Por un vestido de quinceañera

L. CARLOS SÁNCHEZ

La daga en su pecho es el pensamiento más recurrente. Mirarlo desangrarse como agua que brota de un dren. La impotencia que me cobija. Si tuviera la manera de invertir el orden de los días, habría rezado más aves marías. O tal vez le hubiera pedido a la virgen de los vientos que me lo alzara lo más alto posible, hasta allá donde la maldad no tuviera alcance.

Bordar los días. Con hilaza de colores. Mientras tarareo una y otra vez su nombre como una canción muchas veces repetida. Tanto que me lo advirtió la abuela, esa  a quien no conocí, ella que de rigor los viernes me visita de madrugada, en sueños. Todavía anda rondando, como que no se cansa de afanar en sus palabras sin voz, como si verme mientras duermo fuera su más urgente encomienda. ¿Quién le habrá dicho, quién le habrá platicado la demasiada violencia que se desató en los callejones del barrio, en la ciudad entera?

Puntual llega con su mirada serena, con sus manos tersas como pétalos de flor. Allí se para junto a la ventana, como un colibrí que aletea incesante para lograr su cometido. Tiene su historia el trajín de los nombres que habitan esta casa, los otros muertos que también vienen para cuidarte, me susurra con sus palabras sin voz. Luego al vuelo se levanta con su cuerpo esbelto, con sus trenzas imperfectas.

El viernes pasado me pidió que le contara cómo fue la muerte de Frausto, Dilo solo esta vez, me dijo.

Estábamos sobre los ladrillos del traspatio, donde nunca se levantó la capilla que según se haría en tu honor. Llegaron de imprevisto, eran no sé cuántos. Gritaban enfurecidos, pedían lo que según él les había quitado. No dieron tiempo a que se defendiera, uno, el más fornido, lo tomó por la espalda, lo sometió del cuello, ni siquiera le salía voz, por más que lo intentaba. Otro le jaló la camisa hasta hacerla pedazos, luego se fue sobre el pantalón, también le quitó los zapatos. Como un mono deshilachado, como si a Frausto le tocara hacer las veces de malhumor en sábado de gloria. Así lo maltrataron. Uno le jaló de la cabeza, le hundió una piedra en la boca, con velocidad ruin, con descaro. Yo nomás lo veía desde adentro de la casa, porque antes de que lo agarraran. él me dijo que por nada del mundo fuera yo a salir. Qué tortura a la que lo sometieron, mientras lo hacían también me torturaban a mí. Sentí el calor de hilo de agua caliente que me brotaba de entre las piernas. A veces cerraba los ojos pero el grito ese como aullido de Frausto me hacía regresar a la mirada sobre su cuerpo que parecía estar en un baile, con sus movimientos de muerte que intentaban quedarse en la vida. Era como si Frausto luchara por zafarse, aunque más bien creo que ya lo sabía, contra el destino nadie se salva. Quiso Dios o la suerte o los rezos míos que dejaron de ser efectivos, que un vestido de quinceañera lo llevara a comprometerse. La compró fácil, agarrar las dosis para llevarlas de un lugar a otro, total ya qué, todos lo hacían, por qué él no había de hacerlo, era fácil, así se lo dijeron.

La abuela viene y se va, está sin estar. No entiendo a bien por qué me ha pedido que le cuente lo que no deseo recordar. Tiene el arma de la ternura en sus ojos. Quizá no sea ella de quien me hablara mi abuelo, dudo a veces, pero luego al recordar la descripción que de ella me hiciera, puedo estar segura que es mi abuela con la que converso, o más bien con quien creo conversar.

Faltaban días para mi cumpleaños, ya sin madre, sin padre, sin abuelos, Frausto sintió el compromiso de la amistad. El encargo de la familia que se extingue, el Te la encargo mucho, como una petición por demás generosa. También la compró todita, la creyó a pie juntillas, acató responsabilidad donde no le correspondía.

La daga en su pecho, creció como una rama de árbol, incontrolable, hasta alcanzar la calle, las piedras, el cerro. Así la miré crecer dentro de su cuerpo, a la par del río de sangre que avanzaba hacia a mis pies, cuando ya por fin pude salir a querer levantarlo para llevarlo a un hospital. Que no había remedio. Ni ambulancia ni socorristas. La Semefo, sí.

Por un vestido de quinceañera, porque para eso estaba ahorrando, porque por eso aceptó la oferta. Un vestido de quinceañera, una fiesta que no tuvo música, porque no existió.

Bordar sus nombres, el de Frausto y el de la abuela. Él como un barco modesto donde anclo mi cuerpo. Ella, el misterio que me invento, ante la orfandad, para que nadie piense que en mis sueños vivo sola.

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