrebate de nuestra historia el acontecimiento cruel: la matanza de estudiantes.

Se levantan las manos. En señal de resistencia. Se enquista la mirada hacia los ventanales del edificio Chihuahua, allí donde perduran los fantasmas de la prepotencia. El arrojo de balas que un día pretendieron silenciar. Y silenciaron a unos, a muchos, pero no a todos.

Una flor se deshoja mientras el viento es sonido de disparo y atina en el blanco del pétalo. El padre abraza con mayor ahínco a su hija, para ilustrarle cómo fue, cómo ha sido. La niña hunde sus manos en la humanidad del padre. Juntos desde el cuerpo quieren decir al mundo la desgarrada consecuencia de un dos de octubre de mil novecientos sesentaiocho.

Los zapatos de una jovencita abandonan sus pies. Huyen del cuerpo como huye la vida. Porque se construye la muerte. Una veladora encendida es la luz de un alma jovial que un día fue, que una vez estuvo. El lápiz y el cuaderno se convirtieron en pecado. La voz del estudiante de pronto se transformó en sonido que como respuesta fue la víscera. A cincuenta años de distancia que son cercanía, los estudiantes han venido otra vez para evitar el olvido.

Hay un pase de lista, cuarentaitrés nombres que nos faltan se levantan a voz de garganta. Son el escudo ante la estulticia de las frases de quien dio la orden. Del que no me atrevo a escribir su nombre. El de la sonrisa demencial. El de los dientes más crueles del mundo. El de la rabia en la ignorancia. El que un día vio sin mirar.

Es uno de octubre. Hace cincuenta años de un día como hoy. La víspera de una masacre que nos duele tanto como a ellos.

Cae la tarde. El cielo se llena de un gris espeso. No hay metáfora de mayor atino para describir el escenario en Tlatelolco: la morgue que es la plaza.

 

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