perdiendo el miedo a volar

Carlos Sánchez

Juan tenía el deseo. Corría doce millas diarias. Llegaba al acantilado. Se sumergía en el aire. Tocaba el agua con las manos. Se confundía con un ser marino. Las especies lo saludaban. Era uno más de la familia. Juan padecía insomnio. No dejaba de anhelar el amanecer. Subir la cuesta. Libertad sobre sus pies. Luego el viento.

Volar. Juan nació con alas. En el interior de una casa de madera. Su padre talaba árboles marchitos. Su madre arriaba una manada de chivas. Juan separaba la leña. Cortaba flores. Desde los ocho años las llevaba a la ciudad. La plaza central le sabía a agobio. Se tragaba la voz. No podía gritar el precio de las flores.

Juan un día enfermó de asma. Lo llevaron con el curandero. Le recetaron agua de mar. Su padre vendió las mulas. Su madre heredó el rebozó a su hija la mayor. Partieron al puerto más cercano. A Juan se le amplió la mirada. Juan respiraba sal.

Nadar. El braceo perfecto. De aquí hasta allá. La red que busca la vida adentro. Peces y moluscos. Juan sin más mundo que el de la mar. Allí su hábitat. Un bracero cuatro palos una enramada. El bote con el nombre impreso. Un bote que el tiempo le dio su pertenencia. Un bote en el cual ir y venir. La profundidad.

En solitario Juan. La manera distinta de ser y entender y existir. Lejano de las palabras. Los sonidos. Un día lo vieron trepar al acantilado. El anhelo de volar. Intentó lo que nunca antes los demás. Lo vieron desde lo más alto. Juan en el deseo de volar hacia adentro. Llegar hasta el final.

Una camisa de tres botones. Un pantalón y dos playeras. Los zapatos no. Porque nunca y para qué. El sol de apoco agrieta la tela. La enramada guarece lo que ahora es vestigio de Juan. Dicen que lo siguen viendo. Antes del alba el viento acompaña su carrera. En la cortina azul espesa se sumerge su cuerpo. Lo juran por Dios.

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