Tengo un árbol de manzanas en mi smartphone

 

Bruno Herley

Google Lens, esa aplicación de inteligencia artificial (IA) que te permite traducir o saber qué es aquello con solo tomar una foto, ayuda en mucho para dar con una respuesta, aunque a veces no tan precisa. La inmediatez de conocer al mundo a través de la cámara de nuestro teléfono es un panegírico a un dios que todo lo sabe, el producto de nuestra cultura ya no es un dato en el cerebro, sino un algoritmo en la red de internet. Para los que tenemos la posibilidad es cuestión de extender la mano y arrancar un resultado a la máquina, los que no saben de ello quedan a la zaga: no es lo que puedan adquirir, sino el cómo.

Ahora que la sociedad gira con mayor rapidez exige toda la atención, la información que produce si bien estará disponible por largo rato en internet, puede ser opacada por miles de megabytes de información nueva. Tenemos ante nosotros un orden tautológico en retórica y en lógica: repetitivo y verdadero, esto último bajo el condicionamiento con el que llegamos a adquirir la información, parafraseando a Giovanni Sartori[1]: si lo dijo Facebook -o alguna otro espacio- es verdad; nuestra lógica depende de la homofilia y la rapidez con la que se quiere compartir la «verdad» descubierta.

Google Lens y su IA pone a disposición no el significado de las cosas, sino un poder de omnipresencia de un dios limpio: somos lo que usamos, un héroe atemporal que recorre las vicisitudes de un trabajo para ganar el suficiente dinero y adquirir del mundo virtual la verdad que quiere escuchar. Nuestro señorío se acrecienta con el teléfono inteligente, pasamos a formar parte del hardware para que el softwarenos dé un sentido, una guía, algo de interés inducido por él mismo y que construiremos a partir de la interactuación, de ejercer la idea de la libertad: camisetas con el Che Guevara a cien pesos, tazas con Andy Warhol a cincuenta pesos, posters de la fotografía del año con un niño muriendo de hambre en Yemen, gorras rojas con la frase Make america great again, etc.

Mañana iré al patio de mi casa y pondré ante la cámara de mi teléfono al primer bicho raro que encuentre y buscaré qué es y si hay algún muñeco o camiseta con su figura en las tiendas, después pensaré que la biblioteca de Alejandría nos viene guango. Yo soy, gritaré a mis vecinos en la locura de tener el poder del conocimiento en un plan de internet a cuatrocientos noventainueve pesos mensuales.

 

[1]Homo videns, Giovanni Sartori.

 

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

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