Plegaria en el pavimento

 

Isabel Rojas

 

Abril Enfermo

La madrugada traza sogas que caen del cielo

y se enredan en mi cuello:

tropiezo

El aire abandona mis pulmones,

de las cuencas de mis ojos salen lirios

y de mis fosas nasales sus tallos

Mis lágrimas se hacen polvo

Mi garganta sangra y mis gritos se convierten en sombras

Mi mente adormecida devora la noche

Vomito un horizonte de tristezas

y ahogada en un dolor multicolor:

muero

Mi sepulcro es oculto por laureles quemados

que tiñen el viento con ecos amargos

Un coro de grillos solloza al recuerdo de la luna

Las estrellas salpican el piso

los cadáveres de mi memoria se extinguen

un pensamiento furioso reclama tu nombre:

abril.

 

Plegaria en el Pavimento

Un padrenuestro para los hijos del infortunio

que huyen desnudos por las calles del malestar.

Rezo por un diluvio que bañe de sus cuerpos

la inmundicia

de un mañana cruel e inexistente.

La noche silenciosa parpadea y escupe sangre

maldiciendo a los condenados marchitos.

Unas garras fúnebres se aferran al suelo de un paraíso

sumergiéndose en un mar de muerte,

de muerte breve y desprendida del murmullo.

Una despedida retumba por los desdichados callejones.

Almas petrificadas y cuerpos que sollozan y suplican

adiós.

Que sollozan y suplican a Dios.

 

Negativas de un deseo otoñal

Amantes tartamudos

deambulan el pasillo

aguijoneados por el suplicio

del deseo.

 

Sus miradas danzan

por los azulejos pálidos del suelo,

perdiéndose en la bruma

de una cálida oración.

 

Un sonido sordo retumba en las paredes,

un sonido habitado por planetas silenciosos,

por noches patéticas que le rezan a la luna,

 

un sonido vacío de esperanza,

vacío de amores lejanos

que varias veces se resguardaron

en alguna estrellita suspendida

en un móvil otoñal.

 

Lloran bajo un techo luminoso

lleno de nubes de cenizas que caen sobre

las hojas que se desprenden de las arboledas.

 

Ellos se deshacen en dolor,

se disuelven en tristeza,

se convierten el cielo nocturno

al que anhelan volver.

 

Y vuelven para florecer en rincones,

apartados del tumulto

y caen:

inertes

a los brazos del apático desamor.

 

 

Isabel Rojas (Cananea, 1999), es estudiante de la licenciatura en Literaturas Hispánicas en la Universidad de Sonora.

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