Roma al final de la vía, de la vida

L. Carlos Sánchez

La nostalgia inexorable. Duele verla en la vida de los otros y ser uno mismo.

Una de las funciones del arte es encontrar lo que se es. El teatro, por ejemplo (cuando está bien hecho, y dicho) nos brinda la posibilidad de regresar a esa locación a la que fuimos cuando niños. O reencontrarnos con la promesa aquella que un día con la vida pactamos.

Viajar es quizá uno de los deseos más apremiantes del ser humano. Conocer las otras culturas, los otros ritmos de vida, las más diversas actitudes y formas de mirar. Encontrar lo que se busca. Quizá sin saber que lo que buscamos es a nuestro yo interior.

Ayer estuvimos allí. En ese páramo (paradójico) que es el escenario. Teatro Emiliana de Zubeldía de la Universidad de Sonora. Acudimos otra vez en búsqueda de la contemplación, el divertimiento quizá, el deseo de aprender, la válvula de escape a todo los días de violencia y beligerancia que es lo mismo y es igual.

Y ya en la butaca, encontramos la música (en vivo) como un remanso, prestísima, con la sugerencia de aquel lugar al que también un día asistimos porque fue domingo y la familia a convivir bajo el más enorme de los árboles.

Guitarra, violín, Tololoche, acordeón. Una y otra vez la música como recuento de identidad.

Puras de las que nos cantaban los abuelos cuando morros. Puras de las que estremecían los párpados de mi padre el Pando ya desde muchos años ido a otro páramo más allá.

Qué maravilla es el arte cuando se necesita y se encuentra en él lo que se busca.

Anoche hubo ese encuentro. Ante un texto de Daniel Serrano, dramaturgo de oficio riguroso, y ante la dirección de Arturo Velásquez, también de oficio y gran bagaje en eso de conducir a los actores.

Estuvimos allí, ante esa obra que se titula Roma al final de la vía.

De agradecer la inteligencia de la dramaturgia. Plausibles actuaciones de jovensísimas muchachas que acuden a la Academia de Arte Dramático de la Universidad de Sonora. Qué bendición este departamento al cual el único requisito oficial para ingresar es la necesidad de aprender.

Digo ahora lo que me hizo sentir la existencia de ese tren en la memoria. El tren al que trepamos los espectadores, a ese mismo tren al que tangiblemente no treparon los personajes en escena, pero al cual, sabemos que subieron una y otra vez. Porque no hay mayor acontecimiento en la vida que ese que se desea con fruición. El deseo como una ficción noble y generosa. A la cual hay que trepar siempre.

Emilia (Gesen Manrique) y Evangelina (Ángeles Cancio). Personajes que como maquinistas conducen la historia. Desde ellas, con sus diálogos y acciones, nos convocan a la revisión de la historia nuestra de cada día.

Insisto en la inteligencia de la dramaturgia. La habilidad para retratar las facetas que vivimos al paso de la vida. En este caso la vida de dos mujeres que con inteligencia también, nos cuentan las pequeñas y maravillosas cosas, los sueños y tragedias. El momento crucial cuando el cuerpo instruye la transformación de la infancia a la adolescencia y luego hacia la juventud.

Vendrá también la edad de ser madre, la senectud. Y siempre soñando con ese viaje a la Roma hipotética, la que solo en la imaginación se realiza.

Qué lindo es jugar con la realidad, convertirla en ficción y viceversa, convocar al espectador y dejarle las puertas abiertas para las conjeturas. Llevarse de la noche de teatro un cúmulo de preguntas para compartirlas con la almohada.

Tiene entraña esta obra. Y se oferta al intestino de quien mira. Los acontecimientos más desoladores. ¿Qué es uno ante la muerte de quien alguna vez nos acompañó en la cama? Bajo el mismo techo y por muchos años.

¿O qué hacer ante la ausencia de aquel que no volvió?

Lúdica y profunda. Así se nos muestra la existencia de esta obra: la exposición de las mentes, la entrañable historia de dos vidas que se comparten desde la amistad.

Dan ganas de abrazar a la abuela, proteger a la niña, conversar con la señora y decirle que hay otros caminos. Roma puede ser uno de ellos.

 

 

 

 

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