Permanencias, de Manuel Parra Aguilar

 

Ramón I. Martínez

Afirma Jorge Luis Borges (Arte poética. Seis conferencias. Barcelona, Crítica, 2001) que la poesía del nuevo siglo volvería a sus orígenes, a La Ilíada, cuando el bardo no hacía distinción entre cantar y contar, de manera que cantar una historia y contarla serían sinónimos.

Manuel Parra Aguilar (Hermosillo, 1982) hace honor a esta profecía de Borges en Permanencias, poemario ganador de los LXI Juegos Florales Iberoamericanos de Carmen 2019, publicado recientemente. Esto porque los poemas en prosa que conforman este libro nos cuentan al mismo tiempo que nos cantan una historia (o serie de historias) desde la maestría desplegada en el uso de imágenes y metáforas que constituyen el núcleo de esta prosa poética.

Las formas poéticas son esenciales en poesía pues son el recurso contra la muerte y la erosión de los años y los siglos. No exagero al decir que la forma redescubierta por Parra está hecha para durar, para vencer el tiempo, para perdurar. Arquitectura viviente hecha para vencer al tiempo que todo lo muda para no hacer mudanza en su costumbre. Cuando una forma se desgasta o se convierte en fórmula, el poeta debe inventar otra. En su caso, Parra lo ha logrado.

 

Descendí tanto para

encontrar tu fin

Floriano Martins

 

Como tú

dejaré de ser montaña

y me buscaré otro oficio

elijo el tuyo

pajarita

peregrina

Alba Brenda Méndez Estrada

 

Aquellos seres cuya hermosura admiramos un día,

¿dónde están? Caídos, manchados, vencidos,

si no muertos.

Luis Cernuda

 

Con estos tres epígrafes se abre el poemario, y tienen en común hacer alusión directa o indirecta al oficio del poeta: cantar, buscar el fin teleológico, exaltar la belleza, a despecho de la muerte y de la decrepitud. La forma que vence al paso del tiempo, lectura que hemos de tener presente al adentrarnos en este laberinto de imágenes donde no hay más Minotauro que el propio lector.

Cuatro secciones integran este libro, a saber: “Lámpara de agua”, “Su fuego en la tibieza”, “Figuración y norma”, “Monodías”. Todas integradas por precisas prosas o, mejor dicho, poemas en prosa. Equidistantes una de la otra, nos presentan historias diversas donde el yo lírico es testigo del prodigio de las imágenes cinceladas por la luz. Para muestra, el siguiente fragmento del poema que abre la colección (p. 19):

 

ERA DE CALLAR EL TIEMPO, de adivinar la respuesta marina, de esperar un beso de más en las olas quietas y perfumadas. Era la hora, también, de llegar a la deriva, asombrado de la palabra siempre, a ras del agua, a ras del sueño. Era el momento justo, a pesar de no haberlo querido, en el que se oiría un sacudimiento oprimido de piernas, su persistencia —en eso que no se nombra, se sugiere—como un reflejo de sal en las orillas del cuerpo (…)

 

Surge entonces el Aparecido, el pez-mujer, los pescadores, las latas y tantas figuras recurrentes que, variando de una a otra sección, van dando unidad a la profusa imaginería y magia verbal del poeta. Si el lector amable se aventura, lo comprobará.

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