Técnica de fe

 

Bruno Herley

 

El aire traía un terciopelo de polvo y en el horizonte el sol era un plato de oro enmohecido sobre los cerros. Frente a nosotros, en las dos torres de la iglesia, las palomas cantaban desde las ventanas. En la plaza había cuatro trabajadores tratando de avanzar con la remodelación del quiosco y el piso para cuadrar los millones gastados.

—Los desparecidos se vuelven pequeños, desaparecen como una lucecita allá en el fondo de un cuarto obscuro; se convierten en una foto que se borra de tanto llorarlos —quien hablaba tenía los ojos cansados, grises. Sentada en la banca, con las piernas cruzadas, cada tanto revisaba el teléfono y la bolsa, después miraba a los lados, para terminar con la vista puesta en el cielo y bajar desde allí con las palabras.

—¿Ha recibido alguna noticia de él?

—Nada. Ya va para tres años.

—¿Algo le índica que lo encontrará?

—Tal vez. Uno adopta este modo de vida, pareciera que buscarlo es mantenerlo vivo.

Frente a nosotros llegó una paloma, con sus alas levantó un poco de polvo, caminó hacia la banca contigua y de ahí brincó hacia la rama del árbol, cantó el cucú.

—¿Qué le dicen las autoridades?

—Hace mucho no voy con ellos. ¿Para qué?

—Tal vez alguna información…

—La información que dan es que no hay información —dijo con su voz de papel estraza.

La hora extendía la sombra de los árboles hacia el muro de la iglesia. Un trabajador de la plaza pasó y nos miró de reojo.

—¿Qué edad tiene su hijo?

—Es el más chico de los tres.

—¿Su esposo la ayuda?

—Cuando puede. Tiene que trabajar. La vida sigue, aunque no nos guste.

Desde el fondo de la iglesia llegaron los rezos y cantos. La campanilla tintinaba lejana, desde otro mundo.

—Hay organizaciones que ayudan a buscar desaparecidos. ¿Fue con una?

—Estuvo con una, pero me enfadé. Siento todo tan revuelto, perdía de vista lo de mi hijo, todos los desaparecidos parecen humo.

—¿No ha vuelto a ninguna organización?

—No. Ni pienso hacerlo.

—¿Qué hace para buscar a su hijo?

—Pregunto aquí y allá. Primero fui con sus amigos, después con los conocidos, y así. La última vez lo vieron arriba de un carro verde. El carro lo encontraron en el monte.

—¿Nada más hace eso?

—También voy con la policía cuando encuentran algún cuerpo, pero es como no ir. Aún así voy.

Ella dejó de platicar y con una palmada en mi hombro se despidió. Caminó despacio, el sonido de sus chanclas lo escuché alejarse, pero ya no la vi. Sus palabras quedaron densas sobre el aire, como si hubiera pasado un tren corto. Sé que no la volverá a ver, accedió a platicar con la condición de no dar nombres. Esta mujer, como muchas otras, anda sumergida en la realidad, tanto que la opaca; es un fantasma solitario, busca con la fe por delante, no hay más técnica que creer.

 

Bruno Herley. Ha publicado en antologías de poesía y cuento, tiene una novela corta de nombre Dios  es solo un nombre (cómo matar un pájaro con marketing), disponible en Amazon.

 

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