Radio Capitán

L. Carlos Sánchez

Acudir al teatro, disponerse a creer. Saber que lo que se observamos tiene como punto de partida un guion. Entender que estamos frente a una historia que se cuenta desde las obsesiones, la elección de un discurso que el dramaturgo necesita decir.

¿Y qué sucede cuando la dirección del montaje nos ofrece la vida de los actores, sus posibles experiencias vivenciales, sus frustraciones y alegrías? A mí me nacen ganas de agradecer. Porque no hay más: acudo al teatro para que la realidad me aprehenda. Acudo al teatro para encontrarme conmigo a través del otro.

Radio Capitán es una obra que ocurre dentro de una cabina de transmisiones. Ocurre también dentro de la infancia, dentro de la adolescencia, dentro de un cúmulo de verdades que los actores nos ofertan a veces desde el testimonio, en ocasiones desde una canción, incluso desde el juego en la infancia.

Radio Capitán es una producción de Colectivo Hipocampo. Y se presentó en Andamios Teatro que es la Casa del arte como una referencia en la ciudad, allí donde la oferta escénica es constante, donde sabemos de antemano que acudir a ese espacio es acudir a la intimidad del arte, la cercanía con lo que se nos dice desde la actuación.

En Radio Capitán estamos frente a dos actores, bajo la dirección de Sara Tolosa, que de pronto juegan a ser ellos mismos: Nabila Nubes y Daniel Borbón. Con energía punzante en su desempeño, ambos muchachos destellan pasión y jovialidad, deseo y entereza por lo que se hace. Contaminan de tanta vitalidad. Y de manera intermitente nos llevan al análisis de la crueldad que significa el paso por la vida.

De manera sutil, sin aspavientos, sin panfleto, sin juzgar, sin alarde. Estamos allí frente a ellos siendo nosotros mismos. La primera vez en un baile multitudinario. La desolación que es el recuerdo, ese zapato a manera de detalle que se extravió en la muchedumbre, la factura que hay que pagar en manos del padre que reprende.

Todo eso que fuimos de jóvenes. Incluso ese rincón inexplicable en el que nos refugiamos cuando las manos adultas hurgaron nuestro cuerpo, lo revivimos en Radio Capitán.

Con la inteligencia que es la sugerencia. De pronto en un juego de niños la analogía de un príncipe que toca a una niña, esto en representación de un muñeco y una muñeca, nos revela la crueldad de la indefensión cuando ese barbaján acecha inevitable en el momento menos esperado. Inerme ante la vida porque es un momento en el que nadie estuvo para cuidarnos.

También la risa, la banalidad expuesta y a manera de crítica sobre el contenido fatuo de la mayoría de programas que nos venden cotidianamente en las diversas frecuencias de la radio. En Radio Capitán las historias nos llaman a cuentas en lo social, lo que hay afuera, y en lo interior: ¿de qué estamos hechos?

Tiene este montaje la potencia diversa. El poder de llevarnos a través de las notas al más puro reencuentro de la nostalgia a través de la multimedia. Los videojuegos que ya son y estuvieron como parte fundamental en nuestra formación. La nostalgia por lo que dejó de ser.

Nada es de gratis. Los elementos puntualmente distribuidos sobre el escenario, forman parte de un todo, ese todo que es el tiempo más entrañable, justo ahí donde se forma la personalidad: infancia, adolescencia, justo ahí donde se nos parte el corazón de tanta decepción.

Exhibe este montaje incluso la crueldad como ingrediente sine qua non en lo que se dice amistad. Los personajes en una caminata sobre la milla de la Universidad de Sonora, extraen los trapitos y los ventilan al sol que es la mirada de espectadores. Sin sutilezas, la neta, como va. Eres un pendejo por esto, eres una solterona por que sí.

Los muchos temas que tienen qué ver con nosotros mismos, lo que somos. El convite a nuestra época desde una canción que se escucha dentro de la propuesta escénica. La anécdota de cómo y por qué esa rola nos lleva a un momento fundamental de nuestras vidas.

Radio Capitán, en lo personal, me guiñó el ojo desde el primer instante, lueguito de tercera llamada. La energía con la que los actores abordan el escenario, en sus pasos de baile, me llenaron de energía. Quise estar allí, brincar y gritar, extraer lo que traigo dentro.

Luego, ante un sorbo de cerveza Indio que los actores nos ofrecieron, la claridad mental cobró fuerza, la imaginación me puso de nuevo en el interior de esa disco en la que de adolescente una tarde también bailé. Y me enamoré.

No podría cerrar este texto sin decir el dolor que me provocó el personaje que es Daniel. Su canto sentido de una rola que por aceptación entona ante sus hermanos. Los versos dichos en búsqueda de aceptación. ¿Qué mejor manera de exponer la crueldad ante el rechazo de ese que no es igual que nosotros? Es la ocasión en la que Daniel se pudo sentir parte integral de una familia. Antes nunca.

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