Reader´s Digest

 

Fernando Trejo

El cerebro tiene pasillos que superan el límite del espacio físico.

Emily Dickinson

 

Toda técnica de construcción logra al fin su forma eterna,

su expresión fundamental que a partir de entonces se perfecciona y afina.

Ernst Neufert

 

I

Toda técnica de construcción logra al fin su forma eterna,

leería Adán Verdugo,

en una Reader’s Digest en la cárcel.

 

 II

Sus veintisiete años lo vuelven un cuerpo

de sesenta y cinco kilos.

Cuelga su mochila a la sombra de un árbol,

se vuelca una visera en la cabeza.

 

Su hermano Juan Verdugo, de veintiuno,

pica el concreto donde cavará después la tumba

de mi abuela.

 

Con cuarenta ladrillos,

los Verdugo borrarán para siempre

la risa de María Luisa Sirvent Rincón,

el beso que mi madre

puso en la entrada de mi casa

como un muro.

 

Y habrá holanes de humo

en la copa de los árboles.

Círculos espesos de cemento

se entregarán al sol.

 

III

Juan saca una botella de una mochila de manta,

se aproxima a una pared y bebe un sorbo.

 

Adán atrapa la música en su caliza mano. Fotografía la escena

y la obturación le hace recordar:

cristales rotos,

asalto a licorerías

y farmacias.

Perforaciones con la punta de un desatornillador.

 

Adán se tundió a golpes con el Micro.

Perdió tres dientes,

se rompió un par de costillas

y aprendió a hacer la talacha del preciso.

A disposición de la administración penitenciaria,

Adán cavó en el hoyo

en un lapso de cuarenta y ocho horas,

pedazos de su delgada muerte,

y conoció el icónico rostro de la oscuridad.

 

En la celda de observación y clasificación,

a Adán, una voz le profirió matar al Micro.

Pero llegó antes su boleta de libertad

y vagabundeó en cementerios,

donde desquitó su llanto

cavándolo

toda vez.

 

IV

El Mediavida le presentó a Adán a la muerte en El Arcano XIII.

Le anunció

que la vida

del otro lado de la vida

pesa menos. Alma es.

Aunque la muerte no siempre significa desprenderse.

Las voces que suenan en el aire tienen una intención.

Adán Verdugo se llenó la cabeza de ciudades con

voces que no le pertenecieron.

Por eso ahora construye los ecos

que le suenan en el pulso,

de una muerte a medias.

 

V

Adán lee en una Reader Diges ́t

que en la mansión Raynham Hall,

en el condado de Norfolk, Inglaterra,

el 19 de septiembre de 1936,

se aparecería en la fotografía de Hubert Provand

e Indre Shire, una mujer fantasma.

 

La metástasis del Mediavida se replegó una tarde de abril por toda la penitenciaría.

Su muerte fue delgada como la transparencia de los presos.

Los presos suelen ser etéreos

porque los muros

son boquillas de pez succionándoles la razón.

 

Incoloros reos del cáncer de la soledad. Yermos.

 

La muerte del Mediavida podía pasar entre los barrotes de la celda.

Su muerte desprendía formol, salinidad. Sin embargo,

a Adán seguía burbujeándole su voz en las rendijas de la tarde.

Le aparecía colgado al masticar postillas de luz

frente a su cama, y aparecía en cuclillas,

sin rostro,

a escasos centímetros del piso.

 

Hijoeputa,

decía Adán,

déjeme en paz.

 

Pero no.
La muerte mucho de anzuelo trae.

 

Noviembre y madrugada.

Adán lee en una Reader Diges’t

que Zona Heaster fue asesinada por su esposo

Edward Stribbling, un herrero poco educado

y como él, lleno de cárceles. Que Mary Jane,

la madre de Heaster declaró haber tenido

la visita de su hija muerta,

quien le confesaría el asesinato.

Que la autopsia reveló que, en efecto,

el espectro decía la verdad.

Que por única vez en la historia,

un juez dictó sentencia en función

del testimonio de un fantasma.

 

VI

Juan se evapora con el humo del cigarro.

Adán tira el escombro.

Y en la tumba

algo como una mujer sostenida en el aire,

les muerde el miedo que se atora

en el lodo.

Se desprende un relámpago

detrás del árbol donde los que atestiguan el entierro

se asoman como recién crecida hierba.

Una especie de ausencia emana una voz.

Los jóvenes obreros se tallan el silencio

en sus costillas

como si el valor pudiera arremangarse.

 

Forman de piedra sus puños.

El miedo que se ofrece detrás de sus orejas chisporrotea.

 

Juan y Adán regresan al mortero.

La harina de su piel se hiende en ambos.

Adán avienta la colilla a los pies de las raíces de mi abuela.

Ha quedado en su espalda la mirada espectral.

Ha quedado un fantasma programado en la metástasis del miedo.

Adán clava sus ojos a las dos cuencas abisales que tiene por ojos el espectro,

de pie,

detrás de la enramada reja de barrotes,

fluye

a través de sus poros, luminoso,

el rostro de una entidad

antropomórfica.

Adán cimbra las varas de su cuerpo,

trastabilla y le recuerda a su hermano

menor

que hay espíritus comunes como

Dorothy Walpole

y Zona Heaster,

que todavía marcan a los vivos

con la blancuzca forma

de las apariciones.

 

Sabe Adán que la belleza deambula en la invisibilidad.

 

Una visión es el producto de una imantación que causa un tráfico de sordos,

leería Adán Verdugo, en sus años de interno, en una Reader’s Digest.

 

Años más tarde junto a su hermano Juan construirían la tumba de mi abuela.

 

Fernando Trejo. (Tuxtla Gutiérrez, Chiapas, 1985). Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma de Chiapas y un diplomado en Guion Cinematográfico del Centro Universitario de Estudios Cinematográficos en la Universidad Descartes. Ha publicado varios libros de poesía como Solana, Ciervos, Base Atenas y La abuela está en la casa porque he visto su voz. Estos poemas, pertenecen a este último. Fue becario del FONCA en el programa de Jóvenes Creadores.

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