Plagio, más que una línea de conducta: la cadencia, el pensamiento

Plagio. Foto: Juan Casanova

Carlos Sánchez

La palabra aturde. Dicen los cánones, sobre la poesía, por ejemplo, que lo que no aporta mata.

Si de danza se trata, hay ocasiones en las que solo la presencia de un cuerpo en el escenario, es arte. Lo demás puede ser que salga sobrando. Como la palabra, por ejemplo.

Tiene la historia, el cuerpo, del cincel que es la disciplina. Estética que se construye a base de insistencia. Verlo allí, desde la butaca, con los demás elementos que pueden ser vestuario, iluminación, en otros, resulta un regocijo para el que mira.

Y a eso venimos al teatro, a mirar. Para sentir, supongo.

Anoche, en lo que fue el reinicio de Un desierto Para la Danza en su edición número 25, en el Teatro de la Ciudad de Casa de la Cultura de Sonora (reinicio, digo, porque ya en la semana este Desierto visitó algunas colonias de la ciudad que es Hermosillo), se presentó Plagio, de Producciones La Lágrima, que dirige Adriana Castaños.

Desde el inicio, la arquitectura se hace presente, porque el trazo coreográfico así nos los sugiere. La perfección minimalista en la iluminación que cae para delimitar el territorio de cada uno de los bailarines, que fueron cinco.

De agradecer la pulcritud. La iluminación puntual. Porque también eso es la poesía: sugerencia límpida de un acontecimiento que se nos revela y convierte en la catarsis inevitable al contemplar, escuchar. Para sentir, insisto.

Hay en Plagio, la exploración interna de cada uno de los bailarines, el desarrollo de la técnica que cada quien desde su trinchera que es el cuerpo, ejerce. Bailar como un acontecimiento magnánimo, trascendental. Una devoción.

Los bailarines, acatando la libertad propuesta por la dirección, es mi conclusión, soltaron sus amarras y se dedicaron, en diversos momentos, a través de monólogos, a ser un alud, la inercia de la música como pauta.

Se siente lindo, más allá de si aún no resolvemos lo que se quiere decir, la punzante pregunta del por qué no le entiendo aquí o allá, ver tanta libertad aderezada de energía, la rudeza impresa en el rostro, el desasosiego, el desconcierto, la felicidad, en cada uno de los bailarines.

Aquí preciso los nombres del reparto: Zahaira Santa Cruz, Emmanuel Pacheco, Raymundo Osuna, Bibiana Caro, Marcela Abaroa y Luisa Castro quien hace un personaje desde fuera del escenario.

Nunca he sido partidario de la música electrónica, los prejuicios y mi década natal, los setenta, me lo impiden. Nada se puede hacer contra la memoria, contra esos días de escuchar a Los ángeles negros desde una radio prendida de un puntal en los lavaderos colectivos del barrio.

Pero anoche, esa música, más de una vez me hizo levantarme de la butaca, y ser uno más de esos bailarines que con su prestigio en el cuerpo, la capacidad de entrega, me llenaron de contagio. También bailé, of course. Tal vez solo fue con la imaginación.

Cuánta estética contenida en Plagio. La pulcritud, insisto, en la construcción asimétrica. El vestuario un atino también que me impulsa a la gratitud.

La palabra aturde, se me vuelca como un sicólogo conductista, como un regaño permanente, un manotazo al pensamiento. Me remite al objetivo de la televisión: siéntate y piensa lo que yo te ordene.

Esas frases que se proyectan en formato de Word, que van surgiendo una tras otra, mientras los bailarines entregan su interior a través del cuerpo, de nada me han servido. Bueno, sí, hay una reacción de incomodidad, y si ese es el objetivo de la dirección, lo aplaudo. Gracias por hacerme sentir ganas una y otra vez de abandonar el teatro. Empero, la danza ha triunfado de nuevo, y es la que me retuvo, me retiene. Clap, clap.

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