Tengo un amigo que al solo evocarlo me remite a poesía

Foto tomada de un mural construido por estudiantes de Universidad de Sonora, expuesto en Sociedad de Artesanos Hidalgo

L. Carlos Sánchez

Tengo un amigo que sueña que duerme. Que duerme sin soñar. Se levanta y recorre el perímetro de su interior. Bebé café, enciende cigarros, prende la luz y al desamparo de su padecimiento libertario ancla los ojos en aventuras de páginas y páginas. Para no saberse solo, para encontrarse consigo mismo.

Tengo un amigo que su voz de marea golpea mis sentidos. Arrea playas y soles. Cautiva con el amplio acervo de su léxico. De entrañables oraciones retrata el submundo, los callejones, el tiempo y la prisa, la poesía inaplazable que le brota desde las cenizas del último jalón. No desesperes, le digo, cuando a borbotones las palabras pretenden apagar la luz para quedarse solo en plenitud.

Lo conocí hace años, allí a la vuelta, en la esquina de trasnoches. Donde tambores y luces coloridas encandilaban la razón. Bebimos una o dos o tres, todas las cervezas. Hablamos debajo de la estridencia y entendimos durante pausas, que había pendientes los muchos diálogos por construir.

Nunca se lo dije, nunca se lo he dicho, que sus camisas me hacen evocar la desolación de mi padre, esa desolación que también ha hecho suya. Tampoco le he querido contar que un día su mirada se transformó en la de él y desde entonces sus nombres juntos significan uno mismo.

Tengo un amigo que una vez leyó una carta dirigida a un prócer de la patria, Murrieta de apellido, y después leyó también una oda a un sahuaro. Estábamos en la casa de Abigael Bohórquez, bebíamos tequila y comíamos panes con aceitunas. La tertulia briaga de mis años de pubertad.

Su voz, la de mi amigo, llenó el vacío del cuarto del poeta Bohórquez, resonaron las oraciones contra las páginas de los muchos libros apilados en cajas de madera. Una carcajada y celebración discurrió por encima de nosotros. Los rostros florecientes de angustia se impregnaron en las paredes de la memoria.

Qué mortuorio encuentro. Porque la despedida se presentaba sola. Nadie supo que sería la última ocasión. Que las reuniones de tres estarían mancas para siempre. Debe ser que por eso nos acabamos el tequila. Nada que se guarde para las noches venideras de infortunios.

Tengo un amigo que al solo evocarlo me remite a poesía. Galanura de versos y dolor de oídos por el eco de su voz sempiternamente dolorida. También la risa. Y hay ocasiones en que el teléfono incesante me devuelve la existencia de mi amigo. Porque habla y habla y habla. El deseo del decir que se consuma por impulso. Luego se va apagando, pero solo para volver en el momento menos esperado de cualesquiera de todas las noches.

Quiero decir que escribo para decir que tengo un amigo. Que de chavalo asistió a la UNAM, que hizo la carrera de medicina, que se encontró con el oficio de la lectura y la poesía lo condenó para siempre.

Mi amigo que habla de avapena y analgésicos, de expectorantes y estímulos de fórmulas para aliviar los espasmos de la garganta. Mi amigo que puede tener una receta para el dolor más álgido del cuerpo. Pero nunca nunca nunca, me ha dicho cómo se dosifica la desolación.

Debe ser por eso, que a través de conversaciones maratónicas, me comparte sus nostalgias, me las dice o sugiere. Como para que las desolaciones no dejen de significar ese acontecimiento al que siempre aspira, el mayor sentido que la vida le merece: la libertad.

Tengo un amigo que escribe décimas y en ellas el humor lo salva de todas sus desventuras.

Tengo un amigo: Rigoberto Badilla.

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