Si no hubiera cantado, se hubiera muerto

Cantadoras. Memorias de vida y muerte en Colombia

L. Carlos Sánchez

La filosofía en canto. Resistir. Decir no a esa voz que se asoma dominante. La mujer un estandarte. Resistir. La sabiduría legado de sus ancestros.

Hay metáfora. Poesía. Un pájaro que funge como reloj.

Las imágenes que también construyen el guion nos dicen la belleza, el dolor catártico cuando la muerte se hace presente. Cantar.

Con la textura por demás estética, su fotografía: un poema incesante. Así es Cantadoras. Memorias de vida y muerte en Colombia, documental bajo la dirección de María Fernanda Carrillo Sánchez, y el cual se presentó en la Muestra de Cine Colombiano que organiza el Gobiernos del Estado de Sonora a través de Instituto Sonorense de Cultura en coordinación con el Gobierno de Colombia, mediante la embajada en México.

La proyección, en Museo de Arte de Sonora (MUSAS), tuvo como antelación una conversación entre María Fernanda Carrillo Sánchez y el maestro universitario José Abril. Posteriormente, luego de la proyección, el encuentro inminente se dio entre directora y espectadores. Conversación constructiva.

Amo la música y el tambor me alegra el corazón

Un día después, ya con café y esos veintes que nos caen luego del análisis de lo que se vive al contemplar una obra de arte, sostuvimos esta conversación:

–María Fernanda, ¿a partir de esta realización eres otra persona? ¿De qué manera trastoca tu vida la construcción de este documental?

–Vivo en México desde hace doce años, y una de las razones por las que también comencé este proyecto fue porque tenía necesidad de hacer algo en Colombia, cansada de esta dinámica de migrante de ir a visitar a la familia, estar unos días, comer rico e irme, pero que al final no hay un lugar claro, y en Colombia que hay tanta ebullición política, sentía yo que necesitaba generar algo para ir y permanecer.

Este proyecto me generó un reencuentro, una revaloración de mi pasado. Soy una persona mestiza con muchos privilegios, tengo un color de piel claro, y cuando me involucré con este tema, el ir a investigar y acercarme a poblaciones negras, me parecía un reto de preguntarme sobre mi propia racialidad, sobre mis propios privilegios por el color de piel y la cultura en la que vivimos, y a su vez asumir parte de mi pasado, la afro descendencia en Colombia. Creo que esa es una de las líneas importantes, el de entenderme como mujer latinoamericana hija de estas ancestralidades de las resistencias de las mujeres negras, eso es algo que hay mucho por aprender y esto fue un acercamiento que me hace vibrar.

Otras de las razones por las que me acerqué a este proyecto es porque amo la música y el tambor me alegra el corazón, y estas músicas (las que narra el documental) con este sentido de denuncia en algunos casos, o de reparación en otros, me hacen pensar también de cómo el arte puede ser una manera de reparación, y también afirmar mi camino a decidir cómo transitar un poco de las ciencias sociales hacia el cine para apostarle más al arte en los momentos en los que estamos viviendo ahora de tanta violencia en México, porque al final llevo doce años en este país, y siento que hay una correlación de muchas de las cosas que yo veo.

Y  por ahí también afirmé más el tema del arte en mi vida, siempre he tocado percusiones, en la cábula, con los amigos, con la familia, mi hermano es músico, yo estuve en coros de canto, pero a partir de este proyecto empecé a hacerlo intuitivamente, más sistemáticamente, y ahora pertenezco a una banda de cumbia y toco el güiro. Asumí que esa sensibilidad de la música me dejará permear más y expresarla en mi manera. En eso me ha cambiado mucho la vida, y también con esto de dirigir un proyecto, llevarlo a fin, que es un reto el asumirme que tenía que dirigir ese barco y pasar por un montón de momentos en los que estos proyectos tan grandes son difíciles a veces de cerrar. Un reto personal de llevarlo a cabo.

Mucha gente dice que a sus treinta años quieren escribir un libro, publicarlo, yo de treinta años me regalé la posibilidad de estudiar cine y siento que fue un crecimiento grande el haber terminado mi primer largometraje con este sentido además de construcción de paz, por el contexto en que vive Colombia, a partir de todo lo que aprendí de estas mujeres y quiero seguir pensando en otras películas que puedan aportar en ese sentido.

El canto de Ceferina y Graciela… los rituales fúnebres

–¿Este ha sido el canto más profundo con el que te has encontrado?

–Hasta este momento, sí. Para mí los cantos de los rituales fúnebres me parecen una cosa increíble, y que lleven cientos y cientos de años y que sigan vivos, y tenemos todas estas experiencias que no están en la película, de cuando apagábamos la cámara, y dejábamos de grabar y nos sentábamos a cantar con la gente, acompañar a sus muertos, a cantar, y a mí el canto siento que al sentirlo en el cuerpo evidentemente repara. Creo esos eran los momentos más profundos, cuando apagábamos la cámara y nos sentábamos a tomar aguardiente en el velorio y a cantar con la gente y a seguir sus cantos y sentir que la gente sentía que estábamos acompañando no solo porque queríamos tomar nuestras tomas e irnos sino porque de verdad queríamos ser parte hasta adonde ellas permitieran de estos cantos.

El canto de Graciela, en lengua palenquera, me parece una cosa super profunda, es muy triste que ella haya muerto, pero por otro lado es como poder decir qué bueno que alcanzamos a llegar justo a tiempo por lo menos para poder aportar un poco más a esta memoria de su canto en una lengua que ella con su vida construyó y con su muerte esa forma de hacer, no se perdió. Ahora sus hijos y familiares hacen otras cosas, por supuesto que es tradición, pero son distintas.

El canto de Ceferina es para mí un ejemplo. Cefereina es una persona que ha logrado levantarse de tantas adversidades, es absolutamente resilente, con una pureza y nobleza de saber qué es lo importante de su vida y no claudicar y lograr con ese canto repararse a ella misma. Creo que si no hubiera cantado, después de ese proceso de desplazamiento, se hubiera muerto. Y ese canto ella lo expresa como la posibilidad de vida que tuvo. Eso me genera admiración cuando la escucho.

Fue muy bonito cuando Ceferina vino a México y construimos con músicos colombianos, ella traía su tamborero, porque el bullarengue tiene que tener su tamborero, y venía con su sobrino que toca las maracas y canta los coros, pero había qué completar la banda, invitamos entonces a varios músicos, pero claro yo en todos los ensayos estaba cantando, me sé todas las canciones, las he editado por años, y Ceferina terminó pidiéndome que subiera con ella a cantar al escenario unos coros, pero me ponía en un conflicto de cuál era mi lugar, yo allí estaba como la documentalista que proyectaba el documental y éste daba el lugar a Cefernia como cantadora, pero ella quería que yo estuviera cantando con ella, fue muy bonito asumir eso y ver que le interesaba algo más que la pureza de la tradición, que yo por no ser negra nunca tendré ese color de voz, pero ella con esa invitación me constató lo que en el bullarengue se dice que es tener el tono, lo que significa que ya entiendes qué es lo que estás cantando, entiendes la tradición. Ella me dijo que yo tenía el tono y que sí aportaba, los músicos estaban de acuerdo, entonces fue muy particular vivir esa experiencia de estar en el escenario cantando con Ceferina, eso fue increíble. A mí nunca me interesó grabar a Ceferina en un escenario, que pude hacerlo, pero lo poderoso del documental es grabar la música desde donde surge y en sus contextos, pero nunca me imaginé la posibilidad de acompañarla en un escenario, eso para mí es un regalo muy grande que ella me dio.

Un canto con turbante

Al momento antes de salir al escenario, Ceferina me dijo que escogiera el vestido, y yo no uso vestido, nunca he usado, era difícil decirle que no, le dije que yo tenía un pantalón blanco y una camisa blanca, ella me preguntó si yo me iba a vestir de hombre, le dije que no, que no era que fuera de hombre, entonces ella dijo, Ah bueno, te pongo el turbante. El turbante que es un símbolo de resistencia negra, parte de la tradición, la mujer sale con la flor de San Joaquín, la flor roja, como la foto del cartel del documental, o se ponen su turbante. Entonces Ceferina me puso el turbante, salí a escena con pantalón y camisa de hombre y turbante de mujer. En ese concierto encontré un lugar en la música, distinto, por invitación, y específico, por supuesto que hay gente que viene de la tradición que acompaña a Ceferina, pero esta fue una forma de acercarme y poder tener a Ceferina en mi casa, recibirla como ella me recibió en su casa, esto es una manera de entender que el documental es más allá de hacer una cosa en pantalla, mostrarlo y que te aplaudan, es más bien un proceso y una relación a largo plazo, y seguir construyendo y seguir buscando en este caso que estas señoras tengan el reconocimiento que se merecen.

–¿Qué concluyes de esta proyección en Hermosillo?

–Un honor de abrir un ciclo de cine colombiano con la selección de películas que hay, son películas de directores de mucho recorrido, premiadas, de mucha calidad, que Cantadoras pueda ser parte de eso, me parece algo muy bonito, porque también está que no tuvimos las mejores condiciones de producción, sobre todo a la hora de grabar, porque no teníamos el presupuesto, y fue en post producción que recibimos el apoyo, pero la esencia del documental tiene esa potencia.

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