Rebelión

Foto intervención de Clotilde López

L. Carlos Sánchez

Los vi en procesión. Gritaban consignas, aplaudían adherencias de la raza que encontraban a su paso.

Eran los estudiantes, mil novecientos setentaiséis. Exigían igualdad, reclamaban la liberación de camaradas presos.

Trepé a la barda de la escuela y me uní a los reclamos, la maestra señorita Cristina me jaló de la camisa, cegó mis oraciones solidarias.

No entendía el contenido del discurso, sin embargo, el fragor en el decir me llenaba de enjundia, por consecuencia quise ser uno de ellos. A partir de esa mañana, a la hora del recreo en la primaria Leona Vicario, me disponía a esperar el tumulto. Comía torta de huevo que mi madre envolvía en el pan virginia. La cocina tenía estufa de petróleo y vivíamos en una invasión al surponiente de la ciudad.

Nunca más regresaron los gritos como reclamos, ya no volví a sentir el estruendo febril dentro de mi pecho. Empero, la vida pasa y la memoria es un bendito refugio de esos años de aprender los días, la selección natural de los acontecimientos con los cuales uno se identifica.

Quise desde ahí, ser un rojillo. Acudía ferviente a las pintas en las bardas, me las aprendía de memoria y celebraba el riesgo de los valientes que transgreden las normas de autoridad.

Pasaron los años y me fui involucrando en los movimientos, aspiré de cerca el fétido olor de la derecha, abominé sus desplantes y aborrecí su manera corta de ver el mundo. Luego me enteré que con chacos y garrotes sofocaban protestas de los activistas. Luego a uno de los más aguerridos le cegaron el paso por la vida.

Dólar camarada, tu muerte será vengada. Leía las pintas y un sonido de rencor me rugía en los bronquios. Un día, a los años, dos o tres, cuando trabajaba de patablanca que no es otra cosa que ayudante de albañíl, en la colonia Jesús García, me encontré a un chavito de miradas por demás tierna. Nos hicimos compas. Sin advertir nada, con la inocencia que dicta la edad, me soltó el plomazo: “Me mataron a mi papi”. Me enteré pronto que su padre (que en realidad era su tío) era el Dólar camarada.

Cuánta capacidad para el odio, me dije, recordando los años de mi estadía en la primaria, la imagen clara de una lucha legítima de la cual a la postre entendí de sus argumentos.

Luego vinieron las otras historias, el abuso permanente de la autoridad en contra de quienes piensan distinto, la soberbia de pretender controlarlo todo, la audacia inherente de los que desean un mundo equitativo: activistas les nombraron para siempre.

Ocurre que a esos que me marcaron para siempre, les he vuelto a ver. Ahora desde la sugerencia de la imagen, el arte que es de quien lo necesita. Los matices, el volumen y la poética que implica el viento.

Los he vuelto a ver desde adentro, o desde fuera, en la propuesta plástica que construye Clotilde López, quien, en su afán urgente de encontrar, propone los volúmenes de la belleza. Naturaleza, cuerpo, movimiento, desgarradores coloridos. Afables también.

Afables como lo son en esta historia de golondrinas que emergen del pecho de los estudiantes, quienes in situ, en el campus de la universidad, regresan a la vida, luego de su desaparición forzada, a este terrible otoño que nos conmueve a todos.

Regresan en un mundo sutil de amarillo pleno, metáfora de luz apacible. Vuelven con la pulcritud de sus manos, la impresionante maravilla del cuerpo franco que narra la existencia del amor a contracorriente.

Todo esto enmarca la existencia de una pintura, las aves en multitud, las cruces al fondo en nombre de nuestros desaparecidos. Todo esto es posible gracias al arte que convierte en milagro los días magros e infaustos.

Leave a reply