Qué es lo que quiero decir y quién necesita escucharme

Miradas del Festival Cervantino 2018. Andamios Teatro

 

Nabila Nubes

Festival Internacional Cervantino, una de las oportunidades para disfrutar la creatividad, imaginación, trabajo, talento y hambre de expresión plasmada en distintas ramas artísticas.

Entre un Kijote kathakali de la India, un teatro que grita desde Eslovenia, el amor y Shakespeare desde Georgia, esa Georgia en el límite entre Europa y Asia, otro más que ruge desde Bosnia y Herzegovina. Entre la música de la República del Congo hasta el ritmo de  Colombia, el folklore mexicano, la danza contemporánea japonesa y en fin, una vuelta al mundo en 80 cajas por la madre patria; fueron los eventos a los que pude asistir.

Tengo la fortuna en la vida que una de mis artistas favoritas me dijera que debo de buscar mi escenario, ese escenario donde hay personas, hermanos,  que necesitan escucharnos; anoche nuevamente  lo escuché en una película  hay personas que necesitan escucharnos  lo que tenemos que decir,  es ahí el modo de hacerlo lo que nos diferencía de un artista a otro, y sí, por eso hacemos esto.

Reflexionando el último día de nuestro viaje sobre “qué fue lo que más te gustó”, no fue difícil saberlo porque, aunque fue lo primero que vi,  ya nada superó ese impacto, probablemente es lo que necesitaba escuchar en esos momentos.

¡Maldito sea el traidor a su patria! Teatro Mladinsko de Eslovenia

La sola imagen cuando entramos al teatro fue emocionante, se avecinaba algo poderoso, claro que dentro de los audios en inglés y español que nos indicaban las salidas de emergencia, se anunciaba que habría detonaciones, balas de salva durante la función. Actores tendidos en el piso con instrumentos musicales encima de ellos que a los minutos de empezada la función el ensamble que ejecutaban me hacía alusión a la música de las bandas oaxaqueñas. Eslovenia y Oaxaca ¿tendrán algo en común?

Los textos son improvisaciones de los actores, actores de distintas edades, hombres y mujeres, un grupo de teatro dentro del teatro. El director y ellos mismos tienen muy claro lo que quieren decir, lo que quieren gritar y lo que se atreven a denunciar. Es la fuerza de sus palabras, de sus denuncias, no necesitaban darme más. Sí me puse a investigar un tanto después, antes de dormir,  esa situación: las migraciones ante una guerra, una República de Yugoslavia destruida, obligada a separarse, obligada a dañarse entre hermanos para defender lo que quedó de tú identidad, no quiero hacerle daño, no quiero, es mi hermano. El título, últimas estrofas del himno nacional de su ex República dividida, ellos Eslovenia y como lo dije anteriormente,  el otro que rugía de Bosnia y Herzegovina, otra patria partida, ellos rugían también.

Y entonces llegan las detonaciones de esas  balas de salva, poderosas, para cambiar de escena,  una escena que te deja en apnea total, donde no sale el suspiro de alivio, ahí no. Una línea frontal,  esa dónde los que vamos a disparar somos nosotros, y cada uno de los actores va desprendiéndose de sus ropas para así desaparecer de la tierra en la ficción. Una pasarela de banderas y de nueva cuenta las balas, las balas dirigidas a los actores que se desvanecen en el escenario. Y entonces viene una parte más fuerte “ey tú, sí,  a ti, a ti te voy a coger”… y pum otra bala “y ustedes qué, pinches mexicanos, por no identificarse con nosotros creen que no padecemos lo mismo”. Ya en inglés, sin dejar de ver los subtítulos,  entonces la lista interminable de lo que también nos extermina:  la guerra del narco, niños siendo abusados en un kinder, feminicidios, “si tú, pinche mexicano que estás sentado ahí, que no haces nada”,  los migrantes de centroamérica, la política absurda entre si nuestro izquierdista ahora se está yendo para la derecha, “si tú, pinche mexicano”, Provida, un partido que tiene más publicidad impresa en la ciudad que el mismo festival internacional… y es ahí donde se siente el escenario del público tenso, que incomoda,  que te borra la ligera sonrisa que segundos antes te había sacado, esa  incomodidad que sólo la necesidad de estos artistas de decirlo podría transmitirlo, al mismo tiempo que hay cuerpos tapados con banderas bajo el actor que nos dispara duro, esos cuerpos sin nombre, los caídos de la guerra. Ellos vuelven a su juego para ir cerrando, no sin antes cantarnos a todo pulmón su himno con una voz desgarrada, con dolor,  todavía latente.

Saliendo comentamos que seguramente son actores que han vivido esta  guerra o sus familiares directos recién lo hicieron. Actores entrenados, completos, con convicción en la escena y con lo justo: ellos mismos y su deseo de comunicarnos y de decirnos lo que nos estamos haciendo como hermanos, a  mí me impactó ese nivel de artista y esa valentía de soltarlo en el escenario. Por supuesto que imaginé que a personas del mismo festival podría haberles incomodado y que quizá esta compañía podría correr peligro,  sí lo pensé.  Aun así  es “ficción”,  tan así que en el baño del teatro escuché a unas señoras  copetudas decir despectivamente “yo venía al teatro a disfrutar no a que me vinieran a tirar toda su basura “ claro, para esas señoras si había obras también, unas de ellas  mexicanas por cierto. ¿Le incomodó?¿No la disfrutó? ¿De verdad?  Yo bastante.

Para mí esta fue la mejor obra que vi en el Cervantino, completa, con un discurso claro y honesto, actores comprometidos en el escenario, la fuerza y voz de su director, un teatro experimental que responde a las necesidades como artistas de expresar la historia de sus vidas, de sus tierras, de su identidad. A mí es lo que me inspira cada vez más  y es lo que busco o intento encontrar en cada trabajo que  ejecuto  QUÉ ES LO QUE QUIERO DECIR Y QUIÉN NECESITA ESCUCHARME.

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