Ser un golpe

Ilustración: Bruno Herley

Rocío Castro

Para F, el peleador constante

 

Conocí a F en la adolescencia. Sin querer un día nos trenzamos a golpes y terminé jodidamente adolorida.

Nunca sabré si fue la hinchazón del párpado izquierdo, o la sangre brotando de mi mejilla lo que hizo que el chaval me despertara de aquella caída silenciosa.

Supe que sería mi amigo porque no me propinó el golpe final con el que normalmente acostumbraba rematar a sus rivales, sólo me observó calladamente y esperó a que me derrumbara.

Ser mujer no era sinónimo de debilidad para F, más de tres veces vi cómo remataba a sus víctimas femeninas.

Hace ya dos noches que vengo teniendo la misma pesadilla.

No sé si F tenga algo que ver en esto, pero tengo la sensación de oír su voz penetrando mi sueño, y luego despierto con su mirada golpeándome la respiración.

Tal vez compartíamos algo en medio de aquella película noventera que hoy veo proyectada desde una calle de pueblo. Tal vez el polvo que dejó una bicicleta o los camiones de paso me llevan hasta el lugar donde un día F quiso salvarme de los golpes que afanosamente buscaba.

Teníamos algo en común.

Degustábamos el autoexilio y las palizas.Deseábamos golpear fuerte, tanto como se pudiera, tanto como para salir del cuerpo y traspasar el espejismo que nos resultaba el mundo.

Tensar los músculos del abdomen o apretar con fuerza los puños era la constancia para sobrevivir. El tipo rudo del abarrote lanzaba un par de gritos para ahuyentarnos y amenazaba con dar aviso a nuestros padres.

Pero la advertencia carecía de significado. Esfumarnos para siempre de la familia, o como fuera que se llamara aquella fotografía parlante, no era ni siquiera un deseo. F jamás buscaría fugarse de casa sin decir nada. No era su estilo.

En realidad desaparecíamos casi a conciencia y con voluntad de ello. Nos habíamos acostumbrado al autismo del drama cotidiano, al espectro de los días tocándonos los pasos.

Vivíamos en un golpe, y para salir de él, era necesario aprehenderlo, adaptarlo al cuerpo para convertirlo en pulso y respiración.

Caminar con él. Ser él.

Pero F se preparaba para matar sin demoler. Fulminar. Esa era la cuestión.

Con el tiempo cada chaval tomó el rumbo que le correspondía. Supongo que F cursó la carrera de Química para desentrañar los componentes de todo aquello que le resultara atractivo de estudio. Lo sé por la forma en que creía descubrir lo que otros no veían o por el esbozo que dejaba escapar de su sonrisa paternalista cada vez que mi puño se estrellaba en su pecho.

¿Por qué no enfrentarnos? Dijo una vez casi como una broma sutil y tierna.

Pero no era broma.No llegué al segundo raund.

No pude romper el record  de Ruso, uno de los chicos cuya habilidad para golpear con las piernas hacía temblar a más de tres.

Todos suponíamos que el apodo le venía por aquel cuento familiar sobre su ascendencia. Rubio, fuerte, y con suficiente energía para arruinarnos el día, excepto a F.

F tenía toda una trayectoria ganada en poco tiempo. Retenía cada uno de nuestros golpes, y al poseerlos, nos convertíamos en su juego.

¿Qué pasaba en ese espacio de tiempo indeterminado?

Tal vez escapábamos de la enfermedad de los adultos: crecer sin rumbo, acumular y explotar.

Nos entendíamos entre miradas encogidas, pero sólo F lo sabía. Lo maldecía en silencio.

Comprendía a cabalidad el concepto de “distracción”. Era cuestión de sobrevivencia.

En todo ello también surgía la atracción, y debíamos ser precisos a la hora de desentrañar un sentimiento.

Había en nuestras acciones una extraña necesidad por tocar la muerte. Abrazarla. Presumirla como amiga.

Era costumbre dibujar una calavera entre dos espadas o una rosa sangrante ataviando un sepulcro con nuestros nombres. Un regalo cuya lectura casi siempre terminaba en romanticismo.

¿Quién dijo que cupido tenía rostro de niño-ángel?

Paradójicamente la muerte nos acercaba. Se manifestaba en silencio desde el estómago como una transparencia filosa y honda.

Nos perdíamos ante el azoro de no saber reaccionar ante una emoción, por ello inventamos la costumbre de obsequiarnos osamentas plasmadas en papel.

Recibí mi primer dibujo a los 12 años. Después de eso, la peor paliza de mi vida. F me destrozó el cuerpo, acto seguido, me plantó un beso y desapareció.

Tardé tres meses en recuperarme. No podía salir a la calle, no para que F me restregara en la frente su mirada triunfal. Por mi mente sólo rondaba un pensamiento: aunque fuera por una vez en la vida, F tenía que caer a mis pies,  totalmente desangrado.

Ahora que se supone somos adultos, F vuelve a despertarme.

Sabe que estoy sin estar. Sabe que aún guardo fuerzas.

Lo evoco tirando puños al aire, mofándose de quienes salen a las calles a montar un escenario revolucionario.

Al parecer, nos descubríamos ante un hecho contradictorio. Morir concentrados en dar el golpe perfecto, morir en el beso que no se dio, morir en dar el mejor estacazo, con el mayor poder.

Desconocíamos el porqué de las rutinas de entrenamiento, pero intuíamos la pobreza, la padecíamos sin la menor provocación.

Llegábamos descalzos a las contiendas. Todos queríamos usar zapatos perestroika.

No teníamos ni idea del significado de la Guerra Fría ni de qué instrumentos eran necesarios para avanzar al socialismo, pero a golpes nos abríamos al mundo de las sensaciones.

Bajo el concepto de “pelea” nacieron las risas, las miradas dulcemente distraídas, el roce de los cuerpos, el sudor en las manos ante la unión que nos sorprendía.

Capcom jamás imaginará de qué forma una de sus creaciones impactó en dos chicos pobres de pueblo.

Yoshiki Okamoto y Yoshinori Ono, nunca descubrirán la otra cara de sus monedas.

Un Hadouken liberando inconscientemente las ganas de ser un producto social. Retazos del tiempo frente a una arcade, el aparato moderador de emociones no expresadas. Ganar. Sin saber qué.

F no sólo lo intuía.

Desde que leí su nombre en un diario he querido regresarlo al juego sin artilugios de por medio.

La sola idea de saber que no volverá me transporta al lugar donde nos conocimos, y entre los golpes de aquel recuerdo, algo me empuja a querer fulminar en mí la continuación del miedo, la civilización en su apuesta por domesticarnos.

Aunque hemos cambiado, sigo en el juego. Veo a F mover mis dedos mientras sigo mi rutina de trabajo frente al ordenador. Lo siento respirando en mi oído mientras evoco su corazón latiendo en mi espalda, incluso le he visto sobrevolando mi lecho en silencio cuando la ciudad enmudece e intento dormir.

Mañana despertaré abriendo mis brazos al sol, llenaré de aire mis pulmones y caminaré por las calles de la ciudad como cualquier animal colmado de vida.

Es posible seguir, me digo, mientras imagino a F rasgando la piel del mundo en su pecho, para sentir, quizás, una vida sin “progresos”. La vida sola, inmanente, palpable, disfrutable, sin raciocinio, sin pensamientos.

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