Siempre harán falta mexicanos en EU

Alberto Armenta fue bracero en los años 40.

Omar Gámez Navo

La Tuna Lavada es pueblo en el Valle del Mayo que pierde la calma un poco cuando llegan las fiestas decembrinas, de Semana Santa y a veces durante las fiestas de la Santa Cruz.

Regresan los que andan fuera –en la frontera o en el otro lado casi todos-  a “retozar”, a quemar la máscara de fariseo o a cumplir promesas. Lo mejor es ver a la jefita y a los viejos que siempre, cuando preguntas por fulano, responden: “Dijo que llegaba el sábado de Gloria, si no, de seguro en Navidad andará por acá”.

Alberto Armenta vive en la calma de un pueblo demasiado tranquilo para lo que debió vivir en su juventud llena de trenes, aventones, trabajo duro, parrandas, tres o cuatro matrimonios y el temor de la deportación en los Estados Unidos durante los años de la Gran Depresión.

Alberto debe la narración de una historia, a su familia, a sus hijos, más bien, porque Lourdes Guirado ya la conoce. La supo cuando sacó fotos que el tiempo se ha ido comiendo. Conservarlas es mantener hambrientas las manecillas del reloj y los días en el almanaque. Luli, durante la charla ayuda a recordar detalles.

 

Las veredas de la memoria: Alberto narra

 

Sí o no, no sé, pero así les decían a los mexicanos que andaban allá “En Los” (así llamaban los viejos pachucos a Los Ángeles)  y casi todas las ciudades de California, ya sabes, les dicen el sobrenombre antes del apellido ¿Todavía será así? La música es algo que no he olvidado. Yo ni sé cantar, pero una vez que llegamos a Santa Fe anduvimos vagando un poco por allí. A lo mejor más que vagar era conocer. En los años 40 Estados Unidos era otra cosa. Los hombres, de allá, los gringos, venían de la guerra o estaban en ella, no sé mucho de eso, pero algo estaba pasando y había trabajo para todo el que se fuera para allá; entonces si había trabajo nos iban a contratar fácil, así que pues hubo tiempo de conocer un poco antes de entrarle a las pizcas. Yo creo que a lo mejor escuché o conocí a ese Flaco Jiménez del que hablas ¿Dices que toca el acordeón?

 

Origen galo

 

La familia del Alberto llegó de Francia a Sonora. Dice que su bisabuelo fue militar allá y que vino acá a probar suerte… piensa un poco y se asoma un poco en sus palabras algo de lo que habrá reflexionado al respecto a lo largo de sus 91 años y exclama: “O quién sabe a qué vino… a lo mejor huyendo, o sepa la fregada…” Cruza las piernas, se queda serio y habla de la historia aquella de cómo su familia inició en la ganadería. Dura un par de minutos el silencio y más delante de la charla dará pistas sueltas, que, parecen no importarle mucho: habla someramente de que sus pasados llegaron a un pueblo cerca de Hermosillo llamado El Sapo. No habla mucho de su familia, salvo cierta admiración por su madre y la abuela. Las recuerda muy bien.
El que escucha le dice a Alberto que ha conocido a muchachas muy guapas que llevan su segundo apellido y el veterano interrumpe “Sí, las Bourjaq siempre han sido guapas; lo vi en retratos de mi abuela y en las hijas de otros parientes que he ido conociendo”. Victoria y Jazmín, sus nietas, en medio de su ajetreo adolescente pueden apenas –antes de irse chiroteando por ahí- soportar retazos leves de la historia de su abuelo; de sus andanzas en unos Estados Unidos al que le hacían falta mexicanos y que le harán, hasta la fecha según reflexiona Alberto, pese a los presidentes que lo han gobernado desde que en los 80 (y hasta la fecha) lanzaron su mensaje de odio contra los paisas que se iban de mojados chambear a los yunaires.

¿A poco somos francesas? Cuestiona sin mucha importancia genealógica una de ellas. Alberto se quita las gafas negras que cubren un ojo que le han operado un par de veces sin que se lo hayan podido salvar de la oscuridad… Pues dicen, le responde a la nieta.

 

Estos eran dos amigos

 

Sergio y yo éramos educados y calmados; no sé si por andar en terrenos que no conocíamos, porque malos no éramos, aunque sabíamos defendernos. Como buenos compadres, antes de irnos al “otro lado” anduvimos en muchas fiestas y conocimos muchas chavalas. Era necesario saber defenderte si andabas en eso. No ofendíamos a las mujeres y tampoco armábamos broncas contra nadie.

Así, una vez llegamos a un restaurante, preguntamos por el dueño para ver si nos dejaba lavar los platos. La propietaria resultó ser una señora. Platicamos un buen rato con ella y hablaba medio raro, español, pero raro, no como pochos. Luego ella nos dijo que era de España. Y pues el restaurante de ella por las noches se convertía en bar donde cantaban; y como nos agarró cariño pues empezamos a llegar a comer allí.

Algo así como Lola, se llamaba esa señora. Ella misma nos consiguió trabajo, más bien nos conectó con alguien que nos empleó en las pizcas. Hicimos de todo, hasta cosas que no sabíamos, como manejar un tractor o cantar… Pues ya ves que te digo que el restaurante de esta señora española por la noche se hacía cantabar y en una de esas, no sé cómo, ahí estábamos Sergio y yo cantando… ¿De dónde voy andar yo cantando? Pero ni modo, le tuve que entrar. Me aventé una canción de Agustín Lara. No lo hice tan mal, hasta me aplaudieron mucho.

 

Pausa con tragedia

 

El que escribe piensa enseguida en aquella canción que se hizo poema y al revés, Deportee o Plane wreck at los Gatos, que versa sobre un avión que se estrelló en un cañón al oeste de Fresno. De esta terrible cicatriz el 28 de enero pasado se cumplieron 70 años. En esa nave iban 28 mexicanos deportados y se sospecha que el aparato no servía e iba sobrecargado y, aun así subieron a los paisanos. La prensa de Estados Unidos lamentó más la muerte de cuatro estadunidenses que también iban en la nave y redujo al resto de los fallecidos a la condición de “braceros mexicanos”.
Echemos un oído a la rola que ya la han cantado desde Joan Baez hasta Bruce Springteen; pero aquí en una extraordinaria versión con Lance Canales & The Flood.

https://www.youtube.com/watch?v=CeCstLTB0EI

 

Péndulos…

Los hombres se convierten en historia (s). No importa para cuántos o para quiénes o en dónde. Alberto Armenta lo sabe y en ningún momento de la plática se fatigó de contar parte de lo que le sucedió en Estados Unidos durante los años 40.

Regreso después de un mes para conversar más con él porque creo que falta más, sé que hay más y Lourdes Guirado, su esposa, lo confirma: “De seguro hay cosas que no te platicó porque estaba yo ahí. Alberto vivió con su primera mujer a los 14 años. Y luego no te dijo cómo y por qué se regresó del otro lado y uuuuuuhhh lo que no me ha contado”.

Voy y los busco y ahí está sentado en el porche de su casa. Me siento en un duelo del Viejo Oeste donde somos un par de vaqueros blandiendo sus armas… El que escribe ahí está otra vez frente Alberto Armenta, quien ahora está silencioso. Pongo la mano en la bolsa donde traigo la grabadora, aguzo el oído y pienso en preguntas. Alberto agarra su bastón y se quita los lentes; hay mucho en su mirada y se ve amablemente amenazador. Otra vez no habrá grabadora y él no se pondrá nervioso y contará más…

Leave a reply