Suéltate

 

Imelda Figueroa. Foto: Luis Vazquez

Se necesitan muchos años, muchos escalones, catorce pisos y alcanzar el nombre que alguna vez te hizo añicos la integridad

L. Carlos Sánchez

La vida y su periplo exacto. La vuelta de los días para caer justo allí: el lugar límite, la muerte que se avizora. La oportunidad preciosa para cobrar las deudas de la crueldad que se comete.

Se necesitan muchos años, muchos escalones, catorce pisos y alcanzar el nombre que alguna vez te hizo añicos la integridad.

Eso cuenta Vanesa, la barrendera, quién a punto de terminar su faena cotidiana, encuentra a su antagonista en la cornisa, dispuesto a saltar. Son cinco minutos los que restan para la vida, cinco minutos para regresar las manecillas del reloj, cinco minutos para recordar el silencio, la parálisis del cuerpo ante la agresión de las manos torpes, el monstruo implacable del hombrecito poderoso ante la frágil juventud.

Suéltate es el nombre del monólogo que actúa Imelda Figueroa, bajo la dirección de Juan Carlos Valdez. En este montaje escénico que hemos visto a través de una pantalla, donde el reto de la actriz, se intensifica, porque: ¿a quién se le habla si el espectador no está presente?

Los recursos de la artista gravitan desde otra perspectiva, porque los tiempos de pandemia así lo dictan. Entonces detrás de la pantalla, quienes observamos y escuchamos y sentimos, acompañamos la oralidad, los movimientos, la gesticulación del personaje que es Vanesa en su overol de trabajadora de limpieza.

En este acompañamiento nos sumergimos en el mundo de una librería que los tiempos, la tecnología, obligan a desaparecer. La deuda del arrendamiento por el inmueble pone en jaque al gerente de la librería, el editor más connotado. Pero nada importa comparado con la impronta de una blusa que Vanesa deberá mercar porque se avizora como su sueño más inmediato.

Aquí la dramaturgia devela sus matices, su perfecta ironía, el extremo de las prioridades, elemento oportuno donde el espectador lee lo que subyace: tu vida vale nada contra mi necesidad de comprar una blusa.

La consigna de mercar una prenda, se devela también como una oración que implica venganza. Ya cuando el reloj marca un minuto para las siete. Ya cuando el clímax de la propuesta nos hace abrir más lo ojos y acercarnos a la pantalla.

Es ahí, ante esa escenografía minimalista, compuesta por libros y cuerdas, con la más sugerente armonía de un piano, cuando nos enteramos de la exactitud de la vida, de la factura que también dispone en el final de los caminos que se han trazado en los días de Vanesa y el gerente de la librería en quiebra.

Hay detalles por demás excelsos, en la revelación del rencor, la memoria, su cicatriz. El detalle se describe con palabras, y es el instante en el que una fotografía familiar cae al piso mientras el padre ejemplar de esa familia que compone el cuadro de la fotografía, lacera la entrepierna y paraliza la emoción de Vanesa, quien irremediablemente, muchos años después de la agresión física-sexual, insta al gerente a lograr su cometido: saltar al precipicio, consumar el suicidio.

Al fin que ya son la siete, ya terminó mi turno de trabajo, ya nada importa porque no seré yo quien levante los restos de tu cuerpo dispersos en la banqueta o el asfalto.

Suéltate nos pone entre las manos un tema siempre vigente, el varón (en este caso un editor) que trunca implacable el proyecto, los sueños, de un ser que aspira a la vida, al decir, el anhelado encuentro con ella misma a través del arte.

 

*Suéltate: Dramaturgia de Marc Egea; dirección: Juan Carlos Valdez; actriz: Imelda Figueroa; diseño escénico y vestuario: Mara Salazar; música original de Javier Ortega; maquillaje: Marcos Maytorena; producción: Crearte.

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