Suelo al cielo: Pequeñas reflexiones y detalles acerca de Abigael Bohórquez el hombre y el artista

Abigael Bohórquez. Escultura de Óscar Cedillo

…y obligaron mi voz a irse hacia adentro/

 y a jugar al silencio con mis manos / si no tuve juguetes.

Elegía de primer ingresoAbigael Bohórquez

Luis Fernando Álvarez

Hay más de una docena de personas y escritores sonorenses que pueden hablar sobre Abigael Bohórquez más autorizados que yo. Más conocedores, más expertos, más con el derecho de haberlo conocido, convivido con él, atestiguado su obra en su tiempo presente. Pero lo haré en pos de la libertad de expresión, sujeto de mi propia charlatanería o al riesgo permanente de estar equivocado, o de quedarme corto, parcial, miope o, desde luego, inexperto.

                Me afecta Abigael como fenómeno igual que ha afectado a quienes lo han leído, admirado, querido, imitado, amado, estimado, visitado y quedádose con él. Me afecta el escritor que no deja de maravillarme y conmoverme; me afecta la persona que fue porque los aristas de su vida tienen que ver con una época que ya ha quedado atrás, presa del tiempo, encapsulada en el recuerdo, pero que todavía deja ecos que la enlazan a esta, la posmodernidad, el fin del tiempo; me afecta finalmente como caborquense la leyenda que construye día a día y como sonorense el legado que dejó su obra, más vigente cada vez, más latente cada vez, más bella cada vez porque entre más se estudia, más se descubre su riqueza y su valor.

         El mejor elogio que he oído sobre Abigael lo leí del poeta Ricardo Solís una vez que lo invitamos a dedicarle unas palabras en la edición especial de un fanzine aficionado que se la dedicamos al poeta de Caborca: Mi relación con Abigael es tan personal, tan especial, que no me atrevería a publicar nada al respecto. Dijo Ricardo, fincando un silencio de lujo.

            Abigael Bohórquez, esto lo saben muchos, se autobiografió en sus poemas. Uno puede en un principio escuchar referencias vagas sobre la grandeza de este escritor nuestro. Después leer un poema, Las amarras terrestres, digamos, o La Tierra Prometida, digamos otra vez. Luego empezar a enterarnos sobre cómo escribía y asimilar su estilo, su gracia constructora de versos, luego un poco su discurso, su actitud, su vocabulario extraordinario como una enciclopedia. Luego decir con presunción que lo hemos leído. Si eres profesor de literatura algo más avezado que el promedio, o si indistintamente estudiaste la licenciatura en letras en la Universidad de Sonora donde se arremolinan sus amanuenses más autorizados, o si eres poeta sonorense, o narrador sonorense, o dramaturgo sonorense, o maestro de historia, o funcionario de cultura, o un lector esmerado, preocupado, atento, agudo… entonces formas parte de una legión de lectores de Abigael Bohórquez. Luego están los que lo aman, lo adoran, lo idolatran, y escriben como él. Poco más o menos. Luego están los de a de veras, los que leyeron todos sus libros, los que conocen su obra, los que estudian su obra, la analizan, la comparan, la observan en su devenir de lugares y de edades del vate. Los que han escrito sobre él. Los que lo han reeditado, los que lo han reivindicado, los que han levantado su imagen para bien de él pero no para bien de él (Abigael hace mucho que está más allá del bien y del mal) sino para bien de nosotros y nuestra cultura, lo recuperan, lo valoran y lo revaloran, lo evocan, lo recitan, lo difunden, lo enaltecen, lo inmortalizan, lo exhiben, lo muestran, lo enriquecen… lo convierten en algo más grande y a veces más molesto de lo que él hubiera deseado o permitido o creído pertinente. Al leer cosas de Abigael y escuchar las voces que grabaron, parecía un tipo sencillo, rancherón a su estilo, le gustaba la vida común de tener una casa, su heredad amantísima, su solar por treinta años.

                Asisto a estas líneas para decir que la única biografía que conocemos de Abigael Bohórquez está en su poesía. Él describía las propias etapas de su vida por medio de poemas en los que no sólo detallaba los rasgos de su edad sino que, a la distancia del tiempo y con el arma que instituye la palabra, también confesaba, expresaba, cómo se sentía él respecto a lo que vivió a tal edad y cómo se sintió al momento de esa edad. La muerte de su perro, el encierro de la primera infancia, los estigmas sociales de su condición en el despertar de su vida y al reconocer su tierra, la muerte de su madre (desgracia que insiste en poetizar de maneras diversas), su despertar a la homosexualidad y su descaración o liberación a ese respecto en los setentas, mucho después de que lo hiciera Allan Ginsberg de la Generación del  Beat con Howling y otros cercanos y lejanos; luego sus poemas civiles, sus poemas políticos, sus poemas de protesta en tiempos de las dictaduras… cómo llega y en el tiempo que llega Navegación en Yoremito, maduro, seguro de sí mismo, feliz, libérrimo, con su bandera del otro amor ondeando alto, juguetón, genial, insuperable. Abigael escribe libros únicos aun cuando su vida parece entrar en una encrucijada. Pero su vida nació en una encrucijada. Estaba acostumbrado. Era su territorio conocido. Si algo conocía Abigael era la marginalidad y la discriminación (esto también lo sabe todo mundo). Finalmente, Poesida parece el estandarte – legado no sólo de toda su propuesta poética conjunta como colofón de una obra inigualable e incomparable, sino también como autobiografía poetizada y epílogo inesperado de sus días. Los poemas de Poesida están llenos de amor, de tristeza, de enfermedad, fatalidad, destino asumido, de recapitulaciones y pasajes, resúmenes e incluso conclusiones de su vida y la de sus amigos. Abigael al escribir nunca deja de incluir tanto su vida en los poemas como la perspectiva de la sociedad acerca de lo que él poetiza. Eso se puede ver en Duelo, en Desazón,  en Mural. Entonces Abigael no sólo poetizaba sino que discurría, proponiendo o integrándose a un debate vedado, a una asignatura que los legisladores no se atreverían a tocar. Abigael fue un visionario de las leyes mexicanas, incorporando temas en su tiempo prohibidos. Muerto Abigael Bohórquez y sin cobrar dinero, parecía ahondar en temas como no lo hicieron cinco legislaturas juntas.

                Abigael se queja, se duele de su infancia. En Elegía de Primer Ingreso, Bohórquez nos dice que él se da cuenta tarde, después de sufrirlo y de analizarlo, que el maltrato involuntario, la violencia intrafamiliar ejercida contra él por parte de su madre, en la forma de encierro, en realidad venía de la época, venía del colectivo, época del machismo y de la moralidad. La orfandad de Abigael determinó en realidad su vida. En el poema, excelente tan sólo por su ritmo y por la perfección de su ornamenta, lo que se sustrae como cuerpo poético conmovedor es la narrativa de alguien que confiesa que se ha dado cuenta tarde de que su niñez fue excepcional en un sentido extremadamente injusto:

            Así lo expresa en la primera parte del magistral poema.

Suben las escaleras de la noche / con guantes de amargura / mis voces, / porque no pueden irse ni quedarse. / Por acostarse con la soledad / mis huesos, / nadie los quiere. / Estremecen tumultos de violines / mis manos inexpertas, / y en la azotea de la luna / desprenden su tristeza mis guitarras, / y avisan a las casas / del hambre de las cuerdas que me busco / y me callo / y me renuncio. / Porque mi madre se callaba siempre, / y mi tía, / y no hubo hermanos cerca, / y obligaron mi voz a irse hacia adentro, / y a jugar al silencio con mis manos / si no tuve juguetes.
Y crecí en los rincones / tirándole pedradas al hastío, / con la lengua amarrada, / mirándome en las lunas del ropero, / porque no me enseñaron qué era el beso, / ni la palabra, / ni los automóviles, / ni el sí, ni el no.
 

Y quizá fue eso lo que lo dotó del ars poetic como escape de un alma sometida a algo más allá de lo que cabe en los sentidos. La inanición vivencial y tal vez afectiva. La ausencia de una verdadera identidad a una edad clave de la vida, la primera infancia. Abigael fue hijo ilegítimo: no tuvo padre. Y Abigael fue un niño tachado de maricón y joto desde sus años escolares primarios. La flor fenomenal e imparable de Abigael Bohórquez vendría a ser producto de una prisión condicionada que inseminó sus efectos en la creación de un genio. Martin Luther King Jr, dijo que todo sufrimiento inmerecido tiene un doble efecto redentor. Abigael parece aplicar a ese precepto.

           No hay más biógrafos de Abigael Bohórquez que su poesía misma. Y a través de sus claves, claras y altisonantes, himnos y abanderamientos, puede ser construida, pero carecerá de profundas especificaciones, de profundas verdades intermedias que no se pueden inferir a partir de textos líricos, menos aun de obras de teatro o de ensayos. La vida de Abigael se parte en muchas partes. Pasó sus primeros catorce años en Caborca, después un par de años determinantes en San Luis Río Colorado, después un largo tiempo en México Distrito Federal y su valle, donde en realidad se centra la principal parte de su obra tanto laboral (promotor y maestro), como artística (poeta, ensayista y dramaturgo). No existe un biógrafo de Abigael Bohórquez a pesar de los ensayos de Miguel Manríquez Durán, Ismael Lares, Iván Figueroa y el encomiable trabajo recuperador y proyector de Gerardo Bustamante; a pesar del apostolado de Jorge Ochoa y la cercanía de Fidelia Caballero, Carlos Sánchez, Mónica Luna, Raúl Acevedo Savín y varios otros, a pesar de que su obra puede ser escudriñada tanto hasta su ensalzamiento como hasta su desmitificación, no sé qué sea más probable; o a pesar de que hace un año en el Distrito Federal se le dedicó todo un simposio adonde acudieron sus más cercanos, sus más conocedores, sus contemporáneos que lo procuraron en el centro del país y que saben tanto sus grandes generalidades como sus secretos sueltos y, como la vida de Jesús, su desconocida juventud; y no existe un biógrafo de Abigael porque sus pares ya no están, Gerardo Cornejo, Alonso Vidal, Carlos Pellicer, Efraín Huerta, otros… porque tendrían que entrevistar a sus tías de Caborca, a detalle mucho, con calzadores las palabras, los hechos, las anécdotas, los tíos que se lo llevaron a San Luis ya se murieron todos, porque tendrían que coincidir o disentir todos los que lo trataron y trabajaron con él o vieron su trabajo en Hermosillo, y aun así quedarían muchísimas cosas sin saberse porque Abigael, tal vez, no dijo todo lo que en realidad sentía y opinaba acerca de demasiadas cosas y aunque tuvo amigos íntimos tal vez, seguramente, se haya llevado secretos a su tumba. O tal vez no hay biógrafos de Abigael Bohórquez porque su única verdadera biógrafa se llamaba Sofía Bojórquez García. Su madre. Y ella se murió primero que él. En contraparte, el único biógrafo de Sofía fue su hijo, porque aparece en todo tiempo, en todos sus poemas, los que le escribió a ella y los que se escribió a sí mismo. Y tal vez no sea necesaria más biografía de Abigael que su obra literaria. Muy probablemente él lo haya querido, preferido, así. Sin biografía. Pero en varios sentidos su vida de niño, de hijo, de huérfano de padre, de adolescente estigmatizado, señalado, socialmente flagelado, su vida de migrante incluso, su vida de estudiante y de artista en un esfuerzo grandioso por trascender en un ambiente y en una región como no lo hizo antes ningún otro norteño en el terreno de la poesía y como no lo hizo tampoco nunca nadie después. Y luego su vida de poeta, su exclusión del círculo de los favorecidos, su reconocimiento menor (porque si comparas obras, a la distancia del tiempo y del reposo de las lecturas, ya bien vistas) en el sentido de que si no fue más que algunos otros, se puede decisivamente decir que tampoco fue menos.

              Luego su trabajo en el Instituto Mexicano del Seguro Social, por qué terminó y cómo terminó, por qué no gozó de una pensión a la altura de lo que lograban en esa institución holgada de privilegiados. Si algo se sabe de Abigael es que le gustaba la bohemia y disfrutar de la vida, que era materialmente desprendido, espléndido o descuidado, y que su pobreza sino era condición pretendida o buscada le era muy consubstancial. Él era como él se describía. Vivía para el amor y vivía para para el arte, especialmente para la poesía. Y el escritor suele morirse de hambre. Y él se murió de hambre. Mal que lo diga yo y mal también que lo diga el que lo diga. Y de Wolfgang Amadeus Mozart para abajo. Y de Wolfgang Amadeus para arriba, no tiene nadísima que ver. Si la obra de Abigael Bohórquez, por su muerte, ha quedado inconclusa, nadie tiene derecho a reclamarlo. Y nadie lo ha reclamado porque su obra está completa.

                   Marcos Mendívil Bojórquez es un hombre de cincuenta y tantos años. Pasa largos tramos de su vida en una oscurecida e ignota soledad. Tiene pinta de poeta, de soñador, Cortázar caborquense, sólo le falta el puro. Habita los baldíos y la cerveza lo ha habitado a él toda su larga juventud. Sus huesos contienen alegría, baile, una mirada así como vehemente, negra,  penetrante. Sabe bailar y a pesar de que no tiene por qué, camina muy derecho. Es flaco como su primo Abigael, fuerte ante la soledad y su carácter es llano, agreste, así como el desierto, igual que Abigael. Las sombras a veces lo ocultan de la cotidianidad. A veces se le deja de ver durante añales y luego reaparece indistinto, como si hubiera sido ayer cuando se fue, igualito, su rostro se traga los años y sigue luciendo un treintañero. Nunca se casó, no tiene hijos, algo de poesía hay en su airada expresión, en su estoico silencio. Abigael hubiera escrito un exultante poema sobre su primo Marcos como lo hizo con Renán. Con el viejo Renán, porque hay un joven Renán que es justo como Abigael, flaco, escurrido, alegre, desgarbado, soñador, amable, gentil, solitario… A veces pienso en los primos y tíos de Abigael y pienso que nuestro artista mayor hubiera sido así justo como ellos, un chico sencillo y simple más. Alguna vez Jorge Luis Borges lamentó haber sido Jorge Luis Borges, por lo que careció en su vida personal, su humanidad. Su cuerpo. Me queda claro que Abigael me lo dice y me lo vuelve a repetir (dijo el Chavo del Ocho) en sus poemas, que él hubiera preferido otra vida, que su vida hubiera sido diferente y no esa historia épica, heroica, en que se convirtió.

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Tal vez un día vendrá un periodista norteamericano, escribirá la biografía de Abigael Bohórquez y ganará el Premio Pulitzer, probablemente, y luego harán una película al respecto protagonizada por Gael García Bernal o Diego Luna (u otro, qué más da) y ganará una o dos  categorías del Oscar. Y en Cannes alguna Palma de Oro.  Siempre tal vez.

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Yo digo que Abigael no nació así, lo hicieron. Y lo digo con gravedad y seriedad, casi con dolor. Marcos Mendívil Bojórquez, desde sus locuaces y lúcidas (cuasi intelectuales) sombras dice que sabe quién fue el papá de Abigael (biógrafos a la caza). El misterio central de la vida del más grande artista sonorense. Y el hecho que tal vez posibilitó el legado inmortal de un poeta ilimitado.

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Cuando ya hube roído pan familiar / untado de abstinencia, / y hube bebido agua de fosa séptica donde orinan las bestias; / y robado a hurtadillas / tortilla y sal y huesos / de las cenadurías; / y caminado a pie calles y calles, / sin nómina, / levantando colillas de cigarros, / y hubime detenido en los destazaderos, / ladrando como perro sin dueño, / suelo al cielo, mirando a los abastecidos / me conformo, me he dicho: / Dios asiste. Y camino.

Desazón.  Abigael Bohórquez.

https://www.youtube.com/watch?v=nVnqwLbltfo

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