Segunda visita a La pulquería de Fernando Robles

Inés Martínez de Castro

Caía la noche al llegar el pasado  sábado a San Pedro de la Cueva,  recorriendo  el pueblo nos  encontramos frente a la iglesia, a mitad de la calle, el ataúd rojo encendido  de doña Toñita Encinas, iluminado por cuatro cirios. Los vecinos acudían en grupos a ofrecer sus condolencias, los hombres se plantaban frente a los braseros donde chisporroteaba la leña de mezquite, platicaban en voz baja y se pasaban la pachita de bacanora. En una esquina de la plaza en grandes ollas, bullía el menudo que se ofrecería más tarde a los dolientes. Las mujeres congregadas alrededor de la difunta, tomaban café y coreaban  las oraciones de  las rezanderas y a intervalos, cantaban con voces chillonas: ¡altísimo señor que supiste juntar a un tiempo en el altar ser cordero y pastor…! Para los fuereños la escena nos parecía curiosa pero para esa comunidad el ritual seguramente reviste gran trascendencia, ratifica los vínculos sociales y su apego a una cultura milenaria que los confirma.

Estas mismas reflexiones surgen cuando he revisitado La Pulquería de Fernando Robles (2018, México, Ediciones Tecolote, 2ª. Ed.), cuyas imágenes confirman que a pesar de las influencias recibidas de este mundo globalizado, México sigue resistiendo, conservando y reproduciendo sus tradiciones, sus rituales, sus comidas y fiestas, así revalida, revalidamos nuestra identidad, a pesar y junto a los avances y cambios culturales que se diseminan a través del intrincado sistemas de redes que nos comunica.

Mi primera visita a La Pulquería ocurrió recién publicada la primera edición en 2006. El primer impacto que me produjo fue, por un lado, debido a la resignificación y renovación que el artista hace de una extensa tradición del grabado y el dibujo, al crear una obra que es hito en una larga lista de otros destacados como Durero, Goya, Picasso, Posada y de pintores de la talla de Rivera.

Con una minuciosa delicadeza y preciosismo, Fernando  crea esos mundos de calacas festivas que son contradicción en sí mismas ya que festejan la vida y la fiesta, con alegría y buen humor, estando muertos, contradicción distintiva de la cultura mexicana, festiva y trágica.

La pureza del dibujo  va prefigurando calaveras-personajes distintos con una personalidad propia y expresiones únicas  que bailan, cantan, beben, juegan dominó, o algo parecido y cartas, hay en estos hermosos murales niños, niñas, mujeres, rotitos, chinacos y chinas, catrinas, catrines, músicos, todos ricamente ataviados con rebozos, trajes bordados, encajes y elaborados peinados, que abarrotan las pulquerías, adornadas con papel picado, flores, santitos, velas.

Desgraciadamente las pulquerías, donde se ofrece esta bebida de origen prehispánico, son una tradición que se extingue:  ya no habrá más macetas de dos litros, bolas, cañones de a litro y los tornillos, estos últimos servidos en una bisagra (tabla perforada en la que cabían seis tornillos), recipientes en los que se servía el pulque:

 Sabroso blanco licor,

que quitas todas las penas,

las propias y las ajenas,

no me niegues tu sabor.

En estos espacios de catarsis, los músicos pulsaban arpa, salterio, guitarrón, violín y bandolón con los que amenizaban esas tertulias del pueblo, en las que se bailaban jarabes y sones, y en las que de repente surgía el grito a todo pulmón:

Agua de las verdes matas,

tú me tumbas,

tú me matas,

tú me haces andar a gatas

Allí en las pulquería todos cabían, eran democráticas, y se podía y aún se puede  degustar los curados de tuna, de lima, de fresa o nuez, también de pepino o tejocote o el tradicional blanco que probé hace algunos años en Teotihuacán y sólo eso, pulque, la baba sagrada, ya que “le falta un puntito para ser carne”, dicen.

Las pulquerías como tal serán parte del olvido pero la celebración festiva de la muerte ha extendido y fortalecido en nuestro país, se multiplican los altares con sus, sus calaveras de azúcar, flores de cempasúchitl y pan de muerto, no se han dejado de publicar los versos pícaros de las calacas literarias, y Fernando Robles ha contribuido a ello con este trabajo y el que envió el año anterior “Fandango de muertos” para exhibirse en la Quinta de Anza.

Además del maravilloso contenido  de “La Pulquería”, que reproduce  los murales de Fernando Robles, se incluyen los textos de Claudia Burr y Elena Poniatowska, con quien ha realizado el pintor otras obras como El niño estrellero publicado por (2014, México, Conaculta), El burro que metió la pata (2007, México, Ediciones Tecolote) o La Adelita (2006, México, Ediciones Tecolote). No quiero dejar de hacer referencia al formato de la edición que es un guiño a los antiguos códices mexicanos realizados en amate, es un hermoso libro-objeto plegable con seos láminas, que se puede exhibir como la obra de arte que es.

Pero ¿quién es Fernando Robles?, sólo les daré unos datos biográficos, que de ninguna manera describen la riqueza de su persona y de su obra, pero aquí va:

Fernando Robles, nacido en Etchojoa es en realidad un ciudadano del mundo, porque ha recorrido una gran parte de él en su bicicleta y con su imaginación creativa, estudió escenografía en la Universidad de Sonora, y posteriormente realizó estudios de pintura en Guadalajara, ciudad que recorrió feliz bailando y cantando, allí formó parte del taller “Olinka” de la Universidad de Guadalajara, mientras vive en un minúsculo cuarto de azotea. Expone en México, en Nueva York, en París donde vive y obtiene el premio del Festival Internacional de Pintura  de Cagnes-sur de-Mar. Expone en Londres, Lyon, Luxmburgo, Chicago y Sao Paulo y en muchas otras ciudades. Viaja a Argentina y llega en bici hasta de México hasta la Patagonia, y ahora está aquí con nosotros, vuelve a su desierto.

El oficio de Fernando Robles, pintor, ilustrador, dibujante, escenógrafo, diseñador, viajero incansable y apreciado, muy querido amigo, se demuestra en estos murales, por favor obsérvenlos, disfrútenlos, busquen y rebusquen y tal vez en algún parroquiano se reconozcan. Salud!!!!

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