Que la arena del desierto llegue un día al mar

Leyendo a Abigael Bohórquez

Manuel Méndez

La húmeda e indomable arena cruje a nuestras huellas, el arroyo a espaldas del plantel nos cobija y nos brinda su silencio de campo abierto, de naturaleza viva, de flora desértica, de cantos de pájaros e insectos, de árbol.La gota de lluvia amenaza, coarta y cierra el infinito de luz.

Alegres como llovizna en el desierto leemos a Abigael Bohorquez en conmemoración de su natalicio. Y surge la arena, y los equipos de estudiantes con libro en mano, el espacio debajo de los puentes y un antiguo tinaco como punto de encuentro, y ya no es la arena del arroyo, sino la de Borges y luego entonces resulta que la poesía aquella y ésta, trascienden al tiempo y se hace vigente, onda y se queda como nuestra huella en la del rio. Y los puentes ya no son para cruzar el arroyo, sino para encontrar la poesía debajo, lugares que con ésta son refugio y manantial.

Al igual que hace un año, recibimos la invitación y hoy doce de marzo decidimos leer en voz alta, no en el aula, sino en las  inmediaciones del plantel. Así, con un puñado de jóvenes alumnos de Conalep Caborca, tomamos rumbo acompañados con la Antología de Abigael Bohórquez, Poesía Reunida e Inédita, que Gerardo Bustamante trajo y compartió hace unos años, la obra más completa que se ha hecho, con el amor y oficio que no le cabe en el infinito de su pecho. Esas páginas que ya traen vencida la garantía por el kilometraje, surge la bibliografía y prepara, las demás doblan las manos del alma.

Algunos de los jóvenes vocean la poesía y otros solo disfrutan de todo lo demás; bulliciosos festejan su juventud y posan para las inoportunas pero recurrentes lentes que comen las luces, el verde, el espacio, nuestros semblantes y las sombras para perpetuarlas y compartirlas. Ellos de todo ríen y se alegran, yo sufro la rodilla y los años. Las letras y el desierto se agolpan en los novicios pechos. Hay rubores por las osadas letras de algunos de sus versos y la libertad se da y colorea el espacio. Gracias a Emily, Carlos, Braulio y Bryan por la lectura libre y entusiasta, a los demás por estar y convertir el momento en conmemoración.

A nuestro regreso, una leve llovizna nos encuentra y alguien me dice: “Maestro todoterreno”, y me siento luchón cuatroporcuatro y con el orgullo mojadito, como un trino.

Tomamos más de una hora para hacer la actividad y se pasa el tiempo, como minutos de más. De nuestro encuentro con el arroyo, propuse y tomamos arena con las manos y la dejamos escurrir entre los dedos, esperando que aquella llegue, algún día, al mar.

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