Rastrojos: dícese de lo que queda en el campo luego de levantar la cosecha

L. Carlos Sánchez

El título una metáfora. El contenido: descripción real y fantasiosa. Obra dramática de Roberto Corella: Rastrojos.

Publicada en 2013 bajo el sello editorial PASODEGATO, esta propuesta en diálogos se avizora como el parto de un trabajo de investigación. Las horas en hemeroteca, el cansancio en la mirada. El júbilo que desciende a la palabra y se concreta igualmente desde la imaginación, los posibles que pueden construir el contexto de acontecimientos alevosos y cruentos, en tierra agreste.

Sucedió en Bacapaco, Municipio de Huatabampo, en la década de los cuarenta. Datos de los que puede prescindir el autor. No obstante, el punto medular de la propuesta para montaje surge desde ahí.

Con espanto y algarabía. Así el espectador que es lector en la butaca de las páginas, debe ser que da lectura. Porque no se puede escapar del asombro que dicta el contenido en cada uno de los diálogos y descripciones. La estructura lúdica, con personajes extravagantes, en medio de un circo que es la vida, la analogía de cómo se venden las noticias en los pueblos en antaño. Pásele que usted verá cómo se entierra a un hombre y días después volverá ileso.

Escabroso el tema. Periodístico y narrativo. Conmovedor. Porque después de los acontecimientos que explora y propone Roberto, nada ha vuelto a ser igual en quienes llevan por apellido Huipas. La fonética como una condena.

Y aquí, en este espectáculo que escribe y describe Roberto Corella, si algo hay de sagrado, es precisamente los recursos estilísticos con los que edifica el planteamiento general. Porque los lectores acudimos a una cita con el realismo mágico, los tiempos, el ir y venir, las locaciones como escenografías.

Los muertos que hablan, nos regalan el más intrincado pie para la participación dentro de la obra. ¡Aguzado lector!, podría creer que dijo Roberto mientras escribía.

La libertad en las interacciones de los personajes. Los muertos que tienen voz. El cuerpo desollado que también habla. Un pene y los testículos, el policía que es un payaso, el llanto y el dolor de la madre por el hijo muerto, por el hijo vivo condenado al paredón.

¿Cómo se hace para escribir lo mayormente posible de un tema manteniendo la verosimilitud? Con este riesgo que asume Corella. Pensado en los recursos escénico posibles para un montaje, asumiendo las capacidades creativas del director y confiando en la inteligencia (lo digo de nuevo) de los lectores. Los hechos verificados en los documentos que se consultan.

La investigación es una de las herramientas más preciosas en Corella el dramaturgo. Los temas: parecerían que ellos lo eligen a él. Como es este caso de los Huipas, homosexuales de la etnia mayo que asesinaban y castraban a sus: ¿enamorados, víctimas, los parlanchines que se burlaban de sus preferencias?

¿En qué momento se toma la licencia un escritor de indagar y decir la vida de los otros?, me pregunto. ¿Existe la reflexión, el respeto, la compasión por los que aún viven?

Me lo cuestiono pensando en los herederos de apellido Huipas, que si bien es cierto no son solo Huipas los involucrados en éstos crímenes que se plantean en Rastrojos, la historia se ha escrito con ese apellido.

Pienso y concluyo que la dramaturgia se escribe pensando en el montaje. ¿Quién, cuándo, querrá montar esta propuesta? Nada fácil se avizora el reto. Menos aun si la mayor apuesta cotidiana es sobre aquellos temas que nos conviden a la risa, al esparcimiento.

Rastrojos no blande la estampa de la paz, ni se vuelca a la complacencia. Con argumentos urde lo sórdido de la existencia, expone sin ambages el olor fétido de los cadáveres, el detalle de un falo disecado como instrumento de placer.

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