Siento que en el imaginario religioso hay cosas super valiosas

Danza de las cabezas. Foto: Juan Casanova

L. Carlos Sánchez

Es preciso mirar el espacio, conversar con los técnicos del teatro, saber que cada cosa está en su lugar.

Puede que sea la obsesión o el profesionalismo. O ambos elementos. Benito González está aquí un día antes de que den tercera llamada.

Puntual y constante, Benito quien es codirector (junto a Evoé Sotelo) de Quiatora Monorriel, esa empresa dancística que llega a los veintiséis años de existencia, aporta su entereza, su bagaje, en esta edición de Un Desierto para la Danza.

La conclusión precisa de González, es que la inclusión de las propuestas de jóvenes en el cartel de esta edición, es de suma importancia. Los espectadores, lectores, los mismos coreógrafos y bailarines sabemos los por qué.

De lo que él propone como tema en la coreografía con la que abre el Desierto, a continuación nos los platica:

Danza de las cabezas es el nombre de la coreografía, básicamente es porque todo el movimiento de la pieza surge de la cabeza. Yo quería hacer una danza partiendo de lo tribal y mezclarlo con lo industrial, hacer un poco esta cuestión medio religiosa por un lado, como de rituales paganos mezclado desde una visión más fría, abstracta, y un poco el resultado fue algo que se pasea entre la religión y la máquina. En el proceso empecé a encontrar muchas analogías con 1984 de George Orwell y siento que la coreografía de alguna manera se permea de ahí también.

–¿Qué te detona para armar estos temas?

–Un poco la estética general de la obra ya iba un poco hacia esta distopía gris que plantea Orwell en 1984, pero se fue reforzando en el camino, y me gusta que la coreografía es muy abierta en lectura, de repente pueden sentirse rituales paganos, de repente se puede sentir como algo dirigido específicamente, como una celebración evangélica, la fe exaltada, lo que me gusta es rescatar de estos rituales que seguido podemos encontrar en internet, incluso los comparten en memes de repente de gente que está como en el éxtasis, la divinidad, justo esas corporalidades me interesan rescatarlas. Y el movimiento de la cabeza me parece algo muy primitivo, por eso parto de la cabeza esencialmente, únicamente, y exclusivamente de la cabeza para generar el movimiento.

–¿Cómo es el proceso de construcción con los bailarines? Te lo pregunto por la trayectoria que tienes, hay muchos años de trabajo. ¿Cómo va evolucionando tu estrategia y cómo te diriges hacia los bailarines?

–Antes era muy obsesivo, o lo sigo siendo, pero la obsesión antes iba dirigida a lo que yo quería que sucediera con puntos y comas, pero corporalizado, ahora me gusta partir de una idea que estoy planteando yo pero que se permea en ellos y que ellos la corporalizan desde su historia, no desde la mía, no desde mi cuerpo, sino desde lo que ellos pueden hacer de su lugar. Creo que eso es básico para el trabajo y para que una coreografía fluya, que se vea viva. Antes me pasaba que las coreografías salían a fuerza de chingadazos, creo que hoy el diálogo y el dejar que los cuerpos fluyan y vayan asimilando lo que les planteo como punto detonador, no como única voz, es básico.

–¿Tienes algunas premisas en el discurso que quieres decir en este momento? Lo pregunto pensando en el momento que vivimos como país, en el momento histórico que vivimos en el arte y de la misma danza

–En esta obra en específico siento que estoy dejando un campo bastante abierto, sí hay puntos detonadores muy claros en los intérpretes, lugares de donde asirse para la interpretación, es concreto el lugar donde están trabajando, sin embargo justo por el tema, que tiene que ver con lo religioso, no quiero cerrar lecturas, porque no quiero ver esto como una crítica, al contrario, siento que en el imaginario religioso hay cosas super valiosas y justo es lo que me motiva y fascina, de morrito llegar a una iglesia y ver que alguien a las cuatro de la tarde, solo, estaba rezando, esa sensación como de entrega hacia una divinidad es la que me jala para hacer esto que podría tomarse como una crítica o como un acontecimiento con el que coincides, pero esa lectura siento que no la tengo que dirigir.

–Naciste en el desierto. Por favor dame tu punto de vista sobre Un Desierto para la Danza.

–Ya esta es nuestra casa, la casa de muchos que nos dedicamos a la danza en Sonora. La primera función de Quiatora Monorriel, hace veintiséis años, ya como compañía y con programa completo, fue en Un Desierto para la Danza. Me gusta pensar que esta oportunidad que tuvimos ahora la pueda tener otra gente, es por eso que este año tratamos de incluir al mayor número posible de jóvenes sonorenses que están trabajando, que tienen rato trabajando y que creo es importante que puedan tener un espacio en este foro tan trascendente.

–El Desierto tiene la rúbrica de Quiatora Monorriel en esta edición, porque es el grupo anfitrión.

–Ya lo han dicho así, no sé qué tan cierto sea eso, pero sí el enfoque hacia las voces jóvenes en esta ocasión es muy importante para nosotros recalcarlo

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