Quiubo mión

Marco Tierrita Castillo

Ya está el desayuno, mijo. Me dijo la amorosa e intermitente voz de mi Nana Ata. Así le decía de cariño a la mamá del Tierra. A esa hora de la mañana, por su constante tos que le provocaba el humo de una hornilla de leña, me había despertado.

Yo debía tener entre seis y siete años de edad, cursaba primero de primaria en ese ejido, a solo cien kilómetros de distancia de la ciudad. Con esa edad y viviendo solo con mis abuelos paternos y otros dos primos mucho más grandes que yo, sentía que estaba mucho más lejos.

Me encontraba en la cama de los abuelos cuando mi Nana estaba en el menester de levantarme para desayunar ya que tenía que asistir a la primaria que constaba solo de dos salones de clases, así como de dos maestros. Yo solo conocí a la maestra encargada de impartir en el mismo viejo salón a primero, segundo y tercer grado a la vez.

Una vez instalado en el comedor de mi Nana Ata lo miraba a él. Quiubo mión. Me decía con gruesa, ronca y serena voz. Nunca supe si mi Tata Chapo llegó a estar en verdad molesto conmigo por meterme cada noche a su cama, cada noche con un pretexto distinto de mi parte para lograr acomodarme entre ellos.

Hoy cada vez que lo recuerdo lo veo allí, sentado a la cabeza de la mesa, de lado, para poder recargarse en la pared y poder recargar su codo en el respaldo de la silla. En mi entonces inocencia pensaba que mi tata chapo usaba una especie de uniforme así como yo para la escuela. Él tendría el suyo para sus quehaceres: Sombrero de palma, pantalón de mezclilla, tegüas, y una camisa manga larga que a veces recuerdo verde olivo y otras me convenzo de que era color caqui. Llegué a pensar que ese cigarro de papel arroz que una vez prendido lamía y saboreaba como si fuese el último, era también parte de su uniforme.

Él se quedaba mirándome y su mueca adornada con el humo del cigarro comenzaba a convertirse en una leve sonrisa que me anunciaba que ya no estaba enojado y que todo lo que hablé de ocurrencias en el desayuno funcionaron para que se olvidara de momento de aquel atrevimiento mío de haberlo hecho dormir incómodo y de pilón despertar mojado de su espalda.

Anda, termínate tu café, se te hará tarde, interrumpía mi Nana y yo sabía que era hora de buscar mis útiles: tres o cuatro libros de texto, de los cuales, aún recuerdo su olor, dos cuadernos y un lápiz que por motivos inmemoriales siempre era corto y sin borrador.

Me apresuraba a ponerlos en la improvisada mochila, blanca con un incomprensible dibujo azul al centro y unas letras que con el tiempo en clases descubrí que decían Blanco. No la vayas a romper, decía ella mientras me ayudaba a meter cada uno de mis brazos por las azas ya que yo insistía que la llevaría a mis  espaldas, como todos, decía yo y ella aun en desacuerdo cumplía mi petición.

El horario de clases debió transcurrir muy rápido o muy lento para mí. No recuerdo mucho. Solo los detalles que he podido retener en la memoria. El hecho de que ahorraba dinero de vez en cuando con la maestra y llevaba el apunte rigurosamente en una diminuta libreta de color café. Y el hecho de que la maestra a determinada hora pasaba a ciertos alumnos para servirse con la cuchara grande al darles acertados golpes en el filo de las uñas con un aterrador metro de madera, el cual solo tomaba para dicho proceder. La hora del recreo pasaba desapercibida para mí, no me interesaba ninguna actividad física, aprovechaba para darle vuelo a mi mente e imaginar que en cualquier momento llegarían por mí, como si estuviera allí solo de paso.

Ya una vez en casa prolongaba de manera astuta, según yo, la hora de comer.  Esperaba a que llegara de la calle el Alex uno de dos primos con los que convivía en casa de los abuelos. Y no lo esperaba por otra cosa que no fuera un añorado trago de soda que por alguna razón él siempre tenía y la mayoría de las veces yo no.

Pasaba la tarde paseándome por la casa, curioseando, ya sea en el cuarto de mi Nana, observando inalcanzables velices laminados de colores oscuros que pertenecían a mi Tata, donde según yo, guardaba interesantes y extraños tesoros, nunca me fue permitido siquiera tocarlos, por algo estaban en lo alto, sobre montones de cosas que ni siquiera recuerdo qué eran.

Otro tesoro que sí logré mirar en varias ocasiones, fue el que más a la mano estaba, pero que ni de chiste me atrevía a tocar, a menos que mi Nana de vez en cuando me alcahueteaba para darme una pequeña cucharada, siempre y cuando mi Tata no se enterara. Nunca he disfrutado tanto de una cucharada de crema de cacahuate, tal vez por eso hoy en día cuando paso por los pasillos de algún supermercado y miro dicho manjar me parece verlo a través de aquella alacena color verde y mosquitero negro y es entonces que me descubro a mí mismo mirando a los lados, deseando que no haya nadie en ese pasillo de supermercado para atreverme a tomar un frasco para mí solo y llevarlo a mi propio escondite, como lo hacía mi Tata.

Conforme pasaba la tarde y la familia Zazueta llevaba por segunda ocasión en el día a tomar agua a su ganado, un nerviosismo se apoderaba de mí. Era la hora que le tocaba hacer su aparición y pasar de largo a aquel viejo camión rojo y blanco. Mientras lo veía venir mi corazón parecía querer obligarme a dar un paso al frente de lo recio que latía, pero nunca hubo hora en la que yo permaneciera tan inmóvil, tan concentrado.

Me recuerdo allí en medio del corral de la casa con mi pantalón sucio y mi cara limpia, mis brazos abajo, mis puños cerrados, mi cara en alto, inmóvil como queriendo dar buena impresión. Y solo mis ojos seguían a aquel empolvado camión, hasta perderse sin haber hecho la escala que yo anhelaba.

Después de ese acto cotidiano me volvía de nuevo a la casa donde de alguna manera se cruzaban las miradas de mi Nana y la mía, por un segundo, o más, ella solo me seguía el juego de fingir que nada pasaba, que era un carro más pasando por el frente de la casa.

A partir de ese acto diario del camión empolvando mi cara, ya nada importaba hasta la hora de cruzar la calle y apersonarme con o sin previa invitación a la casa de mis tíos Chente y Martha, ésta hermana del Tierra a quien yo en ese entonces tenía de conocimiento llamarlo Papá.

El motivo de mi visita a casa de los tíos no era otro que ver la televisión a color que postraban celosamente sobre un metálico mueble de su sala con piso de color azul marino. Allí me sentaba por horas a ver en silencio, así tenía que ser, y si de vez en cuando lo olvidaba tenía a mi tío Chente quien sin quitar la vista del televisor me lo recordaba llevándose su índice a los labios y haciendo una mueca con los ojos, indicando que era en broma, pero en la parte de guardar silencio no lo era tanto.

Cuando el sueño estaba por vencerme me dirigía a la casa de nuevo, a medio camino de vez en cuando volteaba solo para constatar que mi tía Martha seguía parada en medio del arco de su porche con pisos de color rojo.

Al entrar a la casa que ya solo estaba alumbrada por una lámpara de cerámica larga y blanca y por la vislumbra del televisor blanco y negro de mi Tata mismo que según yo le había regalado su hijo el Tierra.

Ya duérmete, me decía mi Nana con su voz forzada y esquivando la tos que le provocaba el humo de la hornilla, pero nunca apagaba su cigarro.

He aquí cuando más volaba mi mente, me empezaba a preguntar cuánto tiempo haría si me regresaba a la ciudad caminando, y me imaginaba que si caminaba por las vías del tren podía llegar a la ciudad más rápido. Todas esas preguntas, una y otra vez, me secaban lágrimas sigilosas. Después me levantaba cansado de llorar y mientras caminaba hacia aquella vislumbra de televisor blanco y negro solo quedaba por preguntarme: ahora qué pretexto me inventaré para poder ganarme el tan añorado: Quiubo mión.

15 Responses to Quiubo mión

  1. Holaaa si será triste pero todo es crecimiento espiritual..y una Gran forma de valorar la vida los hijos la familia ..porque hay quienes tienen todo y aún así no le toman importancia .el valor a los abuelos Ojalá algún joven lo leyera y así le daría el valor a quizá no tener aparentemente nada y a la vez tener todo el amor incondicional de los abuelos.

    • Definitivamente es asi. Esos dos pilares de la familia que fueron mis abuelos que sabian dar todo aun sin tener nada en ocasiones.

      Gracias

  2. Una historia muy conocida para mí. Una infancia dura, pero que ya quisieran haber tenido la mayoría de las nuevas generaciones, por la abundancia de experiencias inolvidables.
    Somos el resultado de esas vivencias, por eso somos habilidosos y honestos.
    Sí que tuvimos buena escuela, (algo que nunca supilosben su momento porque no tuvimos un punto de comparación) aunque muchos la menosprecien por ser una escuela rural. Como prueba de ello, nota la destreza, la claridad y la buena ortografía con la que la historia ha sido narrada.

      • Esto me hizo recordar mis dias que viví en casa de la abuela, otros tiempos de inocencia de pensamientos fantasiosos, tristeza y alegría mi mejor infancia la pasé a su lado. Ya no vive para hablarlo con ella pero era lindo que las dos lo recordaramos.

  3. Uuu como no ami me toco verlo y sin conocerlo me miro con reselo como preguntandoce quien es este ca… Pero se entendio y cuando les conte a la familia me dijeron es tu tata chapo ya te acepto en la familia fuera del miedo me dio gusto averlo conocido en una aparicion una semana santa una de las mejores en ese bello pueblo que nos aventuramos tu y yo que llegamos como cucarachas de panaderia jajajaja todos empanizados de polvo jajaja y mi apa tierrita nos regaño por no aver avisado que ivamos para palo verde que bellos momentos pasamos en esa buena aventura adolecente…

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