Solana y esos charcos de la infancia

L. Carlos Sánchez

He vuelto al libro. La sombra de su portada me ha dicho ven. Solana me convoca al recuerdo de los días de cazar pichones, apuntar sigiloso, correr tras la presa luego de verla inerte.

Solana es un poemario escrito por Fernando Trejo, poeta chiapaneco, editado por Fondo Editorial Tierra Adentro en 2014, con mención honorífica del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino.

Correr tras los arbustos, luego de un chapuzón en el canal que otrora atravesaba la ciudad. Siempre con sus ojos dispuestos. Mirarlo todo, saberlo todo. Como si la vida le hubiera advertido sobre su corta estadía en la vida misma.

Solana me lo devuelve completito. Con esa mirada de búho, siempre atento. Con esa destreza en el gatillo de su rifle de postas.

La poesía de Fernando Trejo se confecciona del recuerdo. De la travesura y el dolor. De la ausencia que es presencia si el ser querido se nombra una y otra vez.

Así estoy yo. Con el recuerdo de mi primo el Yayo que me punza en las sienes. Así está el autor de Solana, con el recuerdo de su primo Carlos a quien le escribe desde la memoria.

Carlos: Cerca de la casa visitábamos un rincón donde anudaba la lluvia su más recia tormenta. Un pedazo de trueno en el centro del patio. Láminas de hojalata. Encendedores de agua para la bacha entre los dedos. Incrustaciones de sol atadas a los ojos. Tus ojos, sobre todo. Recuerdo aquel almendro del rincón nacido en la yerba del agua. Así eran tus ojos. Dos almendros ardientes, húmedos en su cristal estancia.

Así lo miro clarito. A él, al primo, el Yayo, a quien un día nos lo quitaron a balazos. Y hubo sepelio, gritos del tío, derrumbe de los amigos, el callejón del barrio un estruendo.

Advierto que he vuelto a Solana. Después de algunos años de leerlo por vez primera. La memoria es un latido constante, un regreso a punto de ocurrir. Y cuando la vida se resguarda en cajas, corre el riesgo de diluirse el resguardo y volver a la mirada.

Y está aquí. Solana que me trae con la lectura los días de aprendernos hombres, de fumar la yerba en el vado, de perseguir a las muchachas en la falda del cerro intentando arrancarles un sí como respuesta.

La poesía un acontecimiento revelador. Encontrarse en los versos escritos por el otro. Saberse en compañía del universo cuando los pasos de joven niño indagaron al mismo ritmo, los más símiles lugares.

La adolescencia y la juventud. La fiesta y el desasosiego. Competir también es una catástrofe. Porque el impulso con el que uno se forja es tácito a la edad. No hay cálculo, no se elucubra, simplemente se es. Ya con el paso de los años esos acontecimientos adquieren un análisis exhaustivo. Se reflexiona cuando la compañía del nombre más presente se convierte en ausencia.

Carlos: En el filo de la niñez, al borde. Sobre una cuerda floja la inocencia, Alexa se abrió de piernas y nos abrió un campo luminoso de ámbares y verdes. Bailaban las muchachas sobre la mesa de cedro de mamá. Nos bailaron, Carlos, en la cumbre de la divinidad. Las nalgas de Alexa se dividían, redondas, sobre tus bermudas. La abrazaste, Carlos y te aprendí la voz con el puño que atajó la ira de mis celos. Te bailaron dos o tres mujeres, Carlos. Pero esa noche yo dormí debajo del tinaco con Alexa y me vodkeó la boca a besos, enfrente de tu sombra en la pared.

Jugamos a ser grandes. Trece años y el tiro cantado. La niña en disputa. El que pega más, gana. En el campo de beisból, cerca de las albercas, en medio de lo que antes fue un río, donde ahora hay un hotel que nos agrede el territorio que fue nuestro.

Escupimos tierra y nos mentamos la madre. Rodamos el polvo y en plena loma de pitcheo nos sangraron los labios. Luego fuimos de regreso a nuestras casas, abrazados, cantando una rola de los tigres del norte.

Solana es la poesía que me devuelve al primo. La infancia, la adolescencia. Esos charcos de crueldad donde nos mojábamos el pelo con alevosía, para reírnos el uno del otro.

 

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