Si mataron a Javier, pueden matar a cualquiera de nosotros

Javier Valdez. Foto: Carlos Sánchez

Alán Aviña

Era un lunes caluroso cuando mataron a Javier Valdez Cárdenas. Yo caminaba por el centro de Hermosillo al momento de leer la noticia. Me quedé inmovilizado y tuve que sentarme tratando de procesar lo ocurrido.

Su cuerpo yacía sobre el pavimento a unas calles de Ríodoce. Su corpulencia impidió que la sábana azul con que intentaron taparlo cubriera su fisionomía por completo. Ni los pinches balazos hicieron que se quitara el sombrero.

Conocí a Javier en 2013, cuando viajó a Hermosillo a cubrir las manifestaciones de Los Malnacidos en la Serie del Caribe, para el diario La Jornada. Acudió a la escuela de Sociología de la Universidad de Sonora a dictar una plática y desde ese momento comenzamos una relación de amistad. Hasta su muerte.

Días después de conocerlo lo invitamos a un café para dialogar varios temas, entre ellos el del periodismo. Mientras platicábamos, Javier abandonaba la mesa cada quince minutos y marcaba de un teléfono público. Cuando se demoraba más tiempo, sonaba su celular. A cada momento revisaba los vehículos cercanos y los que pasaban a nuestro lado, escrudiñaba el semblante de quienes estaban en mesas contiguas y nunca, nunca dejaba de mirar a su alrededor.

Después nos explicó que para un periodista que había investigado las entrañas del narcotráfico, estar alerta era el único pasaporte para seguir con vida.

Ya en la noche, en una carne asada, Javier se relajó. Se sirvió agua en un vaso y whiskey, en otro, y platicó con soltura. Los amigos que nos acompañaban le relataron una experiencia impactante que habían sufrido en un congreso escolar.

Los estudiantes de la Unison escuchaban corridos, bebían alcohol y se divertían en la alberca de un hotel en el centro del País, cuando un grupo de hombres armados ingresó y los encañonó para obligarlos a decirles para quién trabajaban. Finalmente, tras enseñar sus credenciales de estudiantes, los dejaron con vida. Dos semanas después, Javier relató en su columna Malayerba lo que le habían contado mis compañeros.

En el departamento de Sociología, Javier presentó su libro Levantones. Historias reales de desaparecidos y víctimas del narco, que en ese momento era de reciente publicación. No me dejes abajo, así tituló uno de los capítulos dedicado a Alfredo Jiménez Mota, periodista de El Imparcial a quien desaparecieron en abril de 2005.

En un momento de su lectura se le quebró la voz. La imagen de Alfredo en su memoria era entrañable. Un “niñote”, así lo describió Gerardo, un periodista de Sinaloa al que entrevistó Javier para el capítulo de su libro. Pero un niñote atrabancado, que en una ocasión mientras reporteaba en Culiacán quiso ir a la casa de Javier Torres Félix, un operador de primer nivel del Cartel de Sinaloa, para tocar la puerta y entrevistarlo.

No me dejen abajo era una de las frases insignias de Alfredo, y Javier lo entendió bien. Al día siguiente de que bebimos whiskey y comimos carne asada, el fundador de Ríodoce me confesó que nunca dejó de buscar al empalmense. Preguntó a autoridades, a sicarios de poca monta, a operadores de segundo nivel y a narcos pesados sobre su paradero. Hasta que dio con alguien que le diría el lugar exacto donde estaban los restos de Alfredo. Ese narco que operaba en Guadalajara –aunque era de Culiacán, como muchos-, le haría ese favor de contarle el destino del reportero policiaco. Semanas antes de la reunión con Javier, lo mataron.

En tantos años en el periodismo de investigación, Javier cultivó fuentes de todo tipo. Su muerte estuvo motivada según los primeros indicios, por entrevistar a Dámaso López Núñez, el Licenciado, quien estaba destinado a dirigir el cartel fundado por el Chapo Guzmán. Y lo que Javier publicó durante toda su carrera fue impresionante, en todas sus facetas.

En 2016, cuando yo trabajaba en periódico Expreso, un día me marcó para informarme que en Magdalena habían encontrado decenas de cuerpos en una fosa clandestina. Era enorme, un hallazgo sin precedentes. Hice algunas llamadas, pregunté a colegas, a policías, a funcionarios, y todos de manera sospechosa desconocían que algo así hubiera ocurrido. Al final por miedo no seguí investigando. No obstante, me di cuenta que él recibía información privilegiada a la que muchos no accedemos.

Su muerte me dejó un gran vacío, y provocó un enorme hueco en el periodismo mexicano. Sus textos desnudaron la narcopolítica, la tragedia de los pobres de la sierra de Sinaloa atrapados en la violencia de los cárteles, el dolor de las madres de desaparecidos (de hecho, Javier fue quien bautizó a Las Rastreadoras, el primer grupo de mujeres en Sinaloa que busca fosas clandestinas), reveló la infiltración del narco y la mafia en las salas de redacción y su política de plomo, y la orfandad de millones de niños que perdieron a sus padres y madres en la guerra contra el crimen organizado.

Jamás pensé que las balas lo alcanzaran. Había ganado premios internacionales, era una de los voces autorizadas en el tema de protección a periodistas y sobre todo, era un tipo sumamente cauto. Antes de su muerte, algunos años atrás, las oficinas de Riodoce –el Al Jaazera sinaloense, como lo llamó Alejandro Almazán-, recibieron la visita de una granada que no explotó. Si con algo contaba la redacción del semanario, era con bagaje para sortear las pugnas del narcotráfico puestas en la lupa por sus investigaciones.

Pero en algún momento todo se fue a la mierda. Tras la última captura de El Chapo, la cabeza del cartel quedó vacante. Dámaso López Núñez se consideraba el sucesor natural. Había ayudado en la primera fuga de Guzmán Loera y se había convertido en su principal operador. Pero por otro lado, sus hijos sentían el derecho natural de dirigir los destinos de la empresa criminal. Ahí empezó el problema.

Las pugnas entre El Licenciado y los hijos de El Chapo se agravaron y el conflicto llegó a la prensa. La dinastía Guzmán envió una carta a Ciro Gómez Leyva para denunciar a Dámaso de haberlos emboscado. Éste intentó responder a través de Ríodoce, pero al final reculó. Javier y la redacción decidieron publicar de todas maneras la entrevista con El Licenciado bajo otra modalidad. Decidieron publicar la información, pero atribuyéndosela a un presunto operador de Dámaso.

Cuando El Licenciado fue detenido, Javier, después mucho tiempo pudo soltar el aire contenido tras el peligro de muerte por la publicación de la versión de Dámaso en medio del conflicto con los Guzmán. Pero al final se consumó el ataque contra el “bato”, como muchos le decíamos a Javier.

Ya son dos años de su muerte, y en el camino han seguido cayendo, abatidos, periodistas en México. Si mataron a Javier, pueden matar a cualquiera de nosotros. Eso me ha quedado claro. Su partida nos deja una profunda tristeza y la vulnerabilidad de los reporteros sigue siendo brutal. Estamos rodeados de fusiles automáticos que sin pudor activarán sus balas para callarnos, para cortar de tajo las investigaciones, el seguimiento de pistas y la publicación de testimonios, datos y documentos que revelen corrupción y vínculos del narco con la esfera pública. Espero que Javier, desde donde esté, no nos deje abajo, porque parece que aquí en la tierra ya nos olvidaron.

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